jueves, 5 de mayo de 2011

43. EN EL NOMBRE DEL ABUELO...

Mi abuelo falleció el quince de mayo de 1999, en la ciudad de Madrid, cuando faltaban pocos minutos pare el amanecer... Murió en la habitación de un hospital, acompañado por mi madre, mi padre y mi hermana... y yo creo que también por el espíritu de su mujer, que llevaba esperándole casi treinta años... Yo no estaba a su lado: estaba en Málaga, con mi mujer, con mi Yolanda... Fue ella quien respondió a la llamada (el teléfono estaba en su mesilla de noche, y lo sigue estando, porque yo tengo cierta costumbre de estrellarlos contra la pared)... No eran ni siquiera las seis y media de la madrugada, escuchó unos minutos, empezó a llorar, colgó y, volviéndose hacia mí, me dijo "Ya está..."

"¿Ya está? ¿Qué es lo que está?", le pregunté...

"El abuelo ha muerto hace unos minutos", me respondió entre sollozos...

Es cierto, durante los últimos meses, la situación de su pierna había empeorado mucho, le inyectaban heparina todas las mañanas, necesitaba ayuda para subir de la cama a la silla de ruedas, y hace tiempo que mi madre y una cuidadora (prima suya), se encargaban del aseo, pero nunca pensé que se encontrase tan mal... Esa tendencia a pensar que nuestros seres queridos son inmortales, que siempre van a estar a nuestro lado... y creer que la gente buena no muere... Casi todas las noches, cuando llamaba a mis padres (o bien lo hacían ellos), les preguntaba por él, y cuando estaba lo bastante lúcido, se ponía unos minutos al teléfono...

"Mi bisnieto, mi bisnieto... ¿Le contarás cuentos del tres?" Aquella era su obsesión, conocer a mi hijo, y que le contase el mismo tipo de cuentos que él me contaba a mí. Pequeños y absurdos cuentos, que con su voz dulce, y sobre todo el palpitar de su fuerte corazón, me ayudaban a dormir. "Las tres tostadoras", "Las tres rosas", "Los tres lobitos"... Pero el que más me gustaba era el de "Las tres locomotoras de madera", quizás porque tenía una en casa, con sus ruedas amarillas... El único consuelo era que, salvo los últimos seis meses de vida, y con las limitaciones  de una persona de su edad, tuvo una vida intensa, y plena...

En aquellos tiempos, todavía no existía el Ave... y tampoco se trataba de ir y volver con mi coche personal, porque era posible que no pudiera conducir bien por las lágrimas... Así que cogí un taxi al aeropuerto, con una pequeña maleta, dos camisas, mudas para dos días, y un par de libros... El viaje fue muy rápido, poco más de hora y media, a las doce ya estaba en la puerta del hospital, con mi familia, alrededor de su cama... "Embolia gaseosa por culpa de un trombo", o algo parecido, me comentaba mi padre... ¿Y a mí qué demonios me importaba el motivo, si se encontraba mal desde la víspera, le ingresaron por la tarde, y no me dijeron nada, "para no preocuparme"? ¡Me habían robado la posibilidad de despedirme de él, de mi abuelo Luis!Eso es algo que jamás les perdonaré... Por lo menos, le habían retirado ya el respirador, los tubos, las sondas, las conexiones con sondas y sistemas de soporte vital... Parecía domido... Aquella fue una de las mañanas más tristes de mi vida... Los empleados de la funeraria llegaron a las doce y media, y se lo llevaron al tanatorio de la M-30... Allí pasamos varias horas, mas al caer la noche, nos fuimos a casa... la ciudad dormía, mientras nosotros nos encargábamos de cribar la ropa, los zapatos, algunos de los libros, y varios recuerdos... Me quedé con su pin de las fuerzas armadas de la República, un par de rebecas, y su colección de presos políticos: viejos muñecos de plástico con la cara de Felipe González, Alfonso Guerra y dos más, que no recuerdo... pero sigo teniendo en casa...

Odio los tanatorios, y he visitado unos cuantos... Es un lugar de muerte, funcional, sin carácter, un depósito de muertos, donde colocarlos unas horas, porque molestan a los vivos... Por eso, las dos cámaras separadas, con las grandes coronas... Ese ambiente tan frío, las paredes de colores tan neutros, que dan asco, y esa acústica, porl a que un rezo atruena, y la gente se tiene que ir a hablar fuera... Me quedé con las ganas de cubrir su pecho con la bandera republicana, pero todavía no la había conseguido... Antiguo luchador por la República, superviviente del campo de los Almendros, condenado a pena de muerte por sus actividades políticas, ahora, por fin, estaba en paz...

Me quedé largo rato delante del cristal, mirándole, recordando mil paseos por el pasillo, cientos de paseos por el Retiro, todas las veces que me abrazaba a él cuando tenia miedo o me pasaba algo malo, y todas las veces que le llamaba en mitad de la noche, para que me trajera un vaso de agua fresquita... Me daba miedo la oscuridad... Y, sin embargo, desde el mismo momento que me comunicaron su muerte, comprobé que había olvidado el sonido de su voz... Entonces fue cuando me puse a llorar... y todo aquél tiempo, solo frente a la vitrina, sentí a mi vera a Yolanda... De algún modo, estaba allí... Conmigo... Me hubiera gustado que viniera a Madrid, pero su avanzado estado de gestación lo impedía: estaba a menos de dos semanas para salir de cuentas, y no debía viajar en avión... A las once de la mañana, lo llevaron al cementerio de la Almudena, y tras una breve ceremonia sin apenas mensaje religioso (era comunista, republicano y masón)... Nos hicieron salir, mientras los rodillos arrastraban en ataúd hacia los hornos... La segunda tarde fue más triste que la primera, pues comenzamos con los libros, y cuanto más tiempo pasara, más nos costaría hacerlo... Tiramos muchos panfletos y folletos comunistas, algunos de ellos incluso en ruso, empaquetamos los libros m´s interesantes, y para todo lo demás, vino un ropavejero, que los compró al peso...

El diecisiete de mayo, a las ocho de la mañana, nos entregaron las cenizas... Allí nos congregamos cuatro gatos, por última vez le abracé, aunque fuera la urna, que envolvimos en su bandera tricolor... y lo depositamos en el fondo de la tumba, igual que las coronas que no incineramos la víspera... A las seis de la tarde volví a Málaga, un nuevo taxi me llevó a casa de mis suegros... Solo estaba Yolanda, los demás habían salido "a dar una vuelta... y luego quizás al cine...", pero en el fondo, querían darnos algo de tiempo, para estar solos...

Me llevó a la habitacion azul pitufo, me quitó los zapatos, nos sentamos en la cama... Y entonces, me giro hacia ella, la abrazo todo lo que permite su estado, y dejo que fluyan las lágrimas por los ausentes, por el amigo, el confidente, el protector, el guía... Y todavía lloraba cuando volvieron Julián y Catalina, Borja y David... Aquella fue la ùltima vez que lloré...

42. TIEMPO DE CAMBIOS.

Aquél veintitrés de marzo de 1999 fue  uno de los mejores días del año en el ámbito laboral, por la nueva oportunidad que se me ofrecía de retomar unos estudios que me apasionaban, y sobre todo, de poner en práctica nuevas estrategias... Por supuesto, no me he caído de un guindo, es decir, si me hacían responsable a mí del nuevo departamento, y debía reportar solamente al Director y ocasionalmente a los representantes de la cadena, eso implicaba que si me estrellaba con todo el equipo, si fracasaban mis propuestas o no lograba los resultados, era mi cabeza la que rodaría por el suelo... Menos mal que conservaba todos los apuntes y manuales de referencia, que uno de mis proyectos de fin de curso hablaba precisamente de las formas más adecuadas de implementar un cuestionario de satisfacción el personal, para medir su motivación dentro del grupo y sus reacciones frente a la política de la empresa...

Pero no nos engañemos, en esta vida, cuando emprendes una nueva aventura, es imposible conocer de antemano todas las respuestas: lo inteligente es tener el teléfono de la persona que las conoce, o que te puede ayudar a buscarlas... y eso es lo que hice... además de reunirme con las personas que mejor conocían el funcionamiento del Hotel Imperial: mis compañeros del departamento, el personal de limpieza, el de cocina, mantenimiento... Los mandos intermedios y superiores también eran de gran importancia, pero las reuniones con ellos las celebraría en privado: no olvidemos que para algunos de ellos, yo no era más que un "recepcionista con ínfulas de grandeza"... aunque tuve la gran suerte de contar con dos personas clave: los directores de Relaciones Públicas, y el de Marketing.

Al cabo de dos semanas, ya habíamos implantado unos canales y vínculos de comunicación entre los departamentos, y realizado un primer análisis de fortalezas y debilidades, incluyendo encuestas a pie de calle, y cuestionarios de satisfacción de los clientes, para intentar comprender las causas de la decreciente afluencia... ¿Los resultados? Sorprendentes: el público en general, que utilizaba menos que antes nuestra cafetería, se quejaba de que los churros y las porras solían estar tibios, la iluminación era demasiado fuerte, y los vasos de agua estaban tibios, además de considerar que los camareros vestían de forma en anticuada, sobre todo, las chaquetas. Todos estos problemas se solucionaron con un mínimo coste: instalando calentadores bajo la bandeja de los churros, cambiando las bombillas por otras de bajo coste, y poniendo un refrigerador especial para los vasos de agua y las jarras de cerveza (con publicidad de una prestigiosa marca) y prescindiendo de las chaquetas (posteriormente, se repartirían camisas nuevas, e manga corta en verano, y corbatas de pajarita).

Las quejas internas eran muy distintas: los clientes no soportaban el ambientador de las habitaciones, los vasos del lavabo solían estar rayados (baja calidad), el papel del retrete no era suave y, sobre todo, la moqueta de los acensores tenía un color horrible... y los asientos en las zonas comunes no eran lo bastante cómodos. Sobre el auditorio, todo eran críticas positivas, salvo una mejora de la acústica. Aquí, el desembolso sería mayor, pero afortunadamente, el hotel fue renovado en 1993...

Otro de los puntos fuertes del Hotel Imperial era su cocina: contábamos con un gran chef, invitamos a otro de la competencia más directa, y organizamos una degustación para clientes y público en general... ¿Por qué toda esta información? Solo para recordar que, pese a los problemas del mes de mayo, fueron unas semanas intensas y productivas, durante las cuales fui madurando profesionalmente, aprendí muchas cosas, recordé otras, escuché a los maestros (aunque fuera a costa de tragarme el orgullo y volver a hablar con aquella persona), y me fui consolidando como DirCom... Ahora se trataba de potenciar otros aspectos del hotel, y atraer más clientes, con un nuevo servicio: la organización integral de ferias y eventos, en estrecha colaboración con en Palacio de Ferias y Congresos, garantizando la disponibilidad de habitaciones de calidad, y trabajando en colaboración con otros hoteles...

Seguíamos viviendo en casa de los padres de Yolanda, mientras el embrazo progresaba de forma satisfactoria: no hubo más sustos, ni más hemorragias... Nos instalamos  en su habitación de soltera, porque la cama y el armario eran más grandes, y dejamos la habitación azul pitufo como improvisado despacho, mientras yo me planteaba seriamente la necesidad de mudarnos a un sitio más cómodo, puesto que el alquiler por mi estudio era demasiado alto para las prestaciones que ofrecía... Una vez más, mis suegros y un par de amigos me ayudaron en las pesquisas iniciales... y Julián repitió, de forma misteriosa, "todo llega en esta vida, para quien sabe esperar"...

Pero todo esto fue antes del quince de mayo...

miércoles, 4 de mayo de 2011

41. AQUÉL DÍA DE MARZO...

Amanece, como todos los días, pero con muchas menos horas de sueño de lo recomendable, y ni siquiera la ducha de agua helada consigue despejar las brumas del agotamiento... Como todas las mañanas, me pongo el traje, la chupa de la moto, agarro la mochila y me voy al trabajo... Estoy un poco nervioso, porque será una de las primeras mañanas en las que Yolanda se queda sola en casa, aunque ha prometido "portarse bien" y no hacer grandes esfuerzos... Tiene todos los teléfonos de urgencia memorizados en el móvil, y me comentado que piensa quedarse toda la mañana en el sillón de orejas, con los pies sobre el "puf", y leyendo el segundo volumen de "La Torre Oscura", que de momento no le está gustando mucho... Allí la dejo, por supuesto, con un gran besos...

Llego al parking del hotel a las nueve en punto de la mañana, y subo a la recepción. Allí me encuentro con Nerea, la becaria, en un evidente estado de nerviosismo, me dice: "Elías, el señor Ramírez Arellano le está esperando en el la salita de reuniones de la primera planta". Al principio, no recuerdo su vinculación conmigo... pero luego, caigo en la cuenta: es el "head-hunter" de la empresa, que me estaba entrevistando el nueve de marzo, cuando Yolanda tuvo el desprendimiento parcial de la placenta, tuve que abandonar la reunión sin fijar una nueva cita. Además, con los tres días por intervención de un familiar, tampoco se me ocurrió llamarle para fijar una nueva cita... Y ahora, que estuviera esperándome minutos antes de mi jornada laboral en la salita no era la mejor de las señales...

Prudente, llamé a la puerta, y una voz conocida, la del señor Gómez Losa, el Director Ejecutivo, me respondió: "Adelante, señor Rodríguez, tome asiento, le estábamos esperando..." Durante los tres años que llevaba trabajando en la Recepción, solo había intercambiado algunas palabras con este caballero, muchas de ellas en el ascensor, y desde luego, no en un marco tan formal como éste. Ellos se sentaron de nuevo alrededor de la mesa redonda, y yo ocupé el tercero. Había una cafetera, una jarrita de leche, algunas pastas, el azucarero, tres cucharillas y tres servilletas, además de las imprescindibles botellas de agua. Resultaba muy posible que la reunión fuera confidencial, y que en ella se tratasen temas importantes para mi futuro en la empresa... Lo reconozco, siempre he sido bastante pesimista, y al verlos allí, empecé a preocuparme...

Sin embargo, al cabo de diez minutos, comprendí que estaba equivocado: por lo visto, habían estado siguiendo mi trayectoria en el hotel, las relaciones con los proveedores, la experiencia en la organización de eventos y los cursos de formación complementaria que estuve haciendo dentro y fuera de la empresa, es decir las típicas cosas que un ratón de biblioteca disfruta haciendo cuando libra... y todos estos datos les habían predispuesto favorablemente para considerar mi candidatura para un nuevo puesto en el hotel. "Pero fue su reacción del día nueve, cuando lo dejó todo, absolutamente todo, tirado para acudir al lado de su mujer, y no separarse de ella mientras duró el internamiento, lo que nos confirmó lo correcto de nuestra decisión", comentó el señor Gómez Losa.

"Para este puesto de nueva creación, el Director de Comunicación, no bastaba solamente con tener experiencia en el trato con el público y demás entes oficiales, también era necesario saber priorizar, distinguir lo accesorio de lo importante... Y en su caso, la situación de su mujer era básica: aquél fue el factor decisivo. Le ruego que le presente mis respetos a su esposa, Yolanda. Dispone usted del resto de la semana, para ir familiarizándose con los demás departamentos, contactar con los directores, y efectuar un tanteo con los medios. Una vez más, felicidades por su ascenso."

El resto de la semana, incluyendo el sábado (afortunadamente, no teníamos bodas previstas aquella quincena), lo dediqué a repasar mis temarios del Magister Universitario en Comunicación Corporativa y poner en marcha los primeros mecanismos que, para el sexto día del mes de abril, deberían permitirme tener una idea lo bastante cercana sobre la situación del Hotel, sus relaciones con la competencia, las estrategias implementadas por ellos... y, por supuesto, las estrategias pasadas y presentes en relación con los medios... y con las instituciones...

Aquella noche, y por primera vez desde el susto, Yolanda y yo nos fuimos a cenar a nuestra Pizzería favorita, a la que pudimos llegar caminando... La cena fue perfecta, aunque cambiamos el "Lambrusco frizzante" por agua mineral... La pizza "monte e mare" y la ensalada de tomate, mozzarela y anchoas eran perfectas... Mis aspiraciones profesionales se estaban cumpliendo lentamente... Y lo más importante, mi amada Yolanda estaba a mi lado... La brisa nocturna hacía titilar la luz de las velas, sus ojos brillaban con fuerza... generando una magia tan antigua y tan poderosa, que el resto del mundo desaparecía... Cogí sus manos, y las besé, sintiéndome, por primera vez en muchos días, completo...

Me gustaría poder decirte que aquella noche nos amamos, en la habitación azul pitufo... pero no fue así... Nos quedamos dormidos, piel contra piel, alma con alma...

martes, 3 de mayo de 2011

40. LA HABITACIÓN AZUL PITUFO

Incluso sin más visitas (de momento) de doña Clotilde, me costaba muchísimo conciliar el sueño en aquella habitación interior, que daba a un patio de vecinos tal vez un poco más ruidosos de lo habitual: me refiero, por supuesto, a las palomas, que habían conseguido establecerse debajo de los aparatos de aire acondicionado. Recordando las soluciones que aplicaba mi madre, pasé media tarde buscando en los distintos chinos del barrio todos los molinillos de viento de colores chillones que pude encontrar... Dos días después, no quedaban palomas...



Otra de las cosas que me impedían dormir era la molesta sensación de estar viviendo en un cuarto que había permanecido inalterable como un fósil de erizo marino, durante más de veinte años, por lo que, con el permiso de Catalina (sin la cual no se movía ni siquiera el marco de una foto dos pulgadas sobre la encimera de la chimenea), me acerqué con Borja a una tienda de pinturas cercana... La pared en sí estaba en buenas condiciones, y por suerte era lisa; unos cuantos toques de emplasto, algo de lija suave, y a pintar...



Siempre me han gustado los tonos pastel para las habitaciones, pero como en la casa de Catalina siempre se ha utilizado el blanco, y de todas formas no se trataba de organizar un golpe de estado en la pequeña China, volvimos a casa con un bote de emplasto, varias brochas, y diversas lonas de cobertura... Lo preparamos todo, y el sábado veinte por la mañana ya estaba la cama , el armario, la mesa, la silla, el colchón y el somier repartidos a lo largo de todo el pasillo. Pertrechados en el mejor estilo caza fantasmas, Borja, David y yo empezamos con la faena... Con su altura y dos rodillos de mango largo (nota: no hay productos milagro en Internet, y por narices, un rodillo boca abajo siempre gotea), el techo estuvo listo, al menos la primera mano, en una hora. Luego vinieron las paredes, en teoría lo más sencillo... pero no tanto como imaginábamos, porque la textura era distinta de la del techo, y chupaba mucha más cantidad de producto (se conoce que el albañil primigenio decidió ganarse bien el sueldo)... Y a mediados de la tarde, con dos paredes a medias y dos terminadas, nos quedamos sin pintura...



No hay problema, ¿verdad? Bueno, pues sí lo hay: a pesar de dividirnos en dos equipos con las motos (yo iba solo en mi "Harley", y los dos hermanos con sus vespinos, empezamos a recorrer las tiendas especializadas y las ferreterías del centro de la ciudad, buscando la misma marca, que de todas formas, no sería tan difícil encontrarla, ¿verdad? Y más aún teniendo en cuenta que hablábamos de pintura blanca... Pues no, esa marca no se fabricaba hace un par de años, y las pruebas que realizamos no conseguían el mismo tipo de blanco (después de haber comprado cinco botes distintos)...



A la mañana siguiente, y considerando que yo no podía seguir durmiendo en la cama nido de Borja (por cierto, un campeón en ronquidos), y que el pasillo estaba convertido en un trastero, nos autorizaba, de manera puntual, a poner una nota de color, para terminarlo todo de manera uniforme... Optamos por el azul bebé, muy socorrido... Le aplicamos dos capas en las paredes sin tratar, y una en la que considerábamos terminada... ¡En mala hora! Pues en todas partes se notaban los brochazos, las correcciones, y la escayola seguía absorbiendo el color como le daba la gana...



Por consejo de Catalina, metimos de nuevo todos los muebles en la habitación de color incierto, y decidimos que el martes por la tarde, compraríamos un tono de azul más fuerte, y en la cantidad necesaria para cubrir todos los entuertos... El resultado final: la misteriosa habitación de color azul pitufo... y la decisión de, antes de volver a pintar una habitación en su casa, hacer venir a unos profesionales...



Si bien es cierto que la "habitación azul pitufo" terminó siendo la más alegre de toda la casa, y la que nuestros hijos ocuparían en muchas de sus visitas...



Por cierto, el veintidos de marzo, el mismo día que comprobamos los resultados de nuestras dotes como pintores... le dieron el alta a Yolanda, al menos en lo que se refiere a la silla de ruedas (que nos prestó una amiga), y por fin nos dejaron dormir juntos... que hasta aquél momento había estado soportando ronquidos estereofónicos y politono... Tal vez por venganza, pasamos aquella noche... en la habitación azul...



Ninguno de los dos podía dormir, habíamos pasado tanto tiempo separados desde aquella mañana, que lo que nos apetecía en verdad, bueno, al margen de lo más prohibido, era hablar, y comer galletas "Píncipe" bañadas en leche fría... Nos fuimos a la cocina, sería ya la una de la madrugada, y procuramos no hacer mucho ruido... Con todo preparado en una bandeja, nos sentamos a ambos lados de la encimera... La única luz procedía de una vela blanca, que Yolanda encendió cuando entramos... Decir que jamás la había visto más hermosa sería mentir, porque en lo que a ella se refiere, nunca he sido objetivo, ni siquiera la mañana en que nos conocimos... El simple placer de volver a estar a solas, incluso con la tontería de darnos de comer mutuamente las galletas, era todo lo que necesitaba... Escuchar de nuevo su risa, me hacía revivir... y soñar de nuevo...



Nos fuimos a la cama tan tarde, que más que dormir, me eché una siesta... Por lo que necesité toda mi fuerza de voluntad, y una gran cantidad de agua fría en la ducha, para despertarme del todo, coger la moto, y llegar al hotel... en el que estaba llamado ser uno de los días más importantes del año, el veintitrés de marzo de 1999...

39. REGRESO AL HOGAR.

Mi segunda jornada de estancia en el hospital fue mucho más tranquila que la primera, pues ya no tenía tanto miedo de perderla, aunque mi aprensión hacia todo lo que tuviera que ver con los hospitales gozaba de perfecta salud... Nos dimos un beso, cargado de eternidad y de esperanza... Yolanda tenía mucha mejor cara que la víspera, le habían quitado las bolsas de sangre y plasma, y solo le estaban poniendo solución salina y algunos antibióticos. El monitor fetal confirmaba que no había grandes problemas, y ella se adormeció después de la cena... Yo estaba instalado en el sillón de las visitas, releyendo, a la luz de una farola, uno de los primeros libros que le recomendé: "El Principito", de Antoine de Saint Exupéry... Tenia sueño, es cierto, pero no me parecía bien dormirme en la habitación: me levanté del incómodo asiento, con un ruido de succión tan fuerte queme pareció imposible no despertarla, y me puse a pasear sin rumbo fijo por los pasillos del hospital...

Una extraña claridad salía por debajo de una puerta de madera, sobre la que destacaba una sencilla cruz... Y, por primera vez en muchísimos años, entré en una capilla, sin motivos culturales o festivos... Había unas cuantas velas encendidas, de las de toda la vida, pequeñitas, con una base metálica y una mecha encerada... Incluso sabiendo que no tenía sentido, encendí dos: una por doña Clotilde, y otra por Yolanda... Allí, no había ruidos, ni gente, ni vida, y me adormecí... y soñé... No creo que fueran más de veinte minutos, el típico "carnero" (como los llama mi hermana), pero fue más que suficiente... Regresé a la habitación, Yolanda estaba dormida... Besé su frente, y seguí con la lectura, hasta que venció el sueño... entraron varias enfermeras a la habitación, para comprobar el nivel de los sueros... Una de aquellas veces, sentí un intenso frío, pero no tuve miedo: allí estaba Fátima, con su pijama anticuado, flotando a varios centímetros del suelo... Al percibir mi mirada, se dio la vuelta, y me sonrió, mientras me decía, muy bajito: "Todo ha salido bien..."

Nunca es fácil volver a casa de tus padres, aunque sea por una temporada, cuando llevas tanto tiempo viviendo con tu pareja... más que nada, por esa dichosa costumbre que tienen algunas personas de meterse en tu vida... Pero, de cualquier manera, seguía siendo lo mejor para Yolanda... y para nuestro bebé... Un taxi nos esperaba en la puerta del Hospital el día once de marzo de 1999 al domicilio familiar en la calle Jacinto Verdaguer. Catalina se encargó de ayudarme a recoger toda la ropa y enseres de la habitación, además de entregar a la supervisora de la planta unas cajas de bombones, para agradecer el buen trato recibido... Es increíble la cantidad de ropa que se puede acumular en dos días de estancia... y lo que cuesta recogerla... Como no había dormido gran cosa aquella noche, le dejé a Borja que llevase mi "Harley Davidson"... creo que en aquél momento, me gané su amistad incondicional...

Dos de la tarde: ya hemos terminado de acomodarnos en las habitaciones cedidas... Sí, he dicho "habitaciones", porque una vez más, estábamos durmiendo en camas distintas... Esta vez, la culpa no fue de sus padres, de su concepto de la moral o la decencia... si no de preservar en lo posible a Yolanda de cualquier peligro o golpe accidental... incluso yo sé que muchas veces,  doy coces cuando duermo... Comimos todos juntos, Yolanda seguía con la silla de ruedas, porque no era bueno que se pusiera a caminar enseguida... lo que para ella, un culo de mal asiento como yo, no dejaba de ser una tortura. Según el doctor Pedraza, a partir del domingo catorce podría levantarse, pero mientras tanto, se había convertido en la versión femenina de "Ironside", aunque ella hacía el papel de Raymond Burr... Aquella tarde, con la necesidad de descansar como era debido, optamos por aplazar hasta la mañana siguiente el ir a nuestro pisito a recoger aquellas cosas necesarias, como los portátiles y la impresora, y no serían mucho más allá de las once de la noche cuando, después de haber dejado a Yolanda en su cama de soltero, me fui a dormir al antiguo cuarto de doña Clotilde, que se había convertido en la estancia para los invitados...

Serían las dos o las tres de la madrugada, cuando una ráfaga de frío, y sobre todo, una débil voz, me despertaron... "Ismael... Despierta, Ismael, te necesito..." Abrí los ojos, y allí estaba ella, doña Clotilde, sentada en la silla, sobre mi ropa... "¿Doña Clotilde?¿Qué hace usted aquí, en mitad de la noche?" "Esperarte, hijo mío, porque solo tú puedes verme...", me respondió... "Necesito que me hagas un favor... Tengo pendiente una cuenta con mi hermano Sebastián, desde hace más de sesenta años, y por eso, sigo aquí...Nunca pensé que él le daría tanta importancia...", me dijo... "¿Qué puedo hacer por ti, Clotilde?", le pregunté, conteniendo a duras penas los escalofríos que recorrían todo mi cuerpo... "En la parte superior de mi armario ropero, justo en la esquina derecha, encontrarás un sobre cerrado... Dentro, hay tres cromos de la colección "La Perla Negra", de la editorial Barsal, de 1930... Necesito que se los des lo antes posible: se los quité en una rabieta... Y ahora, descansa, duermete de nuevo..." Y eso es lo que hice...

A la mañana siguiente, con más dudas que otra cosa, arrimé la silla a la esquina izquierda del armario, apartando tres o cuatro telarañas y algo de polvo, y allí estaba: el viejo sobre, con los cromos... Sin entender muy bien la importancia del hallazgo, y tras una buena ducha y un cambio de ropa de lo más necesario, me fui de la casa... Era increíble, la sensación de montar otra vez en mi moto, y desplazarme hacia las afueras, donde se encontraba la residencia de ancianos "El Renacer" (curioso nombre para un sitio como aquél)... Quizás me esperaba  un viejecito arrugado como una pasa, sentado en una silla de ruedas como mi abuelo en los últimos meses; o un señor gordito, en zapatillas, y leyendo el periódico..

Pero no... Sebastián era un coloso, casi un metro ochenta, con la espalda y los brazos de un labriego. Con su sombrero de paja, la camisa blanca y los pantalones de pana oscuros, calzado con alpargatas, estaba cavando un pequeño huerto, "para estar entretenido"... Me sorprendió la gran fuerza de su mano... ¿Cómo le explicaba yo a aquél coloso, con sus ochenta años muy bien llevados, que su hermana me había encargado, desde la tumba, una última misión? No le dije nada, me presenté: "Hola, soy Ismael, el marido de su nieta, y vengo a traerle una cosa...", y le entregué el sobre, todavía algo polvoriento... No sentamos en un banco, a la sombra de un manzano, y abrió el sobre... "Siempre he sabido que los tenía ella... Muchas gracias por traerlos..." Le acompañé a su habitación, con la cama, una mesita, una silla, varios libros (entre otros, una curiosa edición de "El Quijote" de Avellaneda), y del primer cajón sacó un viejo álbum de cromos... que completó con los tres que faltaban... No me acompañó a la puerta, pero sí me dio un fuerte abrazo... Aquél domingo catorce de marzo, volví a casa de mis suegros con la satisfacción del deber cumplido...

Nunca más he visto de nuevo a doña Clotilde...


lunes, 2 de mayo de 2011

38. VOLVIENDO A LA VIDA.

Hasta aquella madrugada, cuando Yolanda me habló mientras yo seguía arrodillado a sus pies, pidiendo a un diosecillo mayor o menor, incluso a los antiguos cultos de la Madre Tierra, que por favor no me la arrebatase, porque sin ella nada, ni mi vida, ni el mundo, tenía sentido; en esos momentos, en los que nada se encuentra en su sitio; y cuando habría vendido mi alma al diablo (suponiendo que tuviera algún valor para alguien, y que yo creyera en esas cosas)... Escuchar de nuevo la voz de Yolanda, aquellas dos palabras, "Levántate, amor", me hicieron reaccionar... Era casi un milagro, verla de nuevo, poder hundirme en sus inmensos ojos, para encontrar en ellos la fuerza... Todavía llorando (seguro que fue una mujer quien escribió que "los hombres duros no lloran", y nosotros hemos sido tan imbéciles como para seguir defendiendo aquella teoría, garabateada quién sabe en qué ciudad en cualquier momento de la historia), cogí su mano, con miedo, por la cantidad de tubos, cables, sensores y monitores a los que estaba conectada...

Y la besé... no pude evitarlo... porque entonces y solo entonces, recuperé la esperanza...

Nos pasamos la noche en vela, hablando a ratitos, de todos aquellos temas para los que jamás habíamos tenido tiempo, desde el nombre de nuestro hijo (se llamaría Luis, por mi abuelo), hasta las actividades extra-escolares en las que participaría (mi sugerencia de la esgrima no fue aceptada... pero sí la del Judo), o si tendría un perro o un gato como mascota (en eso nos equivocamos: la primera que tuvo fue una culebra de agua... y la capturó él solito, a los diez años)... Pero también reflexionamos sobre nuestra vida, a corto y medio plazo: después de un problema como éste, no era prudente, según el doctor Pedraza, que Yolanda estuviera subiendo y bajando escaleras durante una temporada, incluso lo más adecuado sería que mantuviera reposo durante un mes, prácticamente sin salir de casa... Esto descartaba, al menos de momento, el regresar a nuestro pisito... pero aquél era un tema que ya habíamos tratado Catalina y yo la tarde anterior: el vivir con ellos una temporada, siempre que a Yolanda le pareciera bien... Al principio, se asustó un poco: "¡Vivir de nuevo todos juntos, pero estando casados!¡Con el carácter que tienen mis hermanos, y lo mandona que es mi madre!¿Lo habéis pensado bien?" Sin embargo, un solo gesto bastó para que accediera: sin soltar su mano izquierda, la llevé sobre su vientre, donde ya era bastante evidente la presencia de nuestro hijo... "Vale...", me dijo, sonriendo... "pero si surgen problemas con mis hermanos, te encargas tú..."

En algún momento de aquella larguísima madrugada, me quedé dormido, sin por ello soltar la mano de Yolanda... y fueron su cara, sus labios, sus ojos, lo primero que vi al despertar... Segundos antes de que Borja me acercase una taza de café del "Starbucks"... No me atrevía a cogerla, sobre todo, porque no me fiaba mucho de él y de su peculiar sentido del humor, pero aquella vez no dijo nada raro: "Toma, hermanito, que te lo has ganado..." Que te dijera esto una persona a quien le sacabas casi diez años, pero de dos metros y pico de alto, te hace sentir, como poco, extraño... Luego comprendí su venganza: me había puesto...¡¡¡sacarina!!!

Los médicos hicieron su visita a las nueve de la mañana, y consideraron que podríamos volver a casa, en ambulancia, la mañana siguiente... Se había producido un pequeño desgarro en la pared del itero, desprendiéndose parte de la placenta, pero con la intervención realizada la víspera se habían conseguido suturar los vasos y reubicarlo todo en su sitio... A mí, todo esto me sonaba a chino, pero lo único importante era que Yolanda y nuestro futuro bebé estaban bien... Durante toda la jornada, vinieron algunas visitas, por suerte no demasiadas, aunque yo no tuve más remedio que coger un taxi, pasarme por el hotel para llevarle una fotocopia del parte de baja a mi jefe (el entrevistador del grupo se había marchado ayer por la tarde, comentando que "nos comunicaría los resultados del la valoración en su su debida forma y momento"), seguí la ruta hasta la consultoría donde trabajaba Yolanda (¡y yo me quejaba de los interrogatorios en los procedimientos de selección!), y conseguí llegar a casa, no sin antes hacer una escala en la casa de nuestra vecina, para darle las gracias, subí como pude los últimos escalones y me desplomé, agotado, sobre la cama, cuando faltaban unos minutos para las doce de la mañana... Uno de mis últimos pensamientos fue que,de haber tenido un perro, aquella mañana, tendría que haber usado el cuarto de baño...

A las cinco de la tarde, la insistente sirena del móvil me despertó de un sueño corto pero reparador... Mientras me duchaba, programé la cafetera, me puse ropa limpia y cómoda, pues todo lo que había llevado el día anterior estaba impregnado de olor a hospital, y no es uno de mis olores favoritos... También preparé una pequeña maleta, con ropa limpia para Yolanda (me dijeron que lo mejor serían un par de vestidos de entretiempo, algún abrigo ligero o gabardina, y sobre todo, un calzado cómodo... ¿Qué tendrá el aroma del café recién hecho, que resucita incluso a los muertos? Le puse dos cucharadas y media de azúcar, un tercio de leche de soja, y me senté unos minutos, para contemplar los que, durante tantos años, habían sido nuestros dominios... La cocina americana, con su barra de separación, los electrodomésticos, la vitro... Lugares con recuerdos propios... El salón - comedor - despacho compartido, con la mesa sobre borriquetaspara que puedan vernos, aunque no estemos aquí"), también, lleno de fotos y de recuerdos, entre otros las entradas del "Louvre", los billetes y la factura del restaurante en la "Tour Eiffel", un par de folletos de "los Jameos del Agua" de César Manrique... y, por supuesto, la primera foto que nos hicieron juntos, la mañana en que nos conocimos...

A las seis de la tarde, cogí un taxi para ir al hospital (la moto la había dejado en una zona de aparcamiento permitido, porque no me encontraba en condiciones de conducir aquella mañana), dispuesto a pasar una noche más, con la mujer de mis sueños, mi mejor amiga, mi compañera (y mil otras cosas más, que en aquél momento no acudían a mi mente): Yolanda... Borja, David y Catalina se habían encargado del turno de día, organizando relevos para las comidas, y preparando algunas cosas en casa de sus padres: nos habían instalado en la habitación de Yolanda, porque no tenía mucho sentido que durmiéramos separados después de casarnos, ¿verdad? Pues bien, lo más curioso es que eso fue precisamente lo que recomendaron los médicos en su visita de la tarde: "es mejor que la paciente duerma sola una semana, para evitar presuntos golpes o roces que puedan afectar a la zona de la operación..."

Por supuesto, lo que yo no podía imaginar era con quién pasaría algunas de esas noches... Pero esa es otra historia....

domingo, 1 de mayo de 2011

37. LA FUERZA DE MIL MUNDOS

Ahora, con la perspectiva que solo puede dar el paso del tiempo, quizás no fuera tan malo, o tan bueno, es algo que solo el tiempo lo dirá... Perdí a una de las personas más importantes de toda mi vida... pero también nació nuestro primer hijo, Luis...  Despedimos 1998 en el espigón del puerto, un año durante el cual  nos quedamos embarazados, nos casarnos, fuimos a París y Lanzarote y, al regresar a Málaga, fundamos la empresa "La Magia de tus ojos" (Las fotos de tu boda)  y participamos en "TodoBoda 1998". Los primeros meses de 1999 fueron algo caóticos... por supuesto, todos nosotros, salvo Gonzalo, que lo hacía a tiempo completo, gestionando desde el local de la calle Granada la empresa, y elaborando, junto a Leyre (quien abandonó su trabajo de auxiliar en una empresa de la competencia, porque no le daban la oportunidad de demostrar sus conocimientos en fotografía)... Nuestro volumen de negocio en el primer trimestre no fue malo, ni mucho menos, sobre todo porque varias de las más prestigiosas tiendas de trajes de novias de Málaga y Marbella nos contrataron para elaborar su catálogo de la temporada "Primavera Verano"... Y por supuesto, en ellos aparecía nuestro nombre, y nuestra web...

También funcionó muy bien la recomendación directa, de clienta a clienta, y exponíamos un par de fotos de cada boda en nuestro local... Seamos sinceros, nuestra ubicación era de capital importancia, porque estábamos a tiro de piedra de la Catedral, y de las más importantes iglesias de la zona, por lo que tampoco fue demasiado complicado conseguir los permisos para dejar algunos de nuestros folletos en lugares estatégicos, como el despacho del sacristán... a cambio de la promesa de una pequeña comisión por cada boda en la que participásemos...

En principio, nos especializamos en las bodas de fin de semana, porque en ellas, éramos capaces de organizar el trabajo de forma tal que no necesitásemos contratar a personal externo, manteniendo los principios de calidad a buen precio... Algunos fines de semana, hacíamos ocho bodas, otros, solo tres, por lo que no te podías permitir abandonar los demás trabajos... pero de todas formas, eso de disfrutar de un solo día libre el fin de semana, nos parecía casi tan utópico como la lotería primitiva...

El nueve de febrero, martes para más señas, nos vimos obligados a modificar nuestros hábitos de trabajo, pues nos pidieron que nos encargásemos de cubrir la boda de los herederos de las dos mayores fortunas de Málaga, a quienes Yolanda conocía desde el colegio... Aquél fue nuestro salto definitivo hacia la alta sociedad, para quienes era más importante la calidad extrema que el dinero... La boda tuvo lugar en la Catedral, a las cinco de la tarde, aunque jamás hemos vuelto a verla tan iluminada... El convite se celebró en el hotel más lujoso, trayendo ex-profeso al mejor chef de Europa y su equipo, quienes sin embargo elaboraron un espectacular menú con platos de la tierra, recetas de toda la vida... Y allí estábamos nosotros, los seis, realizando la cobertura integral, desplazándonos en nuestras motos de gran cilindrada, con la sensación de estar haciendo historia...

El resultado fue soberbio, aquellos contraluces, transparencias, la mezcla del blanco y negro del color, desde las fotos más tradicionales con cámara analógica, a la absoluta libertad de la fotografía digital, un campo en el que Leyre demostró su maestría y sus ganas de innovar... En cuanto a los precios, los adaptamos, como siempre, a las necesidades y e intereses del cliente... y tampoco rechazamos algunas bodas "pro bono", es decir, sin cobrar ni siquiera por los materiales o el tiempo invertidos, de personas que deseaban casarse, a quienes incluso ayudábamos con el traje de bodas (mi suegra Catalina, creo que tiene contactos hasta en el infierno...).

Y pasaban los meses, trabajando cada día más: mientras yo terminaba el curso de acceso a director de hotel, Yolanda había cambiado la orientación de su trabajo: quería especializarse en la ayuda psicológica para personas maltratadas, y empezar desde abajo, es decir, por los centros de salud, las Urgencias de los hospitales públicos y privados... Todo esto, con un embarazo que progresaba sin muchos problemas, pero que de todas formas dificultaba mucho sus movimientos...

A las once en punto de la mañana del nueve de marzo, recibo una llamada telefónica, mientras estoy reunido con uno de los directores de Recursos Humanos de la cadena, que estaba evaluando en aquél momento mi idoneidad para un "futuro puesto de responsabilidad"... Era el móvil de Yolanda: "Cariño, estoy en casa de doña Edelmira, la vecina del primero... Creo que algo va mal... ¿Puedes venir a buscarme, y avisar a la ambulancia?... Estoy sangrando..." No me lo pensé dos veces: con la mayor cortesía que pude, y todo esto cogiendo el caso y las llaves de la "Harley Davidson" que me esperaba en el garaje, le expliqué lo que pasaba, y le pregunté si podíamos terminar la entrevista en cualquier otro momento... porque mi mujer y mi hijo me necesitaban... "Por supuesto, ya recibirá noticias nuestras... y espero que no sea nada..." Estreché su mano, me puse el casco, y salí disparado...

Con el teléfono integrado del casco, realicé la llamada a Urgencias, pidiendo la ambulancia e informando de la situación... Mi Ángel de la Guardia motorizado trabajó de firme, aquella mañana de marzo, apartando coches y peatones, poniendo en verde los semáforos, asustando a los camiones...Recorrí todo el camino en un tiempo record, y llegué incluso antes que la ambulancia... Yolanda estaba sentada en el sillón de orejas de doña Edelmira, envuelta en una manta, sudando y, por encima de todo, muy asustada... Me acerco a ella, la peso, tomo su mano y la acaricio, mientras repito, bajito y como un mantra "todo terminará bien... todo terminará bien..."

Es la hemorragia, no se preocupe..." Le ponen algo parecido a un pañal gigantesco entre las piernas... No pueden llevarme, "situación muy inestable... La llevamos al Hospital General Carlos Haya"... Conozco la ruta, no puedo dejarla sola, y salgo con la moto, en persecución de  la ambulancia, utilizándola casi de ariete...

El viaje es infernal, pero consigo llegar, aparco la moto cerca de la entrada, lo que me garantiza una mirada de reprobación de un médico y dos enfermeras, pero me da igual, porque tengo que encontrarla, a mi Yolanda, mi vida... Voy corriendo por los pasillos, con mi traje, el casco de la moto, el teléfono móvil... Llego a la zona de Urgencias, a tiempo para ver  que la están ingresando, y hacerme cargo de los papeles, que me entregó la vecina en el último momento... Quiero estar con ella, pero no me dejan: van directamente a quirófano, y me ruegan que mantenga la tranquilidad... ¿Mantener la calma, cuando no sé lo que está pasando, y mil imágenes de documentales sobre neonatos pasan por mi cerebro?¿Mientras imagino un desprendimiento de placenta, incluso un aborto, me desplomo en uno de los asientos, horrendos, de plástico azul, y tengo las fuerzas justas para llamar a Catalina, antes de ponerme a llorar... Con esas lágrimas de quien teme haberlo perdido todo en esta vida...

Alguien se detiene a mi lado, y me pone la mano en el hombro... Hace mucho frío, de repente... Es una auxiliar, muy jovencita, con un pijama de hospital blanco... "No tenga miedo, señor, verá que no pasa nada... Es un susto, nada más... Dentro de unas horas, podrá estar de nuevo con Yolanda, y su bebé se pondrá bien..." Se agacha a mi lado, veo su nombre en una etiqueta, se llama Fátima, me mira directamente a los ojos y, aunque sigo teniendo frío, estoy más tranquilo... En ese momento, llega Catalina, todavía no sabemos nada de Yolanda, pero al menos, somos dos... Media hora después, sale el doctor Domínguez, y nos confirma lo que ya sabía: han podido contener la hemorragia, aunque Yolanda deberá guardar reposo varias semanas, y no se aconseja que suba escaleras... Catalina promete hacerse cargo de todo, algo que veo bastante complicado, porque nuestra casa sigue siendo un tercero sin ascensor...

Mientras esperamos que la lleven a la habitación (tendrá que permanecer ingresada varias noches, como poco hasta el día doce), me acerco al control de enfermería, dispuesto a encontrar y darle las gracias a aquella auxiliar tan delgadita, de irreales ojos verdes, que supo darme confianza... 

"Hola, buenas tardes, pregunto por una de sus compañeras, que me ha atendido hace un ratito... "

"Si es usted tan amable de facilitarme el nombre, le haré llegar el mensaje", me responde, sin mirarme...

"Por supuesto. El mensaje no podía ser oro que "Muchas gracias por tranquilizarme cuanto más lo necesitaba. Mi mujer se va a poner bien, tal y como me decías"... ¿Cree que le gustarán los bombones?"

"Si me dice el nombre, se lo puedo indicar..." me responde la enfermera, un poco más sonriente...

"Por supuesto, es una auxiliar, lleva un uniforme blanco con un ribete azul en el bolsillo, que parece algo más antiguo que el suyo, y su nombre es Fátima..." En ese momento, escucho que se ha caído algo en el control de enfermería: una de las auxiliares (con unas mechas rubias bastante llamativas) ha tirado una bandeja de aluminio, cargada de instrumental... La enfermera (después descubriré que era la enfermera jefe de la planta), bastante más pálida que antes, consigue dominarse, y termina de anotar el mensaje, asegurándome que "se lo daremos... y no se preocupe por los bombones..."

Pasan otros diez minutos, Catalina sigue esperando en la puerta de Urgencias, esperando que la lleven a la habitación 223, y mientras estoy delante de la máquina de café, alguien me dice: "Lo único decente en este sitio es el capuchino... Y en cuanto a Fátima, no se preocupe, ella ya lo sabe... Me llamo Lucía, y soy la que tiró la bandeja..."

"Sí, la he reconocido: menudo susto que nos hemos llevado todos por su culpa..." le respondí medio en broma, medio en serio...

"Normal, es lo que pasa, cuando surge el nombre de Fátima en una conversación..." me responde, con bastante lástima en la mirada... Cuando le pregunto el motivo, me cuenta una de esas historias... que preferirías no creer... y sin embargo, te crees...

"Fátima era una auxiliar del turno de noche, que trabajaba en la UCI de neonatos, y en Maternidad, hace más de diez años. Todo el mundo la quería, menos la enfermera jefe, por la paciencia que demostraba con todos los pacientes, por su cariño en los peores momentos para los padres, por estar allí... Una noche, estaba sola en el nido, como siempre... Hubo un problema con las tuberías, y se formó un charco en el suelo... El monitor de uno de los bebés lanzó la señal de alarma... Ella corrió hacia el fondo de la sala, pero resbaló en el charco... Se golpeó en la cabeza contra el pie de una cuna... Debería haber muerto enseguida, pero no lo hizo, al menos, no del todo... Tenía que salvar al bebé... El doctor Corominas, de neonatología, estaba en la salita de descanso, trabajando en un informe, cuando sintió una presencia detrás de él: "Disculpe, doctor, el bebé H-23 necesita con urgencia sus cuidados..." y cuando ya se iba de la habitación, le dijo: "Y por cierto, avise a mantenimiento, hay una fuga de agua muy peligrosa..." Ni que decir tiene que el buen doctor salió corriendo por el pasillo, hacia el nido... Allí estaban los dos: el bebé, cianótico, porque se le había movido la cánula del respirador, y que no fue muy complicado de estabilizar... Y Fátima, muerta a pocos metros de la cuna, en medio de un enorme charco de sangre, pero con una sonrisa en los labios... Nadie lo entiende, pero desde entonces, desde aquella noche, siempre que ha notado que alguien estaba sufriendo en esta zona, como tú, y que ella podía consolar a la persona o devolverle la esperanza, ella ha aparecido, anticipándose muchas veces a las noticias de los médicos, y a los resultados de las pruebas... Y aquí la tienes, Fátima, la auxiliar fantasma... el secreto mejor guardado del Hospital... Ahora tengo que dejarte... Y para que compruebes que soy real...", y me besó en los labios...

¿Cuánto tiempo estuvimos hablando junto a la máquina del café? Tal vez diez minutos, en todo caso, el suficiente para que llegasen Borja y David, casi a las dos de la tarde. Me dejan pasar a ver a Yolanda: está muy pálida todavía, pero me sonríe, sus magníficos hoyuelos aparecen en las mejillas, y me dice, mientras yo me arrodillo a su lado: "Tranquilo, amor, todo saldrá bien..."  A las tres de la tarde, la suben a la habitación, y empiezan a desfilar los amigos, socios, clientes, incluso los vecinos, y por supuesto, doña Edelmira, que fue la primera en atenderla (cumpliendo la promesa que me hizo en la farmacia, tantos meses atrás)... y a quien regalé al día siguiente una caja de lenguas de gato, que la apasionan... Me costó mucho echar a todo el mundo, sobre todo a mis hermanos políticos, hablé con mis padres y mi hermana cuando todo estuvo un poco más tranquilo, y mi madre se enfadó porque no lo hiciera a primera hora de la tarde... como si fuera tan sencillo para ella ausentarse de Madrid...

Aquella noche la pasé al lado de Yolanda, despierto, en el sillón de las visitas, mirándola, viéndola dormir, pensando en los miles de cosas que habían cambiado en mi vida, en todo lo que me había regalado, desde su amor, hasta aquél hijo que igual nos devolvería la esperanza... Y recordando todas y cada una de las ocasiones en que me había animado a hacer lo correcto, como la tesis doctoral, o seguir estudiando Turismo en el hotel, y tantas y tantas cosas que hacían inconcebible la vida, sin ella... Yo, que nunca he sido creyente, me arrodillé a los pies de la cama, quizás dando gracias a un diosecillo en quien no creo, por haberla puesto en mi vida... y por no habérmela arrebatado hoy... y, sin poder mantener el tipo por más tiempo, en el corazón de la noche más oscura, me puse a llorar... por todo... por toda la mierda que tuve que tragar en el pasado... por toda la tristeza, la desesperación... por las veces que la vida me trató a patadas...

Y fue entonces cuando escuché su voz... "Levanta, amor..." Yolanda estaba despierta, tenía mejor cara... y en sus ojos encontré, como siempre, la fuerza de mil mundos...