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domingo, 21 de octubre de 2012

94. “Querida hija…

Dentro del programa de radio, siempre hemos intentado fomentar la creatividad de los oyentes, con una serie de concurso de relatos, de cuentos, incluso de cartas de amor… Y la respuesta ha sido muy buena, hasta tal punto de que hemos recogido algunos de ellos, y los hemos publicado dentro de un libro colectivo… Este fue uno de los relatos que ganaron nuestro concurso de la primavera del año 2009… Nos gustó a todo el equipo, sobre todo a Beatrice Golden y a mí… Pero también fue muy bien acogido por la audiencia…
“Querida Hija: cuando leas estas líneas, lo más seguro es que yo haya muerto hace algún tiempo... por eso, en vez de dejarla con mis cosas, se la dicto al tío Marcial, que es tan despistado, para que te la dé cuando hayan pasado varios meses desde mi muerte... ¿que cual es el motivo que tengo para hacerlo? En el fondo, el más noble: intentar mitigar tu dolor... y despedirme…
Te conozco muy bien, hija mía... Siempre estás haciéndote la fuerte, la dura... Te haces responsable no solo de tu hermano pequeño, sino también de tu padre... Y te dedicas a interiorizar el dolor, y te niegas incluso a llorar, a sentir... Y llegará un momento en el que te negarás incluso a ser feliz, porque yo no estaré a tu lado…
Una de las pocas cosas "buenas", si es que tiene alguna el cáncer, es que te permite hacerte una idea del tiempo que te queda por vivir... Sé que va a ser muy poco, hija mía, cuestión de semanas, por eso quiero escribirte esta carta, aunque tenga que dictársela a tu tío Marcial, mi hermano, desde la cama del hospital (nunca he querido morir en casa, prefiero que conserves un buen recuerdo de la casa en la que hemos sido tan felices los cuatro)...
¡Son tantas las cosas que me gustaría decirte, y tan poco el tiempo que me queda, que me cuesta mucho decidir por dónde empezar! Comencemos por lo más sencillo: te quiero, Montseta, hija mía. Te quiero como posiblemente nunca te volverán a querer... porque hay pocos amores más fuertes que el que una madre puede sentir por su hija... Es una comunicación especial, el haberte llevado nueve meses dentro de mí, que además fueras nuestro primer hijo, y que papá y yo te quisiéramos tanto antes incluso de tu nacimiento...
Sí, es cierto, a tu hermano también le queremos mucho, pero no es lo mismo: él es un hombre, se parece tanto a tu padre, y le cuesta más expresar sus sentimientos... He tenido la gran suerte de verte crecer, de estar a tu lado en casi todos los momentos importantes de tu vida, desde el mismo día en que te agarraste con fuerza a mi pecho, y empezaste a chupar como si te fuera en ello la vida...
Recuerdo tus primeros pasos, aquella tarde del mes de marzo, en el jardín de la comunidad, cuando caminaste entre papá y yo, los dos tan pendientes para evitar que te cayeras y te hicieras daño... Tus primeros intentos con el triciclo, la cara de velocidad que se te ponía mientras te lanzabas por el pasillo a toda velocidad... y el colchón de goma espuma que tuvimos que poner una temporada en la esquina de la pared de la cocina, para protegerla de tus topetazos...
Y la primera vez que te vestiste de señorita, con tu vestido blanco, los zapatitos, bolsito... te sacamos a la calle, para presumir un poco de ti con los vecinos... ¡Y no tardaste ni dos minutos en sentarte en el alcorque de un árbol, y ponerte de barro hasta las cejas! ¡Y estabas tan feliz!
El primer día de clase, extrañamente, no hubo traumas (con tu hermano, sin embargo, fue todo un número, parecía que le íbamos a quitar la vida por separarle de las piernas de tu padre, a las que se abrazaba con tanta fuerza)... Pero tú te dejaste llevar como una campeona, dando quizás muestra de la fuerza que has tenido (y tendrás) toda tu vida: solo una lágrima, y luego, empezaste a sonreír de nuevo, Montseta...
Aquella tarde, volviste a casa con un roto en el vestido, un ojo morado y la nota de tu profesora: "Su hija se ha peleado en el recreo con un niño mayor... por decir que no existen los Reyes Magos..." y tú estabas bien orgullosa del roto y del morado... ¿Cómo no estarlo, si  defendías tus ideas y tus creencias? Aquella fue la primera vez que plantaste cara al mundo...
Y te fuiste haciendo mayor, Montseta, llegó y pasó tu primera bici... tu primer amor: te pasaste media tarde llorando en mi regazo, en el salón, porque Mauricio te había dicho que eras fea... ¿Fea tú, mi amor? ¿Con esos tremendos ojos negros, que volvían locos a todos los chicos? ¿Con esa larga melena, que te gustaba recoger en una coleta cuando jugabas fuera de casa? ¿Con esa hermosa boquita? ¿Y con esa personalidad, esa forma de ser tan alegre, que cautivaba incluso a quienes no te conocían más que de oídas?
Todo esto, hija mía, para recordarte que he estado a tu lado en casi todos los momentos importantes de tu vida, que siempre te he querido, y que por supuesto, siempre te querré... Hay dos momentos, únicamente, que me dolerá mucho perderme... El día de tu boda, cuando camines hacia el altar, “blanca y radiante…”, como dice la canción... con la marcha nupcial resonando en la parroquia... Y con tu padre, vestido con su mejor traje, llevándote de la mano, intentando estar serio y concentrado... pero sin parar de mirar hacia el banco donde yo estaría de seguir con vida... Y tu hermano, tan brutote, hará lo de siempre, para remontaros el ánimo: es decir, el ganso, poniendo su mejor cara de boxeador noqueado, y levantando los pulgares...
A él, a tu futuro esposo, no puedo ponerle cara... porque todavía no le conoces (o eso me aseguras... mirando hacia otro lado, señal clara de que hay alguien que te gusta...)... Y puedo imaginarme las fotos, con los amigos, con la familia, con tu nueva familia, en aquél momento tan importante... y el banquete de bodas, con lo bonita que es Barcelona, seguro que encontrareis un lugar hermoso... Pero procura no perder mucho tiempo con las fotos antes del banquete, porque os estarán esperando vuestros invitados… Será el comienzo de una etapa muy feliz en tu vida…
El segundo momento que me dolerá mucho perderme, hija mía, será cuando tú también seas madre... Es algo que no se puede explicar a un hombre... Y no me refiero solamente a los cambios hormonales, alimenticios, los antojos (el mío fueron los espárragos de Navarra con mayonesa recién hecha... a cualquier hora)... Es todo eso, y mucho más... la sensación de estar llevando en tu interior una nueva vida, fruto del amor, creo que no hay nada más bonito... El parto... curiosamente, el tuyo fue mucho más sencillo que el de tu hermano, con él estuve casi doce horas... Y luego, cuando por primera vez le veas la carita a tu hijo (seguro que el primero será un hijo) y lo escuches llorar, y lo laven y te lo pongan sobre el pecho para que empiece a mamar...
 En ese momento, si yo estuviera contigo, se cerraría el círculo, y yo me quedaría a tu lado, mirándote, sin necesidad de decir una sola palabra, pues entre madre e hija, a veces no es necesario...
No, hija mía, no voy a poder estar cerca de ti en esos dos momentos... ni tampoco en los miles de pequeñas ocasiones en las que me echarás de menos con el paso de los años... Cuando pongan en la tele una de las películas románticas que nos gustaban a las dos, sobre todo "Ghost"... Cada vez que escuches por la radio una de nuestras canciones (por ejemplo, de “My inmortal”, de "Evanescence", ese grupo que empecé a escuchar por ti)... Cuando veas una madre con su hija, paseando de la mano por Las Ramblas...
Y al principio, te sentirás fatal... No tendrás ganas de hacer nada, ni de vivir casi... Espero que al menos hayáis dado lo antes posible casi toda mi ropa al asilo, menos esa gabardina y el jersey negro de cuello vuelto que tanto te gustaban ya de adolescente... Y muchos días, al despertarte, te acordarás de repente de que yo no estoy contigo, y te pondrás a llorar contra la almohada, para que nadie se entere, y dirás que es por la alergia...
Pero ya no puedes seguir así, amor mío...Tienes que atreverte a vivir... a seguir viviendo... a rehacer tu vida, y recuperar tu ilusión, poco a poco... No puedes seguir siempre así... Tienes que animarte, volver a sonreír, a tener ilusiones...
Si no lo haces por ti misma, hazlo por mí... sabes que no me gusta verte triste, que no puedo soportar ver que tus preciosos ojitos están empañados por el llanto, ni que tu sonrisa se esconda como un caracol tímido... Yo siempre te he querido, Montseta, desde antes incluso de tu nacimiento... Y siempre te querré... porque el amor entre madres e hijas es mucho más fuerte incluso que la propia muerte... Aunque no me veas, yo siempre estaré a tu lado, y notarás mis besos en el viento...
Te quiere, ahora y siempre... Mama”


miércoles, 20 de junio de 2012

78: Una más en la familia…

Y los meses fueron pasando, sin demasiadas sorpresas, quitando las actualizaciones periódicas de las consignas provenientes de Hiroshima, y los nuevos combates de kendo, que fueron ganando en espectacularidad con las nuevas técnicas que aprendí en Japón... Se produjeron nuevas apuestas, con los beneficios invertidos en diversas ONG´s. No hubo más viajes al extranjero en el año 2003, incluso los nacionales se fueron convirtiendo más en una excepción que en una norma… Porque en cada una de las delegaciones, se había creado un equipo autosuficiente, aglutinando los departamentos de Comunicación, Relaciones públicas, Marketing y Recursos Humanos, que operaban siguiendo las consignas de la Central de la Corporación, pero reportando semanalmente ante Kenji Watanabe y ante mí, pues nos encargábamos de aglutinar los esfuerzos y supervisar las tácticas empleadas, al mismo tiempo que valorábamos la eficacia en el desempeño. En la práctica, esto suponía que coordinábamos los esfuerzos de todos los hoteles de la cadena en España, y la Central estaba satisfecha con los resultados.
            Por supuesto, había gratificaciones, y bastante generosas, en función de los objetivos cumplidos… y sanciones, para quienes no estaban a la altura, aunque no nos llevamos demasiadas decepciones…
            Sin darnos cuenta, llegó la Feria, y aquél trece de agosto, lo disfrutamos mucho más que los anteriores, porque tras la separación, incluso la más pequeña de las casetas nos parecía un mundo… y también fue la primera vez que Luis se quedaba con nosotros en las atracciones, y empezaba a bailar sevillanas y bulerías con los “mayores”, aunque solo tenía cuatro años y pocos días… Él no podía saber que todo el mundo estaba pendiente de él, para llevarle a casa de los abuelos en cuanto tuviera sueño… pero un poco más y era él quien nos llevó a todos a casa… vestido de bailaor, y con sus zapatos acharolados… además de haberse convertido en un triunfador con una de las “bailaoras” más atractivas de toda la caseta, porque se escondió detrás del vuelo del vestido, se agarró a una de sus piernas, y repitió mi famosa frase, “¡Qué piernotas!”… generando la previsible ola de carcajadas…
            Al igual que en el otro embarazo, Yolanda no tuvo apenas molestias, y repitió antojo: las fresas con zumo de naranja, y el helado de dulce de leche… Aunque durante un par de días, solo le apetecía comer madalenas con boquerones en vinagre… pero solo fueron eso, un par de días… aunque debo reconocer que la mezcla no era mala…
            El 2 de noviembre de 2003, empezó a tener las contracciones… La llevé al Hospital en nuestro pequeño “Smart”, y terminamos todos los papeles del ingreso sin problemas, a las dos y media de la tarde… No hizo falta acelerar los trámites ni modificar el ritmo habitual impuesto por la madre naturaleza… Ni tampoco hubo en esta ocasión una presencia fantasmal… La noche entera, la pasé a su lado, cogiendo su mano, acompañándola incluso en sus jadeos (de algo tenían que servirme los dos libros sobre el parto, y las clases a las que asistimos de preparación al parto desde mi regreso de Japón), y bajo la atenta mirada de la enfermera para comprobar el goteo de los sueros…
            A las cuatro y media de la madrugada, nos bajaron al quirófano, y dos horas más tarde, nacía Claudia… por supuesto, en esta ocasión, me puse en la zona buena. Es decir, mirando solo a Yolanda, para hundirme en sus profundos ojos con cada contracción… y prestándole mi mano izquierda, por si necesitaba un punto de apoyo durante las últimas contracciones… y todo parece indicar que realmente lo necesitaba, porque me la dejó hecha un guiñapo… Ni siquiera fue necesaria la episiotomía (una cosa menos de la que ocuparme), y tampoco la palmadita en la espalda de la recién nacida: Claudia siempre ha tenido buenos pulmones y ganas de vivir… La lavaron, midieron, pesaron, y luego la pusieron sobre el pecho de Yolanda… y allí estaba yo, haciendo las primeras fotos a las dos mujeres más importantes de mi vida (con perdón de mi madre y de mi hermana, se entiende…) Tampoco necesitó un manual de instrucciones: enseguida se puso a mamar… Tuvieron que separarlas unos minutos, mientras lavaban a Yolanda y le cambiaban el camisón en la zona de pos-operatorio, y luego las subieron a las dos a la habitación…
            En ese preciso momento, noté el efecto del cansancio, de la tensión acumulada… cuando Borja y David, acompañando a Julián y Catalina, entraron en la habitación… mientras que yo tenía en el regazo a Claudia… y le limpiaba un poquito la cara de sus primeras lágrimas… porque la habían separado momentáneamente de su madre…
            ¿Y por qué Claudia, en vez de otro nombre? ¿Por qué precisamente ponerle el nombre de un antiguo amor? Muy sencillo: porque sin ella jamás nos habríamos conocido… y porque, en lo más profundo de mi corazón, la seguía queriendo, por haberme otorgado los mejores recuerdos de mi adolescencia…
            Yolanda, Luis, Claudia… con ellas se cerraba el ciclo de la vida…
            Los primeros días de convivencia con esta versión en miniatura de Yolanda fueron una repetición de mis experiencias con Luis, aunque esta vez ya estaba más preparado psicológicamente, y no me mareaba tanto al cambiar los pañales, ni cuando me vomitaba encima por un atracón de leche materna… Yolanda, esta vez, también se despertaba con los ocasionales sollozos de la pequeña Claudia, y de esa manera yo podía dormir un poco más tranquilo… por lo que rendía más en el trabajo… Y una vez pasados los seis primeros meses de vida de mi hija, decidí someterme a una pequeña intervención quirúrgica, cortándome la coleta de modo figurado, porque mi pequeño mundo ya estaba completo…
            Cuando Claudia tenía un año de edad, decidimos adoptar dos galgos en una protectora, cediendo a los ruegos y veladas amenazas de Luis… aunque antes que nada, los hicimos esterilizar… Athos es completamente negro, menos una estrella blanca en la frente, y una especie de calcetín del mismo color en la pata delantera izquierda… y Portos es de color canela, con manchas blancas en el lomo… Los dos tenían seis meses, y en junio de 2005 celebramos su primer cumpleaños con nosotros…