Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de mayo de 2011

43. EN EL NOMBRE DEL ABUELO...

Mi abuelo falleció el quince de mayo de 1999, en la ciudad de Madrid, cuando faltaban pocos minutos pare el amanecer... Murió en la habitación de un hospital, acompañado por mi madre, mi padre y mi hermana... y yo creo que también por el espíritu de su mujer, que llevaba esperándole casi treinta años... Yo no estaba a su lado: estaba en Málaga, con mi mujer, con mi Yolanda... Fue ella quien respondió a la llamada (el teléfono estaba en su mesilla de noche, y lo sigue estando, porque yo tengo cierta costumbre de estrellarlos contra la pared)... No eran ni siquiera las seis y media de la madrugada, escuchó unos minutos, empezó a llorar, colgó y, volviéndose hacia mí, me dijo "Ya está..."

"¿Ya está? ¿Qué es lo que está?", le pregunté...

"El abuelo ha muerto hace unos minutos", me respondió entre sollozos...

Es cierto, durante los últimos meses, la situación de su pierna había empeorado mucho, le inyectaban heparina todas las mañanas, necesitaba ayuda para subir de la cama a la silla de ruedas, y hace tiempo que mi madre y una cuidadora (prima suya), se encargaban del aseo, pero nunca pensé que se encontrase tan mal... Esa tendencia a pensar que nuestros seres queridos son inmortales, que siempre van a estar a nuestro lado... y creer que la gente buena no muere... Casi todas las noches, cuando llamaba a mis padres (o bien lo hacían ellos), les preguntaba por él, y cuando estaba lo bastante lúcido, se ponía unos minutos al teléfono...

"Mi bisnieto, mi bisnieto... ¿Le contarás cuentos del tres?" Aquella era su obsesión, conocer a mi hijo, y que le contase el mismo tipo de cuentos que él me contaba a mí. Pequeños y absurdos cuentos, que con su voz dulce, y sobre todo el palpitar de su fuerte corazón, me ayudaban a dormir. "Las tres tostadoras", "Las tres rosas", "Los tres lobitos"... Pero el que más me gustaba era el de "Las tres locomotoras de madera", quizás porque tenía una en casa, con sus ruedas amarillas... El único consuelo era que, salvo los últimos seis meses de vida, y con las limitaciones  de una persona de su edad, tuvo una vida intensa, y plena...

En aquellos tiempos, todavía no existía el Ave... y tampoco se trataba de ir y volver con mi coche personal, porque era posible que no pudiera conducir bien por las lágrimas... Así que cogí un taxi al aeropuerto, con una pequeña maleta, dos camisas, mudas para dos días, y un par de libros... El viaje fue muy rápido, poco más de hora y media, a las doce ya estaba en la puerta del hospital, con mi familia, alrededor de su cama... "Embolia gaseosa por culpa de un trombo", o algo parecido, me comentaba mi padre... ¿Y a mí qué demonios me importaba el motivo, si se encontraba mal desde la víspera, le ingresaron por la tarde, y no me dijeron nada, "para no preocuparme"? ¡Me habían robado la posibilidad de despedirme de él, de mi abuelo Luis!Eso es algo que jamás les perdonaré... Por lo menos, le habían retirado ya el respirador, los tubos, las sondas, las conexiones con sondas y sistemas de soporte vital... Parecía domido... Aquella fue una de las mañanas más tristes de mi vida... Los empleados de la funeraria llegaron a las doce y media, y se lo llevaron al tanatorio de la M-30... Allí pasamos varias horas, mas al caer la noche, nos fuimos a casa... la ciudad dormía, mientras nosotros nos encargábamos de cribar la ropa, los zapatos, algunos de los libros, y varios recuerdos... Me quedé con su pin de las fuerzas armadas de la República, un par de rebecas, y su colección de presos políticos: viejos muñecos de plástico con la cara de Felipe González, Alfonso Guerra y dos más, que no recuerdo... pero sigo teniendo en casa...

Odio los tanatorios, y he visitado unos cuantos... Es un lugar de muerte, funcional, sin carácter, un depósito de muertos, donde colocarlos unas horas, porque molestan a los vivos... Por eso, las dos cámaras separadas, con las grandes coronas... Ese ambiente tan frío, las paredes de colores tan neutros, que dan asco, y esa acústica, porl a que un rezo atruena, y la gente se tiene que ir a hablar fuera... Me quedé con las ganas de cubrir su pecho con la bandera republicana, pero todavía no la había conseguido... Antiguo luchador por la República, superviviente del campo de los Almendros, condenado a pena de muerte por sus actividades políticas, ahora, por fin, estaba en paz...

Me quedé largo rato delante del cristal, mirándole, recordando mil paseos por el pasillo, cientos de paseos por el Retiro, todas las veces que me abrazaba a él cuando tenia miedo o me pasaba algo malo, y todas las veces que le llamaba en mitad de la noche, para que me trajera un vaso de agua fresquita... Me daba miedo la oscuridad... Y, sin embargo, desde el mismo momento que me comunicaron su muerte, comprobé que había olvidado el sonido de su voz... Entonces fue cuando me puse a llorar... y todo aquél tiempo, solo frente a la vitrina, sentí a mi vera a Yolanda... De algún modo, estaba allí... Conmigo... Me hubiera gustado que viniera a Madrid, pero su avanzado estado de gestación lo impedía: estaba a menos de dos semanas para salir de cuentas, y no debía viajar en avión... A las once de la mañana, lo llevaron al cementerio de la Almudena, y tras una breve ceremonia sin apenas mensaje religioso (era comunista, republicano y masón)... Nos hicieron salir, mientras los rodillos arrastraban en ataúd hacia los hornos... La segunda tarde fue más triste que la primera, pues comenzamos con los libros, y cuanto más tiempo pasara, más nos costaría hacerlo... Tiramos muchos panfletos y folletos comunistas, algunos de ellos incluso en ruso, empaquetamos los libros m´s interesantes, y para todo lo demás, vino un ropavejero, que los compró al peso...

El diecisiete de mayo, a las ocho de la mañana, nos entregaron las cenizas... Allí nos congregamos cuatro gatos, por última vez le abracé, aunque fuera la urna, que envolvimos en su bandera tricolor... y lo depositamos en el fondo de la tumba, igual que las coronas que no incineramos la víspera... A las seis de la tarde volví a Málaga, un nuevo taxi me llevó a casa de mis suegros... Solo estaba Yolanda, los demás habían salido "a dar una vuelta... y luego quizás al cine...", pero en el fondo, querían darnos algo de tiempo, para estar solos...

Me llevó a la habitacion azul pitufo, me quitó los zapatos, nos sentamos en la cama... Y entonces, me giro hacia ella, la abrazo todo lo que permite su estado, y dejo que fluyan las lágrimas por los ausentes, por el amigo, el confidente, el protector, el guía... Y todavía lloraba cuando volvieron Julián y Catalina, Borja y David... Aquella fue la ùltima vez que lloré...

martes, 19 de abril de 2011

18. NOCHES DE OTOÑO Y ESTRELLAS

Quizás fuera el recuerdo del cuerpo de Yolanda contra el mío, aquellas maravillosas jornadas en el piso de sus padres en Benalmádena, que por cierto, jamás pensé que podrían llegar a ser tan "liberales"... la forma en que mis manos se amoldaban a sus pechos... incluso la gota de sudor que, perfectamente guiada por mis pensamientos, resbalaba hacia mi boca sedienta... La certeza de amar y ser amado, por primera vez, y sin límites, en toda mi vida... De repente, Madrid entero se me quedaba pequeño, y me ahogaba entre las cuatro paredes de mi habitación... Intenté dedicarme a la tesis doctoral con un poco más de seriedad, a investigar en el pasado... tal vez esperando de esa manera solucionar mi presente...

Y la única preocupación de mi presente era el estar lejos de ella... y más que eso, el darme cuenta de que no había otra solución... Dentro de un par de semanas, Yolanda reanudaría sus estudios de Psicología en la Universidad de Málaga, y sus padres consideraban más adecuado que los terminase allí, cogiendo a ser posible algún tipo de práctica en clínicas o como voluntaria... Mientras que yo me centraba en la tesis, que me estaba costando mucho... Pasaba la mayor parte del día fuera de casa, en la Biblioteca Nacional, y sobre todo en el Ateneo Científico y Literario de Madrid (del que era socio desde los dieciocho años, por tradición familiar), muchas veces me llevaba un emparedado y una botella de agua, y con eso, e incontables litros de café y de té, aguantaba el tirón... Las familias se habían puesto de acuerdo, en que lo mejor para nuestro rendimiento académico era seguir estando separados... aunque meses más tarde, nos confesaron que no dejaba de ser una prueba de amor...

Pero no tiene sentido engañarse a uno mismo, ¿verdad? Lo único que le daba sentido a mi vida, eran aquellos ratos, cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte, en los que bajaba a la misma cabina telefónica frente a mi casa, a las nueve y media, para escuchar su voz... Al principio, era tanta la impresión que me ocasionaba escucharla allí, tan cerca, como si me estuviese hablando muy bajito al oído... y saber, sin embargo, que nos separaban casi seiscientos kilómetros (bueno, quinientos cuarenta y tres de puerta a puerta), que cerraba los ojos al mundo entero, imaginando que de alguna manera, algo de ella alcanzaba mi maltrecho corazón... y a Yolanda le pasaba lo mismo...

"Hola, amor..." Con esas dos palabras, me saludaba, cada noche...
"Hola, amor...", le respondía yo, intentando hacerme el fuerte... pero no lo conseguía mucho tiempo...
"Hoy te he añorado mucho, Ismael... porque el sol me ha despertado al amanecer... y he recordado aquellos amaneceres entre tus brazos, cuando me despertabas a besos, para ver el sol naciendo del mar..."
"Hoy, como cada mañana, para ti ha sido mi primer pensamiento, ¿sabes?..."
"¿Y cuál ha sido, amor?"
"Que si todo esto era un sueño, el que me amases, los días que habíamos pasado juntos, tus sentimientos hacia mí, que si todo era una fantasía de un romántico convicto y confeso... prefería no despertar..."
"Pero lo hiciste... y luchaste por mí... como cada día... igual que yo por ti..."
"Como todos los días, amor..."
"Piensa que ya falta menos para que nos veamos otra vez... para que estemos juntos... y que yo viaje a tu ciudad, o tú regreses a Málaga..."
"Esa es, Yolanda, la razón de seguir luchando, un día más... por nosotros..."
"Espero que duermas bien, Ismael... y que Hathor, la diosa de la noche, te proteja y te acompañe a mi lado..."
"Hasta mañana, amor..."
"Hasta mañana, amor..."

"Hola amor..." ¿Cuánto sentimiento puede contenerse en aquellas dos palabras, cuando los amantes han sido separados por el espacio?¿Cuán grande es su carga de dolor... y al mismo tiempo, es lo que te da la fuerza para seguir adelante? Yo tenía veinticinco años, era géminis, y había nacido en Mayo... Ella fue el regalo de reyes que los dioses pusieron sobre la tierra, para mí... Y estábamos viviendo la magia, quizás no del primer amor o de la primera relación sexual... pero sí de la entrega absoluta...

Según se acercaba el puente del Pilar, que aquél año cayó en jueves y fue todo un acueducto, los dos nos poníamos nerviosos, que no en vano llevábamos un mes entero sin vernos... Yolanda pasaría las fiestas con nosotros, para descubrir Madrid... conmigo...

Llegó al aeropuerto de Barajas a media tarde, y la vi desde lejos.... Es cierto que yo tengo debilidad por las chicas morenas, de piel bronceada, pelo largo y negro, y con cierto aire de muñeca... pero también es cierto que jamás la había visto tan hermosa: llevaba un traje de chaqueta diplomática, sobre una blusa blanca, y con una gabardina Burberry... ¡Parecía, de repente, tan mayor! Por todo equipaje, una maleta tipo "trolley", y una bolsa de deporte... Y yo estaba allí, sintiéndome quizás un poco ridículo, por estar esperándola con mis pintillas habituales (chupa de cuero negra, camiseta heavy, vaqueros ajustados y botas)... y con un enorme elefante azul entre los brazos...

De haberse tratado de una película, cuando Yolanda me vio, se habría saltado el control de la Guardia Civil, arrastrando la maleta a toda velocidad, para lanzarse entre mis brazos (con peluche y todo), y comerme a besos... Pues bien, quizás por esas coincidencias entre realidad y ficción, aquello fue precisamente lo que hizo... bueno, menos lo de saltarse el control... y el pobre peluche terminó algo espachurrado...

Cosa rara en mí, localicé enseguida a "Brujita", el forito azul oscuro que tantas veces había viajado conmigo, persiguiendo a la luna, y que ahora, por primera vez, llevaba en su interior a la persona que era dueña y compañera de mis días y mis noches.... Mi familia era por aquél entonces bastante pequeña (ahora lo es mucho más), pero en cuanto les avisé por teléfono de la llegada de Yolanda, mi madre salió al balcón, como hace siempre que estamos esperando a alguien, tal vez con la ilusión de ver el coche desde lejos... Las calles estaban casi desiertas con la víspera del puente, por lo que el trayecto fue muy rápido, quizás demasiado para mi gusto, puesto que yo sabía perfectamente que durante los siguientes días, cada uno de nuestros gestos, actitudes y deseos sería sometido a un examen tan intenso como si lo realizara el mejor de los forenses...

Es necesario entender una cosa sobre mi familia: a pesar de ser "de izquierdas", en ciertos aspectos eran mucho más conservadores que mis futuros suegros... Yo no les había comentado, y Yolanda mucho menos, sobre nuestra escapada a la costa... pero supongo que el sistema de comunicación implantado por todas las madres del mundo, para intuir las cosas, o directamente preguntárselas a la progenitora del otro llevaba unos cuantos días echando humo: por eso, antes de salir para el aeropuerto, me dijo, con un tono vagamente amenazador: "... y ya puedes ir olvidántote de hacer cosas con tu novia mientras estés bajo mi techo..." Como medida disuasoria, instalaron una cama que les prestó un vecino en mi habitación... y a mí me mandaron al exilio, a dormir solo en el cuarto de mi hermana, que estaba junto a la cocina...

Fue una suerte que Yolanda les cayera bien... tal vez porque encarnaba todo lo que para ellos era bueno, adecuado, convencional: le interesaba la cultura, la lectura, las exposiciones, las obras de teatro... Le gustaba hablar, pero lo necesario, sin atronar a la gente con una exhibición de cultura, o de estupidez... Sin necesidad de asesoramiento, y solo por lo que habíamos hablado aquellas semanas por teléfono, fue capaz de traerle a cada uno de nosotros el detalle perfecto: a mi abuelo Luis, le trajo una lupa muy cómoda, para leer el periódico (que estuvo usando casi hasta el final de sus días); para mi madre, Carmen, un libro de repostería monacal ("¿Tú te has empeñado en frustrar mi dieta, verdad?", le dijo, amenazándola con el dedo índice, mientras buscaba la fórmula secreta de los tocinos de cielo); mi hermana, María, recibió un pequeño libro sobre los dioses egipcios; y para mi padre, Fernando, un libro de Manuel Fernández Álvarez, "Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas", que él esperaba comprar, dedicado, en la Feria del Libro... Pero lo más curioso es que Yolanda, precisamente, había conseguido aquella dedicatoria...

¡Cuatro días juntos, después de un mes entero sin vernos... y de toda nuestra vida separados! Mis padres procuraron ser comprensivos, y no hacernos madrugar, sobre todo porque nos pasábamos buena parte de la noche hablando muy bajito en la terraza, mirando las estrellas... y cuando se suponía que todos los demás estaban dormidos, Yolanda se venía a mi cuarto... ¡Universitarios, ya sabes! Sentirla sobre mí, en mi cama, deslizando la mirada por su cuerpo, reluciente de luna llena... ver sus pechos, rozarlos... No, por supuesto que esta no es una novela pornográfica, no lo ha sido desde el principio... pero sí me parecía necesario añadir algún matiz a la historia... pues no hay nada más hermoso en esta vida que amar y ser amado...

Al margen de las noches, también aprovechamos las horas de luz para hacer un poco de turismo con la familia, recorriendo su amado Madrid de los Austrias; y vimos un par de exposiciones en el Museo del Prado, y ya en plan más tranquilo, bajamos un par de noches, pero solo un ratito, al "Whisky Jazz Club", que estaba ubicado bajo mi casa... y ardió hasta los cimientos un par de años después...  Ni siquiera en aquellos momentos, Yolanda y yo éramos proclives al exhibicionismo, al "magreo" y al "morreo", que el amor y la pasión se demuestran de otro modo, con algo tan sencillo como el cariño, los besos, el simple placer de sentir al otro a tu lado... y de mirar juntos en la misma dirección...

Hablamos, nos amamos, soñamos, dormimos, nos reímos hasta las lágrimas con "Algo de que hablar"... y pasamos un rato muy agradable en el Planetario, que los dos hemos sido siempre muy lunáticos... El viernes, paseamos por el Retiro, con las hojas del otoño entonando su sinfonía de amor y muerte... Me llevé la cámara de fotos, y aunque a ninguno de los dos nos gustaba posar, conseguimos algunas muy hermosas, gracias a la ayuda de mi amigo Bautista, el típico fotógrafo de la BBC, pero que a cambio de un par de "Heineken" estuvo encantado de pasar un par de horas con nosotros...

Llegó el sábado, nos quedaban menos de veinticuatro horas para estar juntos, y mi abuelo nos dio una grata sorpresa, invitándonos a cenar fuera de casa, en un restaurante italiano que nos encantaba... No era nada fácil, seguir estudiando a los veinticinco años, sin importar que estuvieras luchando con la tesis doctoral: seguía dependiendo económicamente de mis padres, y de mi abuelo... Pero aquella era una situación que estaba decidido a cambiar...

Y esa noche, prescindiendo de todos los convencionalismos, Yolanda y yo dormimos abrazados... Así nos encontró mi madre el domingo por la mañana, algo extrañada por ver que una de las camas de mi habitación estaba vacía... Yo me desperté con el leve chirrido de la puerta, mi madre se llevó un dedo a los labios, y me indicó que no la despertara, que de todas formas, no eran ni las nueve... Aquellas últimas horas juntos dimos un paseo por el barrio, acercándonos con el coche a mi antiguo colegio/instituto, pasando por la puerta del famoso "Nait", y sentándonos en un banco cerca de mi casa, en la calle Serrano, disfrutando del sol...

A las cinco de la tarde nos despedimos de la familia, y la llevé al aeropuerto... Fue un momento muy amargo, separarnos de esa manera... nuestras manos se negaban a soltarse, y nos mirábamos con tanta intensidad como si fuera la última vez... Pero en diciembre, había otro puente, y luego, la Navidad... Con un último beso, y una caricia en la mejilla, nos despedimos... Al final, tuvo que facturar al elefante, porque no lo admitieron como equipaje de mano...

Yolanda, mi dulce y tierna Yolanda, se alejaba de mí... una vez más...