Mostrando entradas con la etiqueta casa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta casa. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de mayo de 2011

56. ABRAZO FAMILIAR

Llevábamos casi un año viviendo en el piso de Benalmádena... lo que es lo mismo, la familia de Yolanda se estaba privando de uno de sus mayores placeres: vivir junto al mar, durante los tres meses de verano... Pero yo seguía buscando un nuevo alojamiento... y Julián, mi enigmático suegro, seguía insistiendo, "todo llega en esta vida para el que sabe esperar..." Pues bien, a finales de junio nos citó a los dos, bueno, los tres si contamos a David, para "dar un paseo por los alrededores..."

Y menudo paseo... Fue el sábado veintitrés de junio, lo recuerdo muy bien, porque ese fin de semana tenía previsto pasarlo con Yolanda y con Luis, ir a la compra, mil y una cosas necesarias... Pero al final, todos nuestros planes se quedaron relegados al limbo... Salimos de casa, metiendo el carrito en el ascensor de milagro, mi suegro y yo bajamos a pié. La mañana era bastante fresca, pero se agradecía, sobre todo porque dentro de un par de horas el único lugar donde se estaría bien sería en la piscina, o en la bañera, que en la playa no nos atrevíamos a dejar suelto a Luis, un espíritu libre... Nos paramos delante de una serie de chalés pareados de dos en dos, con su entrada de garaje independiente, con cerramientos de ladrillo y forja...

Julián aprovechó para enseñarnos unas llaves, y preguntarnos: "¿Queréis entrar?", algo a lo que accedimos encantados, pero también con mucha curiosidad. La parcela, entre la calle Contreras y la de Albatros, era grande, con un cierre perimetral que englobaba tres casas. La parcela de cada casa, incluyendo el jarín anterior y el posterior, alcanzaba los ochocientos metros. La vivienda estaba dividida en dos plantas, mas una buhardilla plenamente acondicionada, y un sótano que se dedicaba a garaje y trastero...

Cuando entramos, ni Yolanda ni yo podíamos creernos lo que estábamos viendo: espacios amplios en zonas comunes de la planta baja, pero también un despacho con su biblioteca, y otro quizás algo más pequeño, un gran comedor, una zona para ver la tele, incluso una chimenea de verdad, además de la cocina y dos cuartos de baño y dos habitaciones más pequeñas... En la planta alta, un dormitorio principal con baño y vestidor, otros tres dormitorios; y la buhardilla, diáfana, para juegos, visitas, y por supuesto, también con su baño... Era, sin duda alguna, la casa de nuestros sueños...

Al bajar las escaleras, rozando la barandilla de madera pulida para mantener el contacto con la realidad, nos miramos algo entristecidos... Luis había realizado toda la inspección en brazos de Yolanda, y ahora gateaba feliz por el suelo de la cocina... La casa era perfecta, en todos los aspectos, para nosotros... "¿Os ha gustado la casa? Lo digo porque si la queréis es toda vuestra..." Yo no podía articular palabra, Yolanda tampoco, y por suerte, los dos conocíamos que mi suegro era una persona muy seria... Solo pudimos asentir con la cabeza, y darle el auténtico y genuino abrazo de oso...
 "Bueno, bueno, chicos, no me espachurréis, que ayer Borja y David me trituraron las costillas ayer, cuando les entregué sus llaves... El lunes, Ismael, Yolanda, a las ocho y media de la mañana, nos vemos en el bufete de mi abogado, el señor Sarriá De La Marca, la dirección ya la conocéis.... Espero que paséis un buen fin de semana..."

Por fin comprendíamos las palabras de Julián... Pasamos el resto de la mañana explorando la casa, que aun sin amueblar era preciosa... y llamamos a Telepizza a la hora de comer... No tengo idea del número de armarios que había en la casa, los peldaños de la escalera principal eran muy bajos y cómodos, igual que la del sótano... Y una de las sorpresas fue ver que las dos tenían ya instalada una barrera anti-niños... Otra, que el cuarto de lavado y plancha del sótano tenía mucha luz natural... A su lado, el trastero, y un pequeño taller...

Quizás fuera una tontería, pero nos apetecía dormir en nuestra casa, por lo que instalamos en el dormitorio principal una cuna para Luis, y un colchón de matrimonio hinchable que usábamos antes para acampar, dos lamparitas de noche, las sábanas, almohadas y anti-mosquitos... Es cierto, nos faltaban todos los muebles, pero no teníamos problemas en irla montando poco a poco... que en nuestro viejo piso de la calle San Lorenzo teníamos mucho menos... Era una sensación extraña, pusimos el "ipod" con los pequeños altavoces, y los dos pensamos que era una lástima que ella estuviera con la regla... Y nos dormimos escuchando a Frank Sinatra...

Solo fue al despertar cuando nos dimos cuenta de la última sorpresa: una piscina, comunitaria, para los tres hermanos... El resto del domingo lo pasamos en casa, mirando catálogos de muebles por internet, sobre todo lo más urgente: el comedor, el salón, y nuestro dormitorio...  también estuvimos en la piscina del piso del Paseo del Cortijo, donde tanto tiempo habíamos vivido los tres juntos... y que fue el lugar donde nos conocimos... gracias a las malas artes de Esther... Y digo "malas artes", porque ella me lo dijo, años más tarde: "Elías, yo no era capaz de enamorarme de ti, lo intenté al principio... pero necesitaba algo más físico, menos emocional, y sobre todo, más cercano... Sin embargo, yo tenía muy claro que te enamorarías de Yolanda en cuanto la vieras, era la mujer de tus sueños, de tu vida... Aunque no te sería nada fácil conquistarla..."

El lunes por la mañana, nos apiñamos en el "Smart", y nos fuimos al bufete del abogado en la calle Salinas, pero lo dejamos aparcado en un parking cercano... Por fin se iba a aclarar el misterio de la casa deshabitada, porque todo el asunto me traía, literalmente, descompuesto... Menos mal que pude ir al baño nada más entrar... Allí estaban Borja y David, cada día más grandes e imponentes que nunca... Nos hicieron pasar al despacho del abogado, quien en pocas palabras, nos explicó lo que pasaba:

"Vamos a realizar un acto de donacíón de bienes inter-vivos, con carácter inmediato. La propiedad, ubicada en la calle de Albatros 30, 32 y 34, pertenecerá en cuanto se abone el precio estipulado, a los herederos de D. Julián y de Dª Catalina, quienes actúan de mutuo acuerdo. Las tres viviendas y zonas comunitarias pertenecerán a los herederos y, si estos lo disponen, a sus cónyuges, si bien se impone el régimen de gananciales. Le valor de las propiedades ha sido debidamente confirmado por un tasador independiente, pero el promotor ha optado por cedérselo en alquiler, por el precio de mil euros anuales, que serán abonados de manera obligatoria a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo. La propiedad no podrá venderse, ni permutarse sin autorización expresa de D. Julián, y previo pago de la mitad de su precio de mercado real. Las propiedades se entregan libres de cargas. Si están todos ustedes de acuerdo, podemos proceder a la firma, y al compromiso de pago de la primera anualidad..."

Yolanda, reaccionando antes que los demás, tomó a su padre de las manos, preguntándole: "Papá... ¿nos estás regalando las tres casas, para que sigamos juntos... y lo único que nos pides es que otorguemos a la Cofradía una donación que de todas formas íbamos a realizar?"

"Sí, mi vida... Otra cosa no podía hacer, para ayudaros más... Hay un par de mercados, funcionando, también un colegio cercano, y tampoco representará una gran modificación en vuestros hábitos... Y en verano, y los puentes, estaremos cerca, pero no revueltos..."

Creo que fui yo quien dijo las palabras mágicas... "¡Abrazo familiar!"... en el que esta vez estuvimos todos implicados, incluso el abogado y su pasante... y que terminó con una enorme carcajada...

martes, 3 de mayo de 2011

39. REGRESO AL HOGAR.

Mi segunda jornada de estancia en el hospital fue mucho más tranquila que la primera, pues ya no tenía tanto miedo de perderla, aunque mi aprensión hacia todo lo que tuviera que ver con los hospitales gozaba de perfecta salud... Nos dimos un beso, cargado de eternidad y de esperanza... Yolanda tenía mucha mejor cara que la víspera, le habían quitado las bolsas de sangre y plasma, y solo le estaban poniendo solución salina y algunos antibióticos. El monitor fetal confirmaba que no había grandes problemas, y ella se adormeció después de la cena... Yo estaba instalado en el sillón de las visitas, releyendo, a la luz de una farola, uno de los primeros libros que le recomendé: "El Principito", de Antoine de Saint Exupéry... Tenia sueño, es cierto, pero no me parecía bien dormirme en la habitación: me levanté del incómodo asiento, con un ruido de succión tan fuerte queme pareció imposible no despertarla, y me puse a pasear sin rumbo fijo por los pasillos del hospital...

Una extraña claridad salía por debajo de una puerta de madera, sobre la que destacaba una sencilla cruz... Y, por primera vez en muchísimos años, entré en una capilla, sin motivos culturales o festivos... Había unas cuantas velas encendidas, de las de toda la vida, pequeñitas, con una base metálica y una mecha encerada... Incluso sabiendo que no tenía sentido, encendí dos: una por doña Clotilde, y otra por Yolanda... Allí, no había ruidos, ni gente, ni vida, y me adormecí... y soñé... No creo que fueran más de veinte minutos, el típico "carnero" (como los llama mi hermana), pero fue más que suficiente... Regresé a la habitación, Yolanda estaba dormida... Besé su frente, y seguí con la lectura, hasta que venció el sueño... entraron varias enfermeras a la habitación, para comprobar el nivel de los sueros... Una de aquellas veces, sentí un intenso frío, pero no tuve miedo: allí estaba Fátima, con su pijama anticuado, flotando a varios centímetros del suelo... Al percibir mi mirada, se dio la vuelta, y me sonrió, mientras me decía, muy bajito: "Todo ha salido bien..."

Nunca es fácil volver a casa de tus padres, aunque sea por una temporada, cuando llevas tanto tiempo viviendo con tu pareja... más que nada, por esa dichosa costumbre que tienen algunas personas de meterse en tu vida... Pero, de cualquier manera, seguía siendo lo mejor para Yolanda... y para nuestro bebé... Un taxi nos esperaba en la puerta del Hospital el día once de marzo de 1999 al domicilio familiar en la calle Jacinto Verdaguer. Catalina se encargó de ayudarme a recoger toda la ropa y enseres de la habitación, además de entregar a la supervisora de la planta unas cajas de bombones, para agradecer el buen trato recibido... Es increíble la cantidad de ropa que se puede acumular en dos días de estancia... y lo que cuesta recogerla... Como no había dormido gran cosa aquella noche, le dejé a Borja que llevase mi "Harley Davidson"... creo que en aquél momento, me gané su amistad incondicional...

Dos de la tarde: ya hemos terminado de acomodarnos en las habitaciones cedidas... Sí, he dicho "habitaciones", porque una vez más, estábamos durmiendo en camas distintas... Esta vez, la culpa no fue de sus padres, de su concepto de la moral o la decencia... si no de preservar en lo posible a Yolanda de cualquier peligro o golpe accidental... incluso yo sé que muchas veces,  doy coces cuando duermo... Comimos todos juntos, Yolanda seguía con la silla de ruedas, porque no era bueno que se pusiera a caminar enseguida... lo que para ella, un culo de mal asiento como yo, no dejaba de ser una tortura. Según el doctor Pedraza, a partir del domingo catorce podría levantarse, pero mientras tanto, se había convertido en la versión femenina de "Ironside", aunque ella hacía el papel de Raymond Burr... Aquella tarde, con la necesidad de descansar como era debido, optamos por aplazar hasta la mañana siguiente el ir a nuestro pisito a recoger aquellas cosas necesarias, como los portátiles y la impresora, y no serían mucho más allá de las once de la noche cuando, después de haber dejado a Yolanda en su cama de soltero, me fui a dormir al antiguo cuarto de doña Clotilde, que se había convertido en la estancia para los invitados...

Serían las dos o las tres de la madrugada, cuando una ráfaga de frío, y sobre todo, una débil voz, me despertaron... "Ismael... Despierta, Ismael, te necesito..." Abrí los ojos, y allí estaba ella, doña Clotilde, sentada en la silla, sobre mi ropa... "¿Doña Clotilde?¿Qué hace usted aquí, en mitad de la noche?" "Esperarte, hijo mío, porque solo tú puedes verme...", me respondió... "Necesito que me hagas un favor... Tengo pendiente una cuenta con mi hermano Sebastián, desde hace más de sesenta años, y por eso, sigo aquí...Nunca pensé que él le daría tanta importancia...", me dijo... "¿Qué puedo hacer por ti, Clotilde?", le pregunté, conteniendo a duras penas los escalofríos que recorrían todo mi cuerpo... "En la parte superior de mi armario ropero, justo en la esquina derecha, encontrarás un sobre cerrado... Dentro, hay tres cromos de la colección "La Perla Negra", de la editorial Barsal, de 1930... Necesito que se los des lo antes posible: se los quité en una rabieta... Y ahora, descansa, duermete de nuevo..." Y eso es lo que hice...

A la mañana siguiente, con más dudas que otra cosa, arrimé la silla a la esquina izquierda del armario, apartando tres o cuatro telarañas y algo de polvo, y allí estaba: el viejo sobre, con los cromos... Sin entender muy bien la importancia del hallazgo, y tras una buena ducha y un cambio de ropa de lo más necesario, me fui de la casa... Era increíble, la sensación de montar otra vez en mi moto, y desplazarme hacia las afueras, donde se encontraba la residencia de ancianos "El Renacer" (curioso nombre para un sitio como aquél)... Quizás me esperaba  un viejecito arrugado como una pasa, sentado en una silla de ruedas como mi abuelo en los últimos meses; o un señor gordito, en zapatillas, y leyendo el periódico..

Pero no... Sebastián era un coloso, casi un metro ochenta, con la espalda y los brazos de un labriego. Con su sombrero de paja, la camisa blanca y los pantalones de pana oscuros, calzado con alpargatas, estaba cavando un pequeño huerto, "para estar entretenido"... Me sorprendió la gran fuerza de su mano... ¿Cómo le explicaba yo a aquél coloso, con sus ochenta años muy bien llevados, que su hermana me había encargado, desde la tumba, una última misión? No le dije nada, me presenté: "Hola, soy Ismael, el marido de su nieta, y vengo a traerle una cosa...", y le entregué el sobre, todavía algo polvoriento... No sentamos en un banco, a la sombra de un manzano, y abrió el sobre... "Siempre he sabido que los tenía ella... Muchas gracias por traerlos..." Le acompañé a su habitación, con la cama, una mesita, una silla, varios libros (entre otros, una curiosa edición de "El Quijote" de Avellaneda), y del primer cajón sacó un viejo álbum de cromos... que completó con los tres que faltaban... No me acompañó a la puerta, pero sí me dio un fuerte abrazo... Aquél domingo catorce de marzo, volví a casa de mis suegros con la satisfacción del deber cumplido...

Nunca más he visto de nuevo a doña Clotilde...