Mostrando entradas con la etiqueta padre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta padre. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de junio de 2011

70. TIEMPO DE CAMBIOS



A primeros de 2002, tuve lo que se puede considerar una crisis de identidad, o más bien la impresión de estar perdiendo el rumbo...  Sí, estaba consiguiendo el éxito, el equipo funcionaba muy bien, los viajes eran menos necesarios, aunque todavía estaba fuera de Málaga de seis a ocho días al mes. Me gustaba mi trabajo, es más, me apasionaba... y lo mismo le pasaba a Yolanda, por las mañanas fuera de casa en la empresa de consultoría, y por las tardes, con su proyecto (más bien realidad) de asesoría y ayuda en el caso de menores maltratados en casa y en los colegios, que le quitaba buena parte de su tiempo libre.

Era un trabajo muy duro, sobre todo al principio, cuando era cuestión de buenos sentimientos, fuerza de voluntad, y capacidad de improvisación... Casi siempre, eran cosas sencillas de resolver, pero si hacía falta un especialista, le pasaba todo el expediente a Servicios Sociales, y allí es donde terminó encontrando su verdadera vocación, y su destino.

Le ofrecieron incorporarse al departamento, aprovechando una amplia-ción temporal de plantilla de tres meses, durante los cuales trabajaría por las mañanas en la elaboración de los dosieres, buscando informaciones complementarias y realizando en algunas ocasiones trabajo de campo; y por las tardes, de tres a cinco, un curso de formación y capacitación, para adquirir sobre todo los rudimentos de psicología y de atención especializada a los menores.

Se trataba de una apuesta muy fuerte, pues incluso en 2002 era muy complicado pedir una excedencia de tres meses en una empresa de cazatalentos, y por supuesto renunciar a su altísimo sueldo y a las comisiones por cada "adquisición"... Pasaron aquellos tres meses... y el Ayuntamiento de Málaga la animó a perseverar, pues en pocos meses se convocaría una plaza de promoción interna... Es cierto, al final requirió un poco más de tiempo, pero el diez de mayo le era adjudicada la plaza en propiedad, con lo que renunció oficialmente a la consultoría, y comenzó a dedicarse por completo a lo que la llenaba en realiad, el trato con los niños, con los adolecentes y sus familias. Pensando que le sería de utilidad, se apuntó a varios módulos complementarios y, lo que al principio no entendía demasiado bien era su repentino interés por las artes marciales, sobre todo el kárate, y se desplazaba al dojo tres tardes por semana...

En cuanto a mí, la reorganización de las tareas, la confianza depositada en el equipo, me otorgaba ciertas parcelas de libertad: seguía con mis clases de "kendo", y con la práctica diaria de esta disciplina, Kenji Watanabe pensó que ya podíamos pasar al nivel superior, y utilizar espadas reales, por supuesto, de prácticas, y sin filo. Tal vez no fuera el lugar más adecuado, pero desde comienzos de abril, en vez de entrenar en el auditorio, como veníamos haciendo desde el principio, optamos por trasladarnos a nuestro despacho... y con el buen tiempo de mediados de marzo, nos trasladamos al pabellón japonés en medio del jardín. Con los trajes de protección, y las máscaras especiales, era difícil no percatarse de nuestros entrenamientos, primero alguno de los huéspedes, cuya terraza daba al jardín, y luego, varios empleados... Nos enteramos de que se hacían pequeñas apuestas sobre el resultado de los combates de los viernes, y pensamos que podía ser por una buena causa. La única diferencia entre nosotros era el  dorsal, rojo o verde, que llevábamos en la espalda.

 De esa forma, nació el combate de los viernes, que todavía se mantiene en vigor... y el dinero de las apuestas, gane quien gane, lo destinamos a una ONG. En varias ocasiones hemos recibido luchadores invitados, procedentes de otros "dojos", y el nuestro, como no podía ser de otra manera, se llamaba "El Dojo Imperial", algunos de ellos incluso han salido en la prensa y en distintos medios, que no es muy habitual ver a dos directivos de alto nivel combatiendo de esa manera. Durante el verano, o bien adelantábamos la cita a las ocho de la mañana, o la trasladábamos al salón de conferencias...

Con el paso de los años, la relación entre Kenji Watanabe había ido cambiando, quizás no fuéramos "amigos" en el sentido estricto de la palabra, sino más bien, "complementarios", cada uno dentro de su campo, con sus especialidades, pero también con la certeza de la honradez y la profesionalidad del otro, y de su equipo. Nuestras respectivas mujeres se hicieron amigas, y no era de extrañar que se fueran de compras juntas... y curiosamente, Ayumi, siendo una reputada chef de comida japonesa tradicional, se volvía loca con la pasta italiana, sobre todo la lasaña casera de Yolanda, receta de su madre... Y a nuestro hijo Luis, a punto de cumplir cuatro años, le apasionaba el sushi, incluyendo el "pez globo", que por supuesto nunca se lo dimos a probar: era arenque noruego...

Pasaba casi todas las tardes en casa, salvo cuando me tocaba la guardia en el departamento (unas seis o siete veces al mes), y tenía ganas de aprender algo nuevo, algo distinto, y me compré un par de dvd´s de "thai chi", que ponía en el monitor de plasma del comedor. Me relajaba, y me sigue relajando mucho, pero lo más importante era que podía compartirlo con mi hijo, a quien encontré un par de semanas después sepultado por dos sillas, al ensayar uno de los movimientos detrás de la mesa... Es algo especial, y me sentí muy privilegiado, por compartir aquellas experiencias con Luis, quizás en el fondo era lo que más añoraba de mi padre: solo nos unía, y durante un tiempo, la música clásica, o las exposiciones, pero no eran cosas que yo desease hacer realmente...

No sé, me habría encantado practicar el senderismo con él, o que se hubiera comprado una bici, para montar juntos... Y  viviendo a tan poca distancia del mar, enseguida nos acostumbramos a practicar una serie de actividades, desde volar cometas, hasta jugar al voley (no tardó mucho en ganarme, esa maldita coordinación), incluso nos atrevíamos  con el "body board"... Pero me adelanto en el tiempo, a los cuatro años, bastante teníamos con volar las cometas, y el "thai chi".

También necesitaba mi propio tiempo, es cierto, para investigar argumentos de historias, de novelas, pues aquella era mi auténtica pasión, por mucho que me gustase mi trabajo. Y me metía en mi despacho de la planta baja, preparaba una batería de compactos en el tocadiscos, y empezaba a escribir... Yo creo que mi hijo estaba atravesando por esa etapa de fascinación por el padre, y aunque a veces podía ser un poco plasta, sobre todo cuando necesito estar solo un rato... Pero cada vez que se abre la puerta de mi despacho, con ese pequeño chirrido tan especial, sé dónde puedo encontrarle: tumbado sobre la alfombra, a los pies de mi mesa, y con un par de tebeos y un paquete de galletas al alcance de la mano...

lunes, 30 de mayo de 2011

60. QUERIDO ISMAEL

El viernes por la mañana, cogí de nuevo la moto: había pasado varios días con el "Smart", porque el tiempo era demasiado frío para sacar de paseo a Luis... Y fue entonces, al revisar los bolsillos, cuando encontré el "pen drive" que me había facilitado Almudena, la secretaria de mi padre. A pesar de mi curiosidad sobre su contenido, tuve que esperar hasta la tarde, alrededor de las cinco para, una vez terminadas mis tareas, enchufarlo al puerto USB de mi ordenador...

Había un poco de todo: listas de libros por leer, apuntes sobre alguna exposición que le había gustado mucho, incluso los planes de un viaje a París, que le hubiera gustado realizar con mi madre en primavera... Y luego, una carpeta de archivos, con mi nombre, que estaba protegida mediante una contraseña... Tecleé la que me había facilitado Almudena, "ismaelyyolanda", y me encontré con varios documentos: una copia de su testamento actualizado, instrucciones detalladas para el abogado de la familia, para llegar a un acuerdo con los otros herederos y solucionar una herencia que se remontaba a mis bisabuelos (como en "Casa Desolada", de Charles Dickens), explicaciones bastante detalladas sobre lo que debía hacerse con sus cosas... y luego, una carta, escrita dos semanas antes de su muerte...

"Querido Ismael... Antes que nada, me gustaría pedirte perdón, por todos los malos recuerdos que todavía es posible que conserves de tu infancia... Además de Escorpio, soy una persona de carácter muy temperamental, me sulfuro con facilidad, y sé que mis ataques de rabia son temibles... Muchas veces me he planteado por qué tu madre seguía conmigo, cuando le sobraba dinero, y tenía su casa propia en Canillejas... En demasiadas ocasiones he temido volver, y encontrarme una nota en la puerta, en la que me dijera que se había terminado todo entre nosotros...

Mi mayor problema, al menos uno de los principales, ha sido mi incapacidad de dar muestras de cariño. Podría achacarlo a mi infancia, que de sobra sabes que no ha sido fácil, a la escasez de refuerzos positivos, mas en el fondo, todo se resume a que tampoco he recibido auténtico cariño hasta que conocí a tu madre y a tus abuelos. De todas formas, tengo miedo de haberte transmitido esa incapacidad... y espero que Yolanda y mi nieto te ayuden a compensarlo...

Es cierto, Yolanda me gustó desde el primer momento, pensé que era una chica inteligente, luchadora, que sabía escuchar, capaz de amarte, y de hacer cualquier sacrificio por ti... y, sin embargo, jamás se lo he dicho... Igual que nunca te he dicho que te quiero, y que estoy orgulloso de ti, de lo que has ido consiguiendo en la vida, de la manera en que no te has rendido a la hora de perseguir tus sueños (aunque ha sido Yolanda quien te ha dado fuerzas).

Al principio, me avergonzaba de ti, Ismael, por dejar el periodismo, para trabajar en la recepción de un Hotel, por muy Imperial que fuera: estabas tirando a la basura tantos años de formación, de sacrificios, para terminar detrás de un mostrador... Pero me demostraste, una vez más, que estaba equivocado, al seguir formándote, al apostar por tí mismo y por tu carrera, y avanzar lento pero seguro hacia la meta que te habías marcado: ser el Director de Comunicación del Hotel, y supongo que luego lo intentarás con las filiales en España...

Un consejo; no olvides jamás que eres parte de un equipo, de un grupo de personas que trabajan a tu lado, y que el secreto de cualquier éxito es conocer bien a tus colaboradores... y mejor aún a tus enemigos, porque los tendrás...

Hace un par de meses, me detectaron un tumor de grado III en la lengua, yo sabía de sobra que podía ser maligno, pero como también tengo otros achaques de salud, no tiene mucho sentido preocuparse, ¿verdad? Con las cardioversiones eléctricas y químicas que me han realizado en los últimos años, tengo bastante asumida mi propia mortalidad...

Lo que más lamento, es el no formar apenas parte de tu vida... En los últimos años, nos hemos visto cuatro veces... No se trata de una recriminación, Ismael, sino de un hecho consumado y mensurable: vuestra boda, el bautizo, aquella semana que pasamos en la casa de tus suegros en Benalmádena, y la última, hace un par de meses, cuando nos invitasteis al chalé que os había "regalado" vuestro suegro... Creo que lo que tuve fue mucha envidia de no poder ayudaros como él... Por cierto, investigué en los registros de la propiedad, y los terrenos siempre fueron de su familia, como poco, desde 1902...

Ahora mismo, lo que más lamento es no formar parte de vuestras vidas, para decirle a Yolanda que la admiro, por lo que está consiguiendo tanto en su trabajo de "head hunter" como por los servicios de consultoría... o bien a tí, Ismael, que lo estás haciendo bien, no bajes la guardia, y estrecha los lazos con la familia, pues al final, son los únicos importantes; y no permitas que tu trabajo te aleje demasiado de tu mujer y de tu hijo...

Me hubiera gustado poder estar más tiempo con mi nieto, Luis, haberle cogido en brazos más veces... No cometas los mismos errores que yo, hijo mío. No te pases de severo, ayúdale a encontrar su propio camino, escúchale, cógele en brazos como hacía contigo el abuelo, malcríale si lo deseas, pero no mucho... En definitiva, trátale como te hubiera gustado que yo te tratase a ti... Y procura ser moderadamente feliz... 

Muchos besos y abrazos de tu padre, que te quiere..."

No había más contenido en el lapicito, al margen de unas cuantas fotos mías con Yolanda y con Luis... Pero también una selección de fotografías, escaneadas, de mi infancia: algunos viajes, vacaciones, cumpleaños, lugares que no recordaba... Una vez más, tuve que dar las gracias por estar solo en el despacho, y por que fueran casi las ocho de la tarde... Puesto que en aquél momento, permití que las lágrimas salieran a borbotones, mientras releía por enésima vez la carta... ¿Acaso intuyó la proximidad de su muerte?¿O quería acercarse de nuevo a nosotros?

En el fondo, se trataba de un mensaje desde la tumba, de la última voluntad de mi padre... Para tranquilizarme y recobrar la calma, estuve un rato meditando, tal y como me había enseñado Ayako Wada, y sobre las diez de la noche, entraba en casa, con una carpeta de hojas impresas, que al día siguiente le enseñaría a Yolanda...  Pero lo que más necesitaba, en aquél momento, era hacer el amor con ella...

domingo, 29 de mayo de 2011

58. POMPA Y CIRCUNSTANCIA

Poco después de las siete de la madrugada llegó mi madre, vestida de negro (por desgracia, no nos faltaba ropa de aquél color desde la muerte de mi abuelo), acompañada por mi hermana... Creo que ninguna de las dos contaba mucho con verme, enfundado en mi mono de cuerpo, y todavía rodilla en tierra, llorando... lo que no impidió que ambas se abalanzaran sobre mí, tal vez buscando mi consuelo o mi amparo... No sé si estuve a la altura de las circunstancias o no, después de viajar tantas horas, sacando el máximo partido de la Harley en aquellos tramos donde no había radares, nada importaba demasiado... No me cambié de ropa, total, no deseaba quedarme más de lo necesario en el tanatorio, aunque había dejado un juego de ropa completo y efectos personales en las alforjas de la moto, que había metido en la habitación.... solo hasta que  se fuera la gente... A las nueve en punto llegó el capellán, ofreciéndonos de modo maquinal la confesión de los pecados, como si fuera un mercader ambulante, pero le ignoramos...

Y fue entonces cuando saqué el libro de la pequeña mochila: era un fragmento del "Libro de los Muertos", traducido al español, y comencé a leer, con aquella voz entonada que le gustaba tanto a Yolanda, los detalles sobre el juicio del alma... No era yo el más adecuado para juzgarle, sino mi madre... Serían las nueve y media de la mañana cuando terminé la lectura del fragmento, y escuché un sollozo desde la puerta... Era Ana María Sentí Mola, la mejor amiga de mi madre, y que nos quería a todos, con locura, pero que siempre había encontrado en mi padre a su alma gemela, su amigo, su mentor... También estaba a su lado su marido, Francisco Sanz Calvo, que no había entendido el significado de las palabras, pero que sabía cuál era su función: apoyar a su mujer, y a sus amigos... Fue un triste, tristísimo, abrazo de grupo...

Luego empezaron a llegar los demás: los antiguos compañeros de trabajo de mi madre, los investigadores del laboratorio, del hospital, amigos  de mi hermana, su novio... Casi me derrumbo cuando la veo entrar a ella, a Claudia, mi segundo amor... ¡Estaba embarazadísima, pero jamás la había visto tan hermosa!... Alguien la había llamado (luego me enteré de que había sido Yolanda, para que no estuviera tan solo...), y allí estaba ella, a mi lado, abrazándome, llorando entre mis brazos... Habíamos puesto un libro de firmas y un tarjetero junto a la vitrina, la música clásica seguía sonando, y el nivel de las conversaciones era el habitual...

A mediodía, nos informaron del inminente traslado al cementerio de La Almudena, donde tendría lugar la incineración... Pasé un momento al baño, me quité el mono y me lavé lo mejor que pude, antes de ponerme un vaquero negro y un jersey de cuello vuelto negro, y guardé el resto en las alforjas... Entré en el coche fúnebre con mi madre, mi hermana y su novio, cuyo nombre no logro recordar, el trayecto fue corto, igual que la homilía, que fue pronunciada sin interés por un sacerdote que ni siquiera conocía ni le importaba un bledo ni mi padre, ni mi familia, por lo que no pude evitar llamarle "¡Fariseo!" cuando nos daba el pésame en la puerta, y nos decía que la mañana siguiente nos entregarían las cenizas, para ser enterradas... Después de dejar en casa a la familia, volví al tanatorio con el coche de duelo, que de todas formas tenía otros clientes, y recogí la moto, para volver a casa de mi madre...


Es amargo volver a casa, cuando sientes que tu verdadero hogar se encuentra a casi seiscientos kilómetros de distancia (le había pedido a Yolanda y a su familia que no vinieran, pues tenía miedo de que surgieran problemas o reproches), y que ya nada te une a aquellas mujeres... Estaba agotado... Mi hermana me trajo un juego de toallas, y me di una larga y reparadora ducha, en el cuarto de baño azul, que siempre compartía con mi padre; luego, me cambié de muda, comimos un plato de pasta, y me fui a la cama... era el antiguo cuarto del abuelo, puesto que el viejo cuarto de mi hermana por fin lo había incorporado mi madre al comedor... pero todos sabemos que la muerte deja mucho espacio libre en una casa... Aunque ya había llamado a Yolanda varias veces (la primera de ellas, un mensaje cuando llegué al tanatorio), hablé con ella una vez más... Lo necesitaba, recordarla, escuchar su voz, porque era el único hilo de cordura que me unía al mundo real...

Tras dos horas de siesta, me lavé de nuevo la cara, y comenzamos a cribar la vida de mi padre... Empezamos por el dormitorio... La ropa, salvo algunas corbatas, la gabardina y dos cazadoras, fue toda para el Asilo de las Hermanitas de los Pobres... Aparecieron muchos paquetes de tabaco y mecheros;  yo me quedé con el "Dupont" de oro (que no funciona), otro reloj... No sé, no lo recuerdo: según mi madre iba dándome las cosas, yo las guardaba en una caja de zapatos, que no he vuelto a abrir... El despacho fue muy amargo: romper las fichas de todos los pacientes que atendía en casa, para no saturar el centro de investigación con seguimientos dos días  a la semana, y comenzar la criba de libros... Yo solo quería los catálogos de las exposiciones "Las Edades del Hombre", el resto de la colección de Tom Clancy (muchos de ellos los había comprado yo), y de otros autores parecidos, como Ken Follet, Robert Harris... y los fui metiendo en cajas. Una empresa de mensajería se ocuparía de llevarlos a Málaga... Los libros de medicina, en principio, se donarían más adelante a la Facultad, salvo los de Gregorio Marañón y de Sigmund Freud, que le apasionaban, y mi madre quería conservar... A la mañana siguiente, el lunes veintiséis después del entierro de la urna, tenía una cita con Almudena Suárez del Árbol, su ayudante y secretaria... Llamé a "Pizza Hut", pero creo que ninguno de los tres tenía mucha hambre...

A las nueve de la mañana, el coche de duelo nos recogió en la puerta, era Bautista, el mismo chófer la víspera... Estábamos solos,mi hermana, su novio, mi madre, Bautista y yo, además de los enterradores, que ya habían abierto la fosa... A mi padre no le pusimos bandera alguna, pero igual le habría gustado la de Asturias, porque él se definía siempre como "Asturiano, mal cristiano, loco y vano"... Se me hizo muy extraño tenerle entre mis manos... mi madre lloraba, mi hermana también... pero yo no podía, no era el momento ni el lugar... Lo depositaron en la fosa, de la que emanaba ese peculiar hedor a cosas muertas y tierra descompuesta que me hacía pensar en Stephen King... y nos fuimos, no sin antes darle una propina a los empleados, y otra a Bautista, cuando nos dejó en casa... Yo me cambié de ropa, cogí la moto, y me fui al Centro de Investigación Oncológica. Allí me esperaba Almudena Suàrez del Árbol, la ayudante de mi padre: una mujer atractiva, en la cincuentena, que olía a "Opium". Me llevó a su despacho, un lugar aséptico, de paredes blancas, en el que destacaban sus títulos y menciones honoríficas, que metimos en una caja, igual que el segundo tomo de "Harry Potter", y dos o tres fotos de la familia, incluyendo la que le mandé con Yolanda y Luis... También me dio un "pen drive", con diversos documentos que había sacado esta mañana del ordenador, y que por ser personales, serían destruidos... "Si le pide la contraseña para alguno de ellos, ya la sabe..."
"¿Ya la sé? No me parece muy factible...", le respondí, quizás un poco molesto...
"Él siempre ponía la misma, desde hace dos años... Ismaelyyolanda...", me respondió con un poco de tristeza...

Me despedí de ella con un firme apretón de manos y un beso en la mejilla, sujeté la caja con un par de pulpos a las alforjas, y volví a casa de mi madre, a la hora de comer, dejando la caja sobre la mesa del comedor, aunque por alguna razón me quedé con el "pen drive", que metí en uno de los bolsillos del mono de cuero... Bajamos los cuatro a un restaurante cercano, invité yo, luego subimos a casa, la típica conversación sobre "lo bueno que era el muerto...", me despedí de todos ellos, y emprendí el camino de vuelta a casa, con el rugido de mi moto, la fuerte vibración entre las piernas, y la sensación de libertad... Tardé algo más que a la ida, descansé para repostar un par de veces, y a las once de la noche ya estaba de vuelta en nuestra casa, viendo el futuro en los ojos de mi hijo... y el presente, en los de Yolanda...

sábado, 28 de mayo de 2011

57. LA MORT DE MON PÈRE...




Hasta que aquella misma mañana no consulté con Antonio de La Torre Mezquite, el Director del Hotel, que también era abogado y uno de mis mejores amigos, sobre la legalidad de los trámites realizados, no me quedé tranquilo... Me seguía pareciendo demasiado bueno para ser cierto, sobre todo, con edad más que suficiente para no creer ni en Papá Noel ni en los Reyes Magos... pero tal vez estas navidades deje algo de comida (heno, galletas, una botella de anís, pistachos...) junto a la chimenea, por si las moscas... Se trata de un documento completamente legal... Supongo de todas formas que es un proyecto antiguo, pues recuerdo que durante casi cinco años, aquella propiedad ha estado vallada... y creo que las obras empezaron poco después de irnos a vivir juntos... ¡Para que luego alguien se extrañe de que yo me lleve tan bien con mis suegros!


El mes de julio fue una locura, con toda la familia utilizando casi cualquier medio para localizar los muebles más importantes: comedor, dormitorio, despachos, cuarto de juegos, y el de Luis, que todavía dormía en nuestro dormitorio, pero que con un poco de suerte sería tan grande y fuerte como sus primos... quienes por su parte no tenían demasiado interés en mudarse de casa de sus padres como yo pensaba... El 28 de julio, invitamos a toda la familia, y algunos amigos y compañeros de trabajo de los dos, entre ellos Ayako Wada, a celebrar la inauguración de la casa, con una barbacoa... Los primeros amigos llegaron sobre las nueve y media de la noche, con más comida, helados, botellas de cerveza.... y los últimos se fueron sobre las tres de la madrugada... Fue una de aquellas noches que no se olvidan... Mi compañera Ayako llevaba uno de sus impecables trajes de pantalón y chaqueta, lo que no podía contrastar más con Agustina, y sin embargo, estaban bien juntas (creo que ella también conoce a "los niños perdidos", a quienes de vez en cuando llevo regalos espectrales)... Hacía calor, como es lógico por esas fechas, y terminamos todos en la piscina... Interesante comprobar de qué manera la gente se relaja cuando está a gusto... y yo empecé a fijarme en algunas miradas que me dirigía Ayako...


Por supuesto, esta era el tipo de fiesta a la que jamás acudiría mi familia... Menos mal que hace algún tiempo que el contacto con ellos se había reducido al mínimo imprescindible... El mayor problema era que chocábamos los dos... Mi padre, tan "racional" y tan "tradicional", cuyo lema parecía ser "piensa mal y acertarás", que se opuso a que yo me fuera a Málaga en un primer momento, y se sintió ofendido cuando abandoné el periodismo por mi trabajo en el Hotel Imperial... Le faltó tiempo para soltar uno de sus sermones sobre los "repugnantes especuladores inmobiliarios, que estafaban a todo el mundo, y cuya única voluntad era el lucro personal..." cuando jamás había visto la casa, ni en bruto, ni casi terminada... No me compliqué la existencia, aquella noche de agosto... y le colgué el teléfono, a sabiendas de que tardaría bastante tiempo en hablar de nuevo conmigo... Pero nunca supuse que sería tanto...


Mi relación con mi padre nunca ha sido demasiado buena, siempre estaba ocupado, bien con su equipo y colaboradores en el Centro de Investigación Oncológica, bien con reuniones por toda España, para aunar esfuerzos... Un par de veces, D. Manuel Barbacid vino a tomar café en casa, es una de las personas más empáticas e inteligentes que conozco... Su motivación no podía ser más personal: su madre murió de cáncer siendo él muy joven... En casa, cuando estaba trabajando en su despacho, analizando documentos en varios idiomas a la vez, no podíamos hacer un solo ruido, y muchas veces mi madre nos metía a todos en la cocina, donde siempre hacía mucho frío, y aquél era nuestro territorio de juego preferido, entre las piernas de mi madre, y las de mi abuelo...


Era un apasionado de la música clásica, una eminencia, que sin embargo prefería levantarse dos horas antes los domingos, y ahorrarse dinero en las entradas del Auditorio Nacional. y su Dios era D. Alfredo Kraus... y por èl sigo escuchando música clásica...

Por supuesto, no era un padre cariñoso, lo intentaba a menudo, a veces lo conseguía... pero también tenía esos prontos de furia casi homicida, que nos aterraban... Más de una vez mi madre nos mandó a la calle, con el abuelo, mientras ella le calmaba... y mirando al balcón del quinto piso, buscábamos el trapo rojo con la mirada, antes de volver a subir...


A los trece años, comenzaron los enfrentamientos directos, empecé a vestirme de heavy, de macarra sobre todo para que le diera vergüenza salir conmigo, y lo conseguí... Terminaron los conciertos, los cines, las comidas en los restaurantes, salvo algunas salidas culturales que me interesaban de verdad, o aquél verano en Cambados (La Toja)... Yo buscaba mi estilo, o mi falta de estilo si lo prefieres así, pero cumpliendo el principio básico: Siempre, antes lobo que cordero... Más o menos como sigo vistiendo ahora cuando no tengo que trabajar en el Hotel Imperial, con mi traje de chaqueta, corbata, zapatos...


Él odiaba las motos, y creo que solo por eso, me empeñé en sacarme también aquél carnet, quizás por eso empecé a ahorrar a finales de los ochenta... Dejamos de ir al cine toda la familia, menos mi hermana, que lo sacaba de paseo los domingos, yo prefería ir al cine con Claudia, o a pasear con mi amigo Antonio, o con mi tocayo, "Ismael el canario", que también era un apasionado del cine...


Desde que me vine a Málaga, creo que solo vi tres veces a mi padre: el día de nuestra boda, el del bautizo, y aquella semana que pasaron con nosotros en la casa de la playa, cuando se vino con un montón de libros, y se indignaba por tener que "fumar en la calle, como los pobres"... Muchas veces, Yolanda quería que hablase con él, que me acercase, porque se iba haciendo mayor...

Nunca tuve ocasión... de intentarlo…


El veinticinco de noviembre de 2000, sábado para más señas, una de sus ayudantes, mientras supervisaba los últimos experimentos de la jornada, se extrañó de escuchar a Pavarotti, "E lucevano le stelle", saliendo de su despacho... No era raro que se quedase hasta tarde, sobre todo porque seguía fumando a escondidas, lo que era un secreto a voces... Al abrir la puerta, se lo encuentra derrumbado sobre la mesa de trabajo... Pensó en avisar a la ambulancia, pero al tomarle el pulso, llamó directamente al equipo forense... Muerte natural, "ocasionada por un aneurisma cerebral, aunque en la lengua se aprecian los síntomas inequívocos de un cáncer de lengua de tipo III..."


Mi madre me llamó en mitad de la noche, llorando... "Papá ha muerto hace dos horas... Está en el Tanatorio de la M-30..." No me lo pensé dos veces, era mi padre y, a pesar de todo lo que había pasado entre nosotros, alguna parte, escondida, recóndita, de mí... le quería... Desperté a Yolanda (Luis ya estaba despierto por la llamda), le conté lo que había pasado, y me puse el mono integral de cuero, los auriculares con el teléfono incorporado, el GPS, me subí a la Harley, y comencé el viaje a las dos y cuarto de la madrugada. El MP4 desgranaba una extraña selección de canciones, estilos, aleatorio, pero que me ayudaba a no pensar... o a pensar...


No había amanecido por completo, en todo caso eran sobre las seis y media de la mañana, cuando aparqué en la puerta del tanatorio, en la zona reservada a los familiares. Es cierto, igual mi mono negro integral y mi casco polarizado, sin contar con las gruesas botas y los guantes, intimidaban un poco, pero conseguí que me dijeran dónde estaba mi padre: en la cabina número 3... Estaba solo, tras el cristal, su rostro era sereno, no recordaba que tuviese tantas arrugas... y como deferencia hacia su profesión, o sugerencia de mi hermana, llevaba puesta su bata de hospital, por encima de un elegante traje de chaqueta...


Siguiendo con el plan previsto, saqué de la pequeña mochila un segundo MP4, donde estaban algunas de aquellas arias y movimientos de música clásica que él tanto amaba, lo conecté a unos diminutos altavoces, y lo puse todo sobre la mesita, junto al cristal. Al menos, aquella madrugada no fue el silencio su compañero, sino "su música", que muchas veces quedaba ahogada por mis sollozos... Entraron un par de veces, supongo que personal de mantenimiento, o de atención al cliente, pero al verme, con una rodilla en tierra, mirándole fijamente, ansiando poder tocarle por última vez, yo, todo un hombretón con mi metro setenta y poco, pero que en aquél momento parecía más bien un caballero de negra armadura velando a un rey muerto... fuera quien fuera, ambas veces, volvió a salir...

"La mort de mon père"... La muerte de mi padre... Lo que yo estaba muy lejos de imaginar era que no había vivido, todavía, el momento más amargo...