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domingo, 21 de octubre de 2012

105: Hacia el punto de inflexión.

Han pasado ya varias semanas desde que empecé a escribir estas memorias noveladas, estos recuerdos de toda una vida con Yolanda, con mis hermanos políticos Borja y David, con sus novias Cristina y Catalina, con mis suegros Julián y Catalina…
He recordado cómo empezó mi vida en el “Hotel Imperial”, la manera en que poco a poco he ido subiendo y, en colaboración estrecha con Kenji Watanabe, he conseguido los objetivos de comunicación empresarial e institucional  sugeridos por la central del grupo en Hiroshima…
 He plasmado mis sentimientos con la muerte de doña Clotilde, con la de mi abuelo y la de mi padre, y cómo cada una de estas muertes ha ido repercutiendo en mi vida…
He recordado también el nacimiento de mis dos hijos, cómo en el caso de Claudia aprendí lo suficiente para mantenerme en el lado bueno de la camilla, cogiéndole la mano a Yolanda, pero sin mirar más allá del improvisado muro que dividía su cuerpo a la altura del abdomen… y esa vez no me desmayé…
            Y, por encima de todo, he sentido la necesidad de dejar todos estos recuerdos plasmados en papel, o al menos en la memoria del ordenador de mi despacho, por si alguna vez era incapaz de expresarme con claridad… Los considero, estas resmas de folios, como una prueba de amor, una historia de redención por el trabajo… y también una especie de seguro, por si en un futuro muy cercano o lejano, me golpea alguna de las muchas enfermedades a las que tengo tanto miedo, como la esclerosis lateral amiotrófica, el Huntington o el Alzheimer, que destruyen el cuerpo, la mente o ambas a la vez, pero que de todas formas, te aíslan del resto del mundo…
            Sobre todo, lo he recordado y escrito todo del tirón, tal y como lo viví, o tal y como lo recuerdo… Quizás no sea más que un escritor mediocre, o un blogger que está deseando dar el paso hacia las grandes ligas… Por eso, es posible que algunos recuerdos hayan ocupado más espacio que otros, que mi percepción de la realidad haya sido un poco modificada por el paso del tiempo, de los sueños… pero al menos, he conseguido imprimir la última página escrita, he guardado la última modificación que consideré necesaria, y he guardado, o mejor dicho guardaré en un “pen drive” y en un “CDR” toda mi historia hasta este punto…
            Y por eso ahora, con casi toda mi vida convertida en código binario y lista para que otra persona, mi mujer, mis hijos, o cualquier lector anónimo pero interesado en mis recuerdos, comprendo que ha llegado el momento de dejar de escribir, de apagar el ordenador, y dormir una vez más la siesta del domingo por la tarde…
            Yolanda está leyendo la última novela de Stephen King en su despacho, la imagino perfectamente escuchando a “Lady Antebelum” o cualquiera de esos grupos que tanto le gustan… menos mal que coincidimos en D. Carlos Gardel, “Mecano”, “Dire Straits”, “Pink Floyd” o “AC/DC”…
            Luis, convertido en un pre-adolescente revoltoso a sus trece años de edad, se está entrenando para  una extraña carrera de resistencia con las bicis de montaña, en un circuito endemoniado… Escucho sus voces, y las de sus amigos, por la ventana abierta…
            Y Claudia, sí, el nombre de mi segundo amor, la chica que me presentó a su prima Esther, gracias a quien conocí a Yolanda… Claudia, mi dulce Claudia, lleva una hora con su amiga Mar, practicando sus “katas” en el pequeño gimnasio/trastero del sótano… Es una consumada karateka y eso me hace sentir más seguro cuando salen de excursión dentro y fuera de Málaga, aquella ciudad que he llegado a amar sin reservas, porque en ella vivía y sigue viviendo Yolanda… conmigo…
            Dentro de escasos minutos, con la última anotación terminada, con el último pensamiento escrito, me dormiré de nuevo…
            Y quizás sueñe… con lo que habría podido ser mi vida, si no hubiera podido realizar aquél viaje al Sur, en la primavera de 1995, para revelarle una vez más a Yolanda mis sentimientos…
            Pensando en cómo me sentiría, ahora, en este curioso momento al que llamamos “presente”, si no hubiera sido capaz de luchar por ella… Si hubiera permitido que otra persona entrase en mi vida, haciendo imposibles mis más secretos pensamientos y deseos de amor hacia Yolanda…
            Si no hubiera estado dispuesto a sacrificarlo todo, ciudad, familia, amigos, entorno, para salir en su busca, haciendo el mayor regalo que podía concebir al conocerla: dejarlo todo por ella… y conseguir que se enamorase un poquito más de mí… que ella se atreviera a dar el siguiente paso… y me amase, como poco, igual que yo la amaba a ella desde el primer momento: hasta la locura…
            Que en mi vida hay un “antes” y un “después” de Yolanda, es algo evidente… pero solo si nos fijamos en lo importante: que en ella he encontrado a mi media naranja, o mejor dicho, a la persona que siempre me ha apoyado incluso en mis más locos proyectos, pero que siempre ha estado a mi lado… incluso con las prácticas de Kendo en el jardín, para aprender nuevas estrategias, y poder igualar la astucia de Kenji Watanabe, mi maestro, entrenador y gran amigo…
            Porque sin ella, mi vida sería muy distinta, mucho más gris, posiblemente con las mismas pérdidas, la Parca habría acudido por igual a recoger las almas de mi abuelo y de mi padre… Que al lado de otra persona, quizás no sería otra cosa que un escritor con su primera novela, escribiendo cualquier tarde del año 2012, en la casa desierta sobre un amor perdido…
            Yolanda, mi alfa y mi omega, mi condena y mi redención… mi amiga y mi compañera… mi realidad y mi ficción…

Cuando cierre el programa por última vez, con toda nuestra vida en común condensada en más de setecientas páginas formato libro de bolsillo… En el preciso momento en el que dé por terminada la narración, habré conjurado algunos de mis peores miedos… el del olvido… y el de la incapa-cidad de expresarme…
            Y podré sentirme libre… incluso, de despertar y darme cuenta de que todo esto no ha sido más que un sueño lúcido… una fantasmagoría… una ensoñación de una tarde de otoño…
            Pero todo eso será cuando me despierte de esta siesta… sin importar lo que me encuentre al abrir los ojos… y podré hacerle frente a todo…
            Porque así terminan todas las historias de amor… y todos los relatos de crecimiento personal… con un punto… y final…
 

102. Y pasan los años…

Sí, es cierto, pasan los años, y llegamos al momento presente… Sigo colaborando, dos noches por semana, con Beatrice Golden y su equipo, en el programa de radio “Historias a media voz”… Me encanta pasar con ellos el tiempo, crear mundos de tinta en las ondas, escuchar a los oyentes, leer sus relatos, hacerles compañía por la noche, participar en la selección de los textos, las músicas y las historias que dan forma al programa…
Incluso me he animado a escribir un par de libros de relatos cortos, y varios de poemas, aunque todavía no he podido publicarlos con una editorial seria, que siempre es muy difícil para un escritor joven y desconocido el jugar en las grandes ligas…
Sigo trabajando en el “Hotel Imperial” de Málaga, y tengo nuevas funciones para la corporación “Natori Fujita”, puesto que junto con Kenji Watanabe coordino con los directivos de los demás hoteles las estrategias de comunicación corporativa, el diseño de nuevos programas, y también participo en numerosas tareas de la Fundación. He viajado en otras cuatro ocasiones a Hiroshima, a la sede de la corporación, y allí me he encontrado de nuevo con Ayako Wada, su hijo y su marido… Por cierto, que ella es la encargada de la coordinación de los proyectos de la empresa para España y América Latina, y sigue reafirmándose en que aprendió mucho de nosotros durante su estancia en Málaga…Ha venido varias veces a vernos, y hemos recordado viejos tiempos tomando “pescaito frito” y botellas de vino fino en la calle Larios… Y yo sigo practicando kendo con Kenji Watanabe, aunque nuestro nivel es ya tan parecido que cada combate tiene un final más incierto que el anterior…
Y mi antiguo amor, Claudia, está desarrollando las mismas funciones en el “Hotel Imperial” de Marbella… De vez en cuando, quedamos para comer, recordamos viejos momentos, hablamos de antiguos amigos, y sobre todo tenemos la ocasión de estar juntos…
¡Parece mentira la de vueltas que da la vida! Yo, que me pasé buena parte de mi adolescencia enamorado de ella, he terminado trabajando en la misma empresa…. Y de vez en cuando me pregunto cómo podría haber sido nuestra vida, si ella me hubiera querido… Aunque todas estas preguntas dejan de tener sentido en el mismo momento en que conocí a Yolanda, en 1991, y le entregué mi corazón…
Yolanda, mi esposa… Ha conseguido triunfar con su asesoría en la red, y gracias a su equipo de colaboradores (Sagra, Romulo, Irene, y otros muchos) están desarrollando una labor impresionante para apoyar y defenderá los niños y adolescentes con riesgo de mobbing o de exclusión social… Su web ya es una de las más conocidas en los colegios e institutos de Málaga y de parte de la provincia, y tampoco es extraño que reciban consultas desde otras ciudades españolas… Se trata sobre todo de ofrecer soluciones sencillas… pero otras muchas veces, la ayuda viene solamente por el hecho de escuchar a quien lo necesita… Vale, es cierto que es mi mujer y que estoy loco por ella… Pero estoy muy orgulloso de la atención que prestan… Y no puedo evitar pensar que de haber conocido a un grupo de personas como ellos, mi propia infancia podría haber sido mucho más sencilla…
Julián y Catalina, ya cerca de la jubilación, siguen muy activos… y de vez en cuando hacen escapadas románticas, manteniendo viva la vieja llama del amor, que en ellos sigue latiendo con fuerza… Y me hacen preguntarme cómo será nuestra vida cuando tengamos su edad…
Mi hermana María es la orgullosa madre de Ismael, un diablillo de cuatro años, que ha conseguido apartarla, pero solo de momento, de sus expediciones a Egipto… Ella y su marido Alfonso son asquerosamente felices, y por fin han dado la entrada de un piso en el centro de Madrid… Por cierto, él sigue trabajando como fotógrafo de moda, especializado en ropa interior… y ella sigue estando muy celosa…
Borja y David, que se casaron el doce de octubre de 2009 en el pabellón del Unicaja con sus novias de toda la vida (al menos las únicas que han contado para ellos), fueron padres casi a la vez, a los diez meses de la boda… y ya están planteándose el tener más hijos… Los dos abandonaron el baloncesto por sus carreras respectivas, y la vida está siendo buena con ellos…
Mi madre sigue viviendo en Madrid, en el piso de siempre… Aunque a menudo se viene a Málaga, bueno, solo en Navidades y en Semana Santa, porque no quiere molestar… Le encanta ver a sus “nietos favoritos”… aunque supongo que le dirá lo mismo a mi hermana y a su marido, la única diferencia es que ellos están en Madrid, y nosotros un poquito más lejos…
Luis y Claudia han ido creciendo… Ya son dos personitas que reclaman sus dosis de independencia, aunque les sigue gustando mucho compartir momentos y juegos con “Atos” y “Porhos”, nuestros galgos consentidos… Luis se ha convertido en un soberbio ciclista, le encanta practicar con su “mountain bike”, y es un buen estudiante… Y nuestra Claudia sigue jugando al fútbol sala, además de ser un temible cinturón azul de kárate. El año pasado, después de pasarse mucho tiempo compartiendo sueños, proyectos e ilusiones con Sebastián, su novio desde la guardería, se llevó la enorme sorpresa de encontrárselo por fin en las aulas del “Instituto Vicente Ferrer”: sus padres habían vuelto a Málaga, según parece esta vez para quedarse… Espero que les vaya muy bien juntos, porque se lo merecen… Y un amor que ha superado a la distancia merece perpetuarse en el tiempo… Todavía don muy jóvenes, pero no me extrañaría que esto terminase en un noviazgo formal… Pero pase lo que pase, es su vida… Y yo estaré a su lado para apoyarla, igual que Yolanda…

82. Un pequeño viaje de negocios

Debo reconocerlo… Como a muchos varones heterosexuales, siempre me ha inspirado mucha curiosidad el tema del lesbianismo… Quizás por estar lleno de tanto morbo, o por algunas películas que he visto… pero nunca me había atrevido a preguntarlo abiertamente… Hasta que conocí a Natalia Sánchez Álvarez y a Cristina Puerto Segura, dos colaboradoras del “Hotel Imperial” de Málaga, que sufrieron un principio de acoso por parte de otro empleado al hacer públicas sus orientaciones vitales… Por eso, recuerdo aquella charla que mantuve con ellas, en septiembre del año 2004, justo cuando Yolanda y sus amigos iniciaban su andadura con la web “Tuayudaenlared.com”…
“Nunca he tenido demasiados problemas en contar historias, y precisamente hoy, cuando recuerdo la manera en que nos apoyaste, creo que no tiene demasiado sentido el que me ande con remilgos, ¿verdad, Ismael? – me dijo Natalia-.  Los putos convencionalismos, el "qué dirán", siempre ahí, siempre pendientes, dispuestos para exterminar cualquier sentimiento poco "ético", poco "correcto"... y si a continuación metemos la "moral", soy capaz de vomitar...”
“Siento curiosidad, Cristina, por saber cómo empezó todo… si es que hay una fecha especial, que ambas recordéis…”, le respondí…
Nosotras llevábamos tres años trabajando juntas en una agencia de relaciones públicas, y habíamos salido mucho, tantos viajes, tantos cines, tantas experiencias, tanto trabajar juntas en la misma empresa... y al final resultó que era con ella, con quien he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida... Pero Natalia solamente me había visto como amiga... Y yo a ella... al menos, hasta aquella noche del dos de marzo de 2001... Supongo que era algo que tenía que suceder, ¿verdad? Y no me arrepiento de que sucediera precisamente aquella noche, cuando cogimos la única habitación de hotel que estaba libre... y era precisamente una con cama de matrimonio... Y chimenea... Por supuesto, ninguna de las dos pensaba que algo podría llegar a suceder entre nosotras, que pasamos la adolescencia compitiendo por los mismos chicos, por las mismas ropas, los mismos sueños...
Las negociaciones para conseguir la nueva cuenta de publicidad nos llevaron más tiempo del que pensábamos, y al final resultó que no era posible volver a Madrid en el día... El cliente, una importante marca de cosméticos, deseaba a toda costa que le expusiéramos la nueva imagen de la empresa, los nuevos anuncios sobre los que llevábamos tanto tiempo trabajando (casi tres meses), durante una comida "informal" en su oficina, que trajeron directamente desde el mejor restaurante de la ciudad... Al final, lo conseguimos, el proyecto fue aprobado por el cliente…. Y Natalia se empeñó en celebrarlo "a lo grande", aprovechando los tratamientos especiales de relax y belleza del hotel en el que nos alojábamos (el cliente había realizado la reserva por nosotras... aunque eso implicase asaltar literalmente la sección de bikinis del centro comercial, y comprar al mismo tiempo ropa interior, camisones, medias, cepillo de dientes...”
“Después de una jornada tan intensa,- recuerda Natalia- fue una auténtica maravilla el meterse en la serie de piscinas que, durante una hora y media, configuraban el circuito termal... y con las distintas temperaturas, burbujas, efectos, yo iba notando que desaparecía el cansancio de mi cuerpo... y del tuyo... pues incluso eso se nota siempre en tus inmensos ojos negros (y tu pelo rubio), que representan un contraste tan grande con mis ojos verdes (y mi melena negra)... Tal vez por eso funcionamos tan bien en equipo, porque nuestra personalidad, nuestra inteligencia, se ve potenciada cuando la gente se guía solamente por nuestra belleza... Vale, es cierto, con tanto tiempo viéndote a mi lado, con ese exiguo bikini que tan poco espacio dejaba a la imaginación, yo me preguntaba si llevarías las ingles brasileñas, o las integrales... Ahora lo sé... Pero fue sobre todo durante el masaje con chocolate tibio, cuando nos desnudaron a las dos sobre las camillas, separadas escasamente por un biombo de lino, y mientras notaba esas manos de mujer que recorrían mi cuerpo sin vergüenza ni tabúes, pero al mismo tiempo sin un ápice de deseo, fue entonces cuando imaginé lo que sentiría si fueran las de otra persona…
Lo único malo de ese tipo de masaje, es que después se hace imperiosamente necesaria otra ducha... y un cuarto de hora en el jacuzzi, de agua caliente, contigo bien cerca... Y subimos a la habitación... Alguien, después nos enteramos de que fue el cliente, había pensado en obsequiarnos con un pequeño aperitivo, con jamón serrano, distintas clases de quesos, de embutidos, y una botella de excelente cava catalán y otra de vino de Rueda, y un cesto de fresas... Como las adolescentes que en el fondo seguimos siendo (aunque con algunas patas de gallo, vale, y alguna pequeña estría), no nos molestamos en vestirnos para cenar en la habitación, el albornoz, ligeramente perfumado con el olor de la canela, nos parece suficiente ropa... Acercamos la mesita a la cama, y nos tumbamos sobre ella... Desde allí, vemos el paisaje exterior, algunos pinos, los prados, las colinas más allá, y en el horizonte se perfilan las primeras estrellas... Entre risas, recordando viejos momentos, otras situaciones, otras personas, vamos comiendo tranquilamente, aquella noche cenaremos en la habitación, no hay prisas, estamos relajadas... Todo empezó con las fresas... bueno, y con el vino... afrutado, con ese deje rústico, cálido, suave... que tan bien pegaba con el surtido de ibéricos... Nosotras, que no solemos beber, disfrutamos gustosamente con lo que se nos ofrece... Pero cuando llegamos al cava... y a las fresas... »
“Entonces, no fue algo premeditado, ninguna de vosotras suponía que podría llegar a pasar algo, ¿verdad?”, le pregunté a Natalia…
“Bueno… quizás por mi parte había algo de tensión… Pero nada del otro mundo… Hasta que al beber, Cristina se atragantó, a media carcajada... y el cava, brillante, espumoso, empezó a correr entre sus senos, estaba tumbada boca arriba, con el albornoz blanco escasamente ceñido sobre la cintura... Y algo vio en mi mirada, algo sintió en mi interior, y en tu interior, latiendo, palpitando, pues suavemente inclinó mi cabeza sobre su pecho, orientándola dulcemente para que pudiera beber el cava derramado... Y así lo hice, sin pudor alguno, como si fuera lo más natural del mundo entre dos amigas que llevan toda la vida juntas... -( Me dice mirando a Cristina, y hablándole directamente a ella, como si yo hubiera dejado de existir, y tomándole la mano izquierda con dulzura)-  Pero no nos quedamos allí, mis labios, sedientos de ella, han ido apartando los pliegues de tu albornoz, hasta dejarte, desnuda, anhelante, ligeramente nerviosa sobre la doble capa de la gruesa colcha, con tu cuerpo bañado por la doble luz del fuego y de la luna y las estrellas...”
Entonces, Natalia, fuiste tú quien tomaste la iniciativa…”, le dije…
“Fue un poco cosa de las dos, aunque su cuerpo jamás me había parecido tan hermoso, quizás porque aquella noche, no te miraba solamente como una mujer, Cristina, sino como una amante... Pero antes de hacer cualquier otra cosa, recuerdo que ella se aseguró de dejarme también a mí, desnuda, tendida a su lado, convertida en una maraña de deseos, de pensamientos, de ideas... Y especialmente, con hambre de sentir, de experimentar...
Durante unos minutos, simplemente nos mirábamos, sin hacer nada, comparando, quizás, de manera inconsciente, las diferencias, y los parecidos, entre nuestros cuerpos, las huellas que había ido dejando en ellos el tiempo, la cicatriz de mi apéndice contrasta fuertemente con la de tu rodilla (ese menisco cruzado...). Incorporándote levemente, mi 85-B se queda pequeña frente a tu 100-B, y entonces fue Cristina quien, con ese brillo tan especial en los ojos, vertió un reguero de cava desde mis pechos hasta mi monte de Venus... y en cuanto empecé a sentir su lengua, sus labios, tu boca entera sobre mis pechos, y mil roces y caricias, creí enloquecer, no solamente por lo que me estabas haciendo, sino por quién eras, por todo lo que representabas para mí... Y llegaste a mi monte de Venus, y empezaste a escalarlo, lenta y concienzudamente, vertiendo ocasionalmente unas gotas de cava, que se abrían paso hacia dentro, y se mezclaba con mis orgasmos... hasta que finalmente, con una brutal erupción y un poderoso gemido que intentaste vanamente de contener entre mis labios con tus dedos, descansé unos minutos... Antes de empezar a amarla…”
“Desde luego, me dijo Natalia, fue una noche mágica, especial, dos amigas, dos viejas amigas, que descubren, juntas, que todavía les queda mucho camino por delante, muchas cosas por hacer, por sentir, por experimentar... Jamás, insisto, Jamás había gozado con ninguna otra persona como durante estas horas... Recorriendo su cuerpo, cada centímetro, con la lengua, con los labios, bebiendo en su copa el cava, hasta que se terminó... y con la precaución de no manchar mucho, derramé sobre Cristina un chorro de chocolate tibio, desde su mano derecha hasta su pie izquierdo... y mi lengua, juguetona, no dejó nada... Y repetí....
Fueron varias horas, de juegos, de caricias, de explorar con todo el cuerpo y con toda el alma, el cuerpo y el alma de otra mujer, entre besos de mariposa, y besos largos, profundos, febriles, ansiosos... y algún que otro chupetón difícil de justificar, me temo...”
Fue aquella noche cuando ambas descubrieron sus sentimientos, la pasión que habitaba en ellas… Y a pesar del tiempo transcurrido, ellas me miran con aire divertido… Y mirándose de nuevo a los ojos, se dan un tierno, y larguísimo beso… Ahora, llevan varios años casadas, han tenido un hijo por inseminación artificial, y creo que son una de las parejas más estables que he conocido nunca…
    Y yo preferí dejarlas solas, en su despacho… porque mi presencia empezaba a estar de más… Y mi curiosidad había sido satisfecha…
                        

miércoles, 20 de junio de 2012

78: Una más en la familia…

Y los meses fueron pasando, sin demasiadas sorpresas, quitando las actualizaciones periódicas de las consignas provenientes de Hiroshima, y los nuevos combates de kendo, que fueron ganando en espectacularidad con las nuevas técnicas que aprendí en Japón... Se produjeron nuevas apuestas, con los beneficios invertidos en diversas ONG´s. No hubo más viajes al extranjero en el año 2003, incluso los nacionales se fueron convirtiendo más en una excepción que en una norma… Porque en cada una de las delegaciones, se había creado un equipo autosuficiente, aglutinando los departamentos de Comunicación, Relaciones públicas, Marketing y Recursos Humanos, que operaban siguiendo las consignas de la Central de la Corporación, pero reportando semanalmente ante Kenji Watanabe y ante mí, pues nos encargábamos de aglutinar los esfuerzos y supervisar las tácticas empleadas, al mismo tiempo que valorábamos la eficacia en el desempeño. En la práctica, esto suponía que coordinábamos los esfuerzos de todos los hoteles de la cadena en España, y la Central estaba satisfecha con los resultados.
            Por supuesto, había gratificaciones, y bastante generosas, en función de los objetivos cumplidos… y sanciones, para quienes no estaban a la altura, aunque no nos llevamos demasiadas decepciones…
            Sin darnos cuenta, llegó la Feria, y aquél trece de agosto, lo disfrutamos mucho más que los anteriores, porque tras la separación, incluso la más pequeña de las casetas nos parecía un mundo… y también fue la primera vez que Luis se quedaba con nosotros en las atracciones, y empezaba a bailar sevillanas y bulerías con los “mayores”, aunque solo tenía cuatro años y pocos días… Él no podía saber que todo el mundo estaba pendiente de él, para llevarle a casa de los abuelos en cuanto tuviera sueño… pero un poco más y era él quien nos llevó a todos a casa… vestido de bailaor, y con sus zapatos acharolados… además de haberse convertido en un triunfador con una de las “bailaoras” más atractivas de toda la caseta, porque se escondió detrás del vuelo del vestido, se agarró a una de sus piernas, y repitió mi famosa frase, “¡Qué piernotas!”… generando la previsible ola de carcajadas…
            Al igual que en el otro embarazo, Yolanda no tuvo apenas molestias, y repitió antojo: las fresas con zumo de naranja, y el helado de dulce de leche… Aunque durante un par de días, solo le apetecía comer madalenas con boquerones en vinagre… pero solo fueron eso, un par de días… aunque debo reconocer que la mezcla no era mala…
            El 2 de noviembre de 2003, empezó a tener las contracciones… La llevé al Hospital en nuestro pequeño “Smart”, y terminamos todos los papeles del ingreso sin problemas, a las dos y media de la tarde… No hizo falta acelerar los trámites ni modificar el ritmo habitual impuesto por la madre naturaleza… Ni tampoco hubo en esta ocasión una presencia fantasmal… La noche entera, la pasé a su lado, cogiendo su mano, acompañándola incluso en sus jadeos (de algo tenían que servirme los dos libros sobre el parto, y las clases a las que asistimos de preparación al parto desde mi regreso de Japón), y bajo la atenta mirada de la enfermera para comprobar el goteo de los sueros…
            A las cuatro y media de la madrugada, nos bajaron al quirófano, y dos horas más tarde, nacía Claudia… por supuesto, en esta ocasión, me puse en la zona buena. Es decir, mirando solo a Yolanda, para hundirme en sus profundos ojos con cada contracción… y prestándole mi mano izquierda, por si necesitaba un punto de apoyo durante las últimas contracciones… y todo parece indicar que realmente lo necesitaba, porque me la dejó hecha un guiñapo… Ni siquiera fue necesaria la episiotomía (una cosa menos de la que ocuparme), y tampoco la palmadita en la espalda de la recién nacida: Claudia siempre ha tenido buenos pulmones y ganas de vivir… La lavaron, midieron, pesaron, y luego la pusieron sobre el pecho de Yolanda… y allí estaba yo, haciendo las primeras fotos a las dos mujeres más importantes de mi vida (con perdón de mi madre y de mi hermana, se entiende…) Tampoco necesitó un manual de instrucciones: enseguida se puso a mamar… Tuvieron que separarlas unos minutos, mientras lavaban a Yolanda y le cambiaban el camisón en la zona de pos-operatorio, y luego las subieron a las dos a la habitación…
            En ese preciso momento, noté el efecto del cansancio, de la tensión acumulada… cuando Borja y David, acompañando a Julián y Catalina, entraron en la habitación… mientras que yo tenía en el regazo a Claudia… y le limpiaba un poquito la cara de sus primeras lágrimas… porque la habían separado momentáneamente de su madre…
            ¿Y por qué Claudia, en vez de otro nombre? ¿Por qué precisamente ponerle el nombre de un antiguo amor? Muy sencillo: porque sin ella jamás nos habríamos conocido… y porque, en lo más profundo de mi corazón, la seguía queriendo, por haberme otorgado los mejores recuerdos de mi adolescencia…
            Yolanda, Luis, Claudia… con ellas se cerraba el ciclo de la vida…
            Los primeros días de convivencia con esta versión en miniatura de Yolanda fueron una repetición de mis experiencias con Luis, aunque esta vez ya estaba más preparado psicológicamente, y no me mareaba tanto al cambiar los pañales, ni cuando me vomitaba encima por un atracón de leche materna… Yolanda, esta vez, también se despertaba con los ocasionales sollozos de la pequeña Claudia, y de esa manera yo podía dormir un poco más tranquilo… por lo que rendía más en el trabajo… Y una vez pasados los seis primeros meses de vida de mi hija, decidí someterme a una pequeña intervención quirúrgica, cortándome la coleta de modo figurado, porque mi pequeño mundo ya estaba completo…
            Cuando Claudia tenía un año de edad, decidimos adoptar dos galgos en una protectora, cediendo a los ruegos y veladas amenazas de Luis… aunque antes que nada, los hicimos esterilizar… Athos es completamente negro, menos una estrella blanca en la frente, y una especie de calcetín del mismo color en la pata delantera izquierda… y Portos es de color canela, con manchas blancas en el lomo… Los dos tenían seis meses, y en junio de 2005 celebramos su primer cumpleaños con nosotros…

domingo, 13 de mayo de 2012

5. El año mágico.

Erase una vez... un niño triste... que veía pasar la vida sin demasiado aliciente... Era un niño pequeño para su edad, super tímido, y cuyo mayor refugio, al menos en la escuela/instituto, era la Biblioteca... ¡La de horas que pasé allí, adentrándose en los mundos de tinta! Porque el universo, en general, era demasiado grande para mí... Y también, las cosas que no entendía: los clanes en las aulas, las bandas en el patio, un complejo sistema de castas...

Quizás sea éste el mejor momento para hablaros de mi familia… Mi mayor apoyo, como no pudo ser de otra manera, era mi abuelo, Luis Rodríguez Fernández, y con él se relacionan muchos de los mejores recuerdos de toda mi infancia y adolescencia... desde el sonido de su corazón y de sus pasos, al recorrer conmigo el largo pasillo de madera de nuestra casa, hasta las últimas palabras que le escuché pronunciar, muchos años más tarde, cuando acariciaba el vientre de Yolanda: dijo, muy bajito y despidiéndose, “mi bisnieto”…

Con mi madre, Carmen Rodríguez Pulido no hablaba demasiado, tal vez porque nos veíamos poco, o que no tenía tanta confianza en ella, cosas que pasan... Eso sí, en ella recaían casi todas las tareas de intendencia de la casa, desde contratar una niñera o asistenta, hasta escoger el tipo de ropa, la comida, mil cosas que hace una mujer… pero con el añadido de su trabajo fuera de casa, en una importante compañía aérea…

Con mi padre, Roberto Márquez García, investigador y colaborador en diversos laboratorios en la lucha contra el cáncer, yo me mostraba distante… quizás por el típico enfrentamiento entre “machos alfa”, que no hizo más que derivar en la casi total separación…

Ahora, tantos años después de su muerte, creo que nunca tuvo nada que hacer para ganarse mi afecto, puesto que yo estaba fascinado, hechizado por mi abuelo… y tampoco permití a mi padre acercarse a mi lado…

Ese miedo a amar, a sentir, que solo ha conseguido arrancarme del cuerpo mi Yolanda…

Mi hermana, María Rodríguez Márquez, es dos años menor que yo, ha conseguido uno de sus sueños, al convertirse en una experta arqueóloga, especializada en los yacimientos egipcios del Imperio Medio… Cuando presentó y defendió su tesis (con gran éxito por cierto, y más como broma que por sentido práctico, le regalé un sombrero como el de Indiana Jones y un látigo de cuero)… años después, lo usa a la perfección… y que en una de sus excavaciones encontraría su mayor amor entre los vivos: Alfonso Coronel Blanco… Pero su primer amor siempre fue inalcanzable: el gran Seti 1º, representado en sus años de juventud…

Pero volvamos al año 1983: mi hermana me acompañaba casi siempre, dentro y fuera del colegio… sobre todo en los recreos, que no eran fáciles para ninguno de los dos…

Te adaptas a algunas cosas, incluso puedes considerarlas como algo más o menos normal: alguna persecución a toda velocidad, escapando de los malotes de la clase, alguna colleja o bombardeo de tizas, o que me escogieran siempre el último para un deporte concreto.          Pero yo no tuve un dragón mágico que me defendiera de los ogros que acechaban en las taquillas, ni tampoco me llamaba “Bastián Baltasar Bux” (ahora sí tengo uno, tatuado en la espalda)... Por encima de todo, me sentía inmensamente solo, contra el mundo, y contra todo... hasta contra mí mismo, porque siempre llega un momento en el cual acabas aceptando tu situación… Como amigos verdaderos, recuerdo muy pocos… casi siempre tuve aquellos que podían sacar algo de mí (capacidad de trabajo, concentración, detallista, y saber escuchar)... y pertenecí al club de los “Gafa-pastas” y malos deportistas…

En mis correrías por el centro terminé conociendo algunos de los lugares más tenebrosos, el escondite de ciertas llaves, extraños olores emanando del suelo, y más de una vez me refugiaba en el corazón de la bestia: el lúgubre y pesadísimo plinto del gimnasio, que me hacía sentir seguro, incluso a pesar de la retumbante sala de calderas demasiado cerca... Y los días pasaban, con algo de suerte, sin dejar huella. Pequeño, pacifista, con gafas y muy listo, además de muy solitario…

El único aliciente eran las vacaciones, aunque tras la deserción de Laura, les tuve siempre algo de miedo… Un puñadito de sueños y, siempre y por encima de todo, la esperanza, la certeza, de encontrarla a ella... Siempre he sido un romántico empedernido, capaz de enamorarse de una imagen, de un sueño, de una colonia, de un verso (en eso no he cambiado mucho… pero me han domesticado)...

Mas todo aquello, mi mundo entero, cambió el año mágico... 1983... Es decir, unos meses después de 1982... Y unos meses antes de 1984... Más o menos, cuando los Dinosaurios todavía caminaban por la superficie de la Tierra... o en todo caso, cerca del Diluvio Universal... Y fueron tantos los cambios en mi vida, que no me lo podía creer, al recordarlos, ni siquiera cuando empecé a escribir este “Diario”...

Fue el año de "Karate Kid", película interpretada por Pat Norita y Ralph Macchio, que ha servido de inspiración a tantas otras… Pero yo salí del cine aquella tarde de octubre, repitiendo como un mantra las frases que mejor definían la filosofía de la película: “dar cera, pulir cera”, y el famosísimo “pintar cerca arriba, hai pintar cerca abajo hai”… Y yo tenía ganas de aprender algo nuevo, de formar parte de un grupo, en alguna actividad que le hiciera sentirme bien, y más seguro... Mientras veía la película, me puse a pensar... "¿Y si me pongo a estudiar Karate en un gimnasio?"

Dicho y hecho, me apunté a un "dojo" bastante pequeño llamado “Zaiban”, donde enseñaban Judo y Jiu Jitsu, muy cerca de casa,  y dirigido por Rafael López Amores, y cuna de campeones de judo nacionales e internacionales (y varios olímpicos)  en los años 80 y 90... Allí, poco a poco, y durante cinco años, fui aprendiendo (y olvidando) técnicas de artes marciales, que me permitieron, sobre todo, sentirse más seguro, y no tener tanto miedo... y librarme de un atraco con navaja en el cuello en 1987… aunque ayudó mucho que yo no tenía miedo, y que el también era primerizo…  Nunca he sido un buen “judoka”, pero tenía mucha paciencia aprendiendo, y también enseñando… por lo que muchas veces terminaba haciendo de “sparring” para otros chicos más jóvenes y mucho más preparados… A los dieciocho, coincidiendo con el final del instituto, me puse por última vez el kimono, saludé por última vez al “sensei”, miré por última vez el lugar del cambio. Y plegué el kimono en mi bolsa…todavía lo conservo en un baúl, con otros uniformes más recientes…

Me puse lentillas desde el primer momento, sobre todo por las posibles caídas; cambié un poco la mirada, lo justo; y empecé a perderle el miedo al mundo, sobre todo en el segundo año…Y eso se fue notando, porque yo estaba más seguro de mí mismo, podía esquivar con más facilidad los golpes ocasionales, al margen de coincidir con el típico “estirón” de la adolescencia…
No te tratan igual, si en un verano creces cinco centímetros de golpe, y otro tanto durante el curso, además de que el ejercicio se iba notando en mi cuerpo, los entrenamientos en el “dojo” demostraban su efectividad, igual que algunos paseos por el Retiro, los domingos por la mañana (nunca he sido partidario de correr, si un buen león persiguiéndote… aunque sea un “animatronic”)… Pues entre los trece y los catorce cambié, como solo puede hacerlo un adolescente que necesita hacerlo, para seguir viviendo y encontrar algo de paz… y de amor…

Cuando un cordero se harta de ser devorado, y prefiere convertirse en lobo... los otros lobos descubren de repente que pueden ir tras víctimas más indefensas… Y en aquellos tiempos también comenzaron los primeros conflictos raciales en el centro, la llegada de más estudiantes de color… y las peleas a puñetazos durante los recreos…

El segundo gran cambio de mi vida, lo encontré en el aula, en un banco del instituto, el “Lycée Le Petit Nicolas”)... Una hermosa chica de negra melena y ojos turquesa había repetido curso, y se sentía igual de sola que yo... Quizás era algo que estaba escrito, que teníamos que descubrir que ya no estábamos solos contra el mundo... Fue una amistad fronteriza, en muchas ocasiones muy cerca del amor (demasiado)... al menos para mí... Claudia Galán García… Su nombre todavía me provoca escalofríos, cada vez que nos vemos… y la sigo llevando grabada en mi piel… igual que a Esther y a Yolanda… Una progresión necesaria hacia el amor… (aunque suene algo raro, así fue…)

No creo que ella tuviera que hacer frente a los mismos problemas que yo, si bien era algo perezosa para estudiar … Y solo por el hecho de estar juntos unas horas dentro y fuera del instituto, el mundo era un lugar más agradable para ambos... Atrás han quedado cientos de horas de charla, porque fueron cinco años los que pasamos juntos, muchísimas pellas en clase de latín, para ir al cine en “La Vaguada”, de miradas en medio del aula, diciéndonos mutuamente "¿Nos vemos luego, aprovechando el pase?", muchas citas para comer juntos (y alguna para cenar)… Algunos compañeros de clase pensaron que estábamos "liados"… Pero siempre fuimos “solamente amigos”…

Han pasado ya más de veintisiete años desde aquél encuentro, y todavía sonrío al pensar en ella, en la negra cabellera de Claudia, en lo especial que sigo sintiéndome con una sola de sus miradas acariciantes de sus ojos turquesa, que se volvían de color violeta cuando se enfadaba... También me sigo preguntando por el sabor de sus labios, cuando quedamos para comer... o para dar una vuelta... por Málaga o por Madrid…

El tercer cambio fue a la vez un lugar, y una persona... Fue la primera vez que mi hermana y yo hicimos una acampada larga, y la segunda vez que salía de la tutela familiar… La víspera, la alfombra del hall parecía un puesto del Rastro madrileño, donde todo estaba perfectamente empaquetado y listo para la aventura: desde los calcetines, hasta las mudas, pasando por los platos de aluminio, los cubiertos sin punta ni mucho filo, las tazas de aluminio, y por supuesto, los sacos de dormir y las esterillas, mil repelentes contra mosquitos, pasta y cepillos de dientes de recambio, todo un botiquín… Con tanta ropa que llevábamos, las mochilas eran casi más pesadas que nosotros… Salimos de la Estación de Atocha, con un tren correo nocturno (a todos nos costó bastante dormir, y mi hermana y yo comprobamos demasiado tarde que las almohadas de las literas no eran tan blandas como yo creía), y llegamos a nuestro destino a primera hora… Nos llevaron en autobús hasta el pueblo, y el albergue…

El instituto organizó la estancia de los chavales en un pequeño pueblo de Cantabria, llamado Bárcena Mayor... Era, y seguía siendo la última vez que estuve allí, una hermosa mezcla de casas con anchos muros de piedra, puertas de madera sin desbastar, tejados de pizarra, campos, un río, y personas con la cara marcada por el tiempo... Había una tienda, que estaba en la plaza, donde teníamos una cabina telefónica, y en ella nos aprovisionábamos de todas aquellas cosas, tan necesarias, para un niño: chuches, chuches... y más chuches... aunque algunos intentaban comprar cigarrillos... Era un lugar mágico, que vivía y sigue viviendo fuera del tiempo...

Las actividades eran muchísimas: dibujo, talleres de lectura, de cuenta cuentos, algo de música, y entre los monitores había personajes fascinantes, como un gaitero y sus historias, o un cocinero que inventaba platos increíbles (como los famosos huevos duros con arroz blanco y tomate triturado, que todavía recuerdo), dibujos, aulas de la naturaleza, un par de malabaristas… y un cuentacuentos, trovadores... Lo especial fue también la gente: aunque muchos de ellos pertenecían al “Lycée Le Petit Nicolas” (Claudia no pudo venir, por ser un año mayor), nos juntamos con niños de otros colegios… Se produjo alguna pelea sin importancia la primera tarde, por los lugares donde dormir, surgieron varios romances... y se partieron algunos corazones… pero sin consecuencias… El ambiente era más propenso a la magia y al recuerdo que a cualquier otra cosa…

 Recuerdo tres chicas, que tendrían unos catorce años, a quienes llamábamos “las tres gracias”… aunque viendo ahora de nuevo sus fotos, eran sus miradas lo que las volvían en especiales… parecían no estar muy conformes con su propio universo… algo rebeldes… Casi siempre, es una enfermedad pasajera a la que se llama adolescencia…

Fueron unos días increíbles, llenos sueños y de sensaciones nuevas, pero lo que recuerdo mejor, es la marcha que realizamos durante dos jornadas desde Bárcena Mayor, durmiendo en una ermita abandonada en medio de los campos, y culminando en Cabezón de la Sal, donde nos esperaban dos autobuses de los “Boy Scout” con los que intercambiamos cromos, pegatinas y tabletas de chocolate, y nos dejaron de nuevo en la base… al grito de “!Urbanitas!” (quizás ahora los habríamos llamado “Gormitis”)

Aquella madrugada, en mitad de los campos, no pude dormir: me quedé velando el sueño de los compañeros... bueno, sobre todo de una compañera... a la luz de las llamas de la chimenea... una vez más, tuve ganas de robarle un beso… pero me conformé con rozar su mejilla…

El amanecer, desayunar en marcha con las “raciones de supervivencia”: un tubo de leche condensada, galletas “María”, media tableta de chocolate, y la cantimplora de agua fresca, recién cogida del pilón... La sensación de libertad, de vivir al margen del tiempo... Quizás entonces comprendí que tenía derecho a ser libre… a aprovecharme de los cambios que se habían realizado en mí… y que el cordero se pondría de una vez una piel de lobo apolillada…

El cuarto cambio y sin duda el más importante, fue promovido por una persona fuera de serie: Enrique Salvador Martín (Quique para los amigos), el director del campamento, además de monitor, cuenta-cuentos, y sobre todo, persona cercana y entrañable, que por primera vez al margen de mi abuelo, me hacía sentir bien... Era la primera vez que alguien me trataba como a un niño, con derechos (a soñar, a no tener miedo, a encontrar la felicidad), con libertades… Él me animó a escribir, a perseguir los sueños, a no rendirme... a confiar en mí mismo... Y por encima de todo, me demostró que no estaba solo... que tenía alguien a medio camino entre el padre y el confidente... que siempre estaría a mi lado… aunque fuera en la distancia…

Durante muchos años nos hemos estado escribiendo, cartas que todavía conservo... Una decena de años después, regresé a Bárcena Mayor, repitiendo la misma marcha, en solitario, acampando en la misma ermita desierta (pero bloqueando la puerta desde dentro con un cuchillo de monte)... con un mapa del ejército, una brújula militar, una linterna espantosamente mala, y un gran cargamento de sueños... El silencio, en medio del bosque, el ruido de las hojas que crujían bajo mis pies, el arroyo de aguas cristalinas que dejé a mi derecha en la bajada por el canchal… En todo el camino, me crucé con un rebaño de vacas, algunas ranas, y unos cuantos excursionistas…

 La escena más surrealista fue en la tarde del primer día, cuando me tumbé en medio de un prado, con la cabeza apoyada en la mochila, y con los ojos cerrados… Al cabo de un rato, noté que una sombra pasaba sobre mi cabeza… Abrí los ojos, y pude ver un maravilloso buitre, trazando círculos sobre mí… a poco más de cien metros de altura… Por si acaso, me levanté despacio, que no quería ser la merienda de nadie, y tampoco estaba (tan) cansado… 

En Santander, a la ida, dormí en casa de mi amigo... y en Bárcena Mayor, de milagro, encontré alojamiento en un viejo molino rehabilitado... El Albergue hace muchos años que había cambiado de manos, el pueblo estaba más hermoso y más cuidado que nunca… pero a cada revuelta de la esquina, yo esperaba encontrarme al gaitero de mi infancia, perseguido por una nube de niños…

 Y me extrañaba no divisar en el balcón que daba a la plaza aquellos estandartes rojos, amarillos y azules, el primero solo podía simbolizar el valor… Todavía conservo la medalla de madera, que mi hermana María encontró hace algunos años mientras hacía limpieza, en la que pone “Primer grupo Castores. Año 1983”…

Cuatro cambios, que modificaron mi vida, aunque el cambio físico que comenzó aquél año no se completó hasta 1985... y que hicieron de 1983 al año mágico... Más tarde, hubo años peores, y otros mejores; épocas de intenso dolor y sufrimiento; temporadas de pura felicidad... Es decir, una vida como todas las demás, con sus grises y blancos... y con presencias y ausencias de amor...

            Años después, volví a Santander, con Yolanda, y quedamos de nuevo con Quique, compartimos una ración de “rabas” en “El Gelín”, y luego fuimos a comer a un restaurante de pescadores… que estaba en las afueras… Me hubiera gustado pasar más tiempo juntos, pero el viaje desde Málaga a Oviedo, para conocer la ciudad de mi padre… Un par de días antes, descansamos en un camping cerca del pueblo de Vidiago…
Allí se encuentra la cala de cantos rodados, y las enormes rocas donde nos gustaba sentarnos a ver el mar… y la vertiginosa terraza exterior, donde tantas veces he desayunado, mientras que Yolanda dormía en la tienda de campaña, con los niños; aunque otras muchas veces hemos desayunado los cuatro…
Al principio, ni Borja ni David, que nos acompañaron con sus novias en nuestro primer viaje, eran capaces de entender por qué era un lugar tan especial para nosotros, pero después de pasear por el camino de ronda en los acantilados; de escuchar el nacimiento del día en mitad de la niebla; o de compartir la primera tormenta en las tiendas de campaña, no volvieron a preguntarlo…
Aquél lugar de Asturias, en la tierra de mi padre, simboliza para mí la aventura y la libertad… El mar se asomaba para mirarnos, desafiante, desde la parte inferior de los acantilados, y las noches de galerna, muchas tiendas fueron arrancadas de las laderas… y en ningún otro sitio he escuchado de aquella manera el mar…
Por supuesto, hay recuerdos mejorables, como los doscientos metros lisos y cuesta arriba, ya con mejores linternas, para llegar al cuarto de baño… o las entrañables duchas matutinas, cuando no arrancaba el generador…
Mil pequeñas cosas de la convivencia entre perfectos desconocidos… El recuerdo de aquella chica que se había lastimado un tobillo en la Ruta del Cares, y el cariño de Yolanda con ella, al curarla… El insuperable café mañanero, desde lo alto del acantilado, mirando el mar a cincuenta o cien metros por debajo… con aquella tosta de “pan tumaca”, y los impresionantes “sobaos pasiegos” que hacían en una tahona de Llanes…
Me gustaría poder deciros que Quique vino a nuestra boda… pero no pudo ser, más por falta de tiempo que por cualquier otra cosa… aunque le mandé unas copias de las fotos… y hemos seguido escribiéndonos… Que no en vano yo tengo ahora la edad que va marcando el calendario, y que es más o menos la misma que él tenía cuando nos conocimos… El tiempo no pasa en vano… pero esa es otra historia…

viernes, 13 de mayo de 2011

48; Cosas de niños

Los niños tendrían que venir equipados con un manual de instrucciones, de unas mil páginas por año, para ayudar a los padres primerizos a comprender sus necesidades… o bien, en su defecto, conseguir un sistema que interpretase los distintos berridos de los niños, y los convirtiera en un lenguaje comprensible hasta para el más negado de los padres… es decir, yo mismo…



Y voluntad no me faltaba, nunca me ha faltado… pero lo que siempre me han sobrado han sido… escrúpulos… y olfato… Algunos colegas del hotel hablan, emocionados, de si la “caquita de mi hijo huele a fresa”, o bien “he conseguido, con una dieta, que cague uro y en bolitas, como las ovejas”, y el más optimista de todos nos enseñaba una foto (trucada) de su bebé usando el orinal a los dos meses… Es falso, me da igual cómo lo digan: si una cosa es marrón (o verde), pringosa, olorosa, amarillenta, huele a mierda y sabe a mierda, no hace falta probarla, para afirmar, categóricamente, que se trata de mierda…



Lo ideal sería que los bebés vinieran provistos de un cómodo tapón auto limpiable, de cómoda e indolora inserción anal, y que se lo quitases cada cinco o seis horas, para que cagase a presión en el WC todo lo necesario, y luego le limpias, y se lo pones otra vez… Es cierto, igual el crío lo pasa un poco mal… pero a la larga, lo agradecerá… Pero, como de momento no existe semejante artilugio, y Yolanda ha insistido mucho en ello (amenazándome con prolongar la cua-rentena un mes más… o dos…), con el equipo mínimo de guantes de látex, bolsa anti-mareo, tapones para las fosas nasales y por supuesto, sin gafas, efectúo las labores de limpieza, recogida de restos, lavado y secado…



Pero si ya es bastante molesto cuando el angelito se caga casa, no te digo nada si lo hace en un autobús (que usamos bastante al vivir en Benalmádena y trabajar los dos en Málaga), o en el coche, donde no hay manera de conseguir que el olor se vaya… Y sientes la humillación pública, la gente parece estar señalándote con el dedo, y tú mismo tienes arcadas, preguntándote. “¿Qué coño ha comido el puto niño?”, aunque sabes muy bien la respuesta: leche…



Lo peor de todo es la primera vez que tienes que entrar tú al cuarto de baño de caballeros, para limpiar al mico, porque algún alma caricativa y no muy inteligente ha decidido poner allí el cambiador… Primero, te miran raro… pero en cuanto empiezas la faena, unos se ponen verdes, otros azules, y más de uno se va corriendo, con los pantalones a medio abrochar… Será una cuestión de genética, o de escrúpulos…



Y, por supuesto, llevas una doble vida: durante tu horario laboral, y salvo que hayáis estipulado lo contrario, tienes que ir de traje y corbata, porque un dircom tiene que estar presentable, igual que el director de marketing, o el de recursos humanos. Es el triunvirato, que responde solo ante el director general y los representantes de la cadena nacionales y extranjeros. Los viernes es el “casual day”, y cambias el traje por vaqueros y camisa o camiseta, pero de todas formas, incluso en lo “casual” se nota la diferencia: los vaqueros, impecablemente planchados, los polos dentro de una gama de colores corporativos, entre el azul pitufo (¡el mismo que en la habitación!) y el azul cielo, con leves tonos de malva…



Al final, le había cogido muchísimo cariño a la “Harley”, y salvo que lloviera, no quería saber nada ni del coche, ni del transporte público… Los días de invierno, me aprovechaba de tener un buen armario en el despacho, y una taquilla en el gimnasio del hotel, ubicado en el sótano… Así, muchas veces, tras toda una noche insomne por culpa de Luis, nada mejor que una ducha y un cambio de ropa para sentirme ligeramente humano…



Y, por supuesto, también cabe la posibilidad de guardar el traje en las alforjas, pero a veces se arrugan… Lo dicho, disfruto muchísimo yendo en moto, pero admito que el coche es más práctico si saco de paseo al peque y a Yolanda…



Ella se encuentra bien, es tan dura como su madre y como la mía, y “para no aburrirse” se apuntó a varios cursos sobre “Terapia Zen para adolescentes con problemas”, “Técnicas de relajación en el ámbito escolar” y “Diagnóstico precoz de los malos tratos”… Me parece que desea un cambio en su vida, que la consultoría de empresa ya no la satisface como antes, y que se quiere dedicar a un nuevo campo… La otra noche hablamos muy por encima del tema después de hacer el amor: ella sabe que cuenta con todo mi apoyo, como siempre, aunque le aconsejo no lanzarse de lleno, porque tenemos demasiadas cosas en el aire… “¿En el aire, o listo para el lanzamiento, una vez más?”



Aquella fue una de las ocasiones en que dejamos llorar a Luis… hasta que al final, se durmió… pues había pasado muy poco tiempo desde que salimos de la cuarentena…

miércoles, 4 de mayo de 2011

41. AQUÉL DÍA DE MARZO...

Amanece, como todos los días, pero con muchas menos horas de sueño de lo recomendable, y ni siquiera la ducha de agua helada consigue despejar las brumas del agotamiento... Como todas las mañanas, me pongo el traje, la chupa de la moto, agarro la mochila y me voy al trabajo... Estoy un poco nervioso, porque será una de las primeras mañanas en las que Yolanda se queda sola en casa, aunque ha prometido "portarse bien" y no hacer grandes esfuerzos... Tiene todos los teléfonos de urgencia memorizados en el móvil, y me comentado que piensa quedarse toda la mañana en el sillón de orejas, con los pies sobre el "puf", y leyendo el segundo volumen de "La Torre Oscura", que de momento no le está gustando mucho... Allí la dejo, por supuesto, con un gran besos...

Llego al parking del hotel a las nueve en punto de la mañana, y subo a la recepción. Allí me encuentro con Nerea, la becaria, en un evidente estado de nerviosismo, me dice: "Elías, el señor Ramírez Arellano le está esperando en el la salita de reuniones de la primera planta". Al principio, no recuerdo su vinculación conmigo... pero luego, caigo en la cuenta: es el "head-hunter" de la empresa, que me estaba entrevistando el nueve de marzo, cuando Yolanda tuvo el desprendimiento parcial de la placenta, tuve que abandonar la reunión sin fijar una nueva cita. Además, con los tres días por intervención de un familiar, tampoco se me ocurrió llamarle para fijar una nueva cita... Y ahora, que estuviera esperándome minutos antes de mi jornada laboral en la salita no era la mejor de las señales...

Prudente, llamé a la puerta, y una voz conocida, la del señor Gómez Losa, el Director Ejecutivo, me respondió: "Adelante, señor Rodríguez, tome asiento, le estábamos esperando..." Durante los tres años que llevaba trabajando en la Recepción, solo había intercambiado algunas palabras con este caballero, muchas de ellas en el ascensor, y desde luego, no en un marco tan formal como éste. Ellos se sentaron de nuevo alrededor de la mesa redonda, y yo ocupé el tercero. Había una cafetera, una jarrita de leche, algunas pastas, el azucarero, tres cucharillas y tres servilletas, además de las imprescindibles botellas de agua. Resultaba muy posible que la reunión fuera confidencial, y que en ella se tratasen temas importantes para mi futuro en la empresa... Lo reconozco, siempre he sido bastante pesimista, y al verlos allí, empecé a preocuparme...

Sin embargo, al cabo de diez minutos, comprendí que estaba equivocado: por lo visto, habían estado siguiendo mi trayectoria en el hotel, las relaciones con los proveedores, la experiencia en la organización de eventos y los cursos de formación complementaria que estuve haciendo dentro y fuera de la empresa, es decir las típicas cosas que un ratón de biblioteca disfruta haciendo cuando libra... y todos estos datos les habían predispuesto favorablemente para considerar mi candidatura para un nuevo puesto en el hotel. "Pero fue su reacción del día nueve, cuando lo dejó todo, absolutamente todo, tirado para acudir al lado de su mujer, y no separarse de ella mientras duró el internamiento, lo que nos confirmó lo correcto de nuestra decisión", comentó el señor Gómez Losa.

"Para este puesto de nueva creación, el Director de Comunicación, no bastaba solamente con tener experiencia en el trato con el público y demás entes oficiales, también era necesario saber priorizar, distinguir lo accesorio de lo importante... Y en su caso, la situación de su mujer era básica: aquél fue el factor decisivo. Le ruego que le presente mis respetos a su esposa, Yolanda. Dispone usted del resto de la semana, para ir familiarizándose con los demás departamentos, contactar con los directores, y efectuar un tanteo con los medios. Una vez más, felicidades por su ascenso."

El resto de la semana, incluyendo el sábado (afortunadamente, no teníamos bodas previstas aquella quincena), lo dediqué a repasar mis temarios del Magister Universitario en Comunicación Corporativa y poner en marcha los primeros mecanismos que, para el sexto día del mes de abril, deberían permitirme tener una idea lo bastante cercana sobre la situación del Hotel, sus relaciones con la competencia, las estrategias implementadas por ellos... y, por supuesto, las estrategias pasadas y presentes en relación con los medios... y con las instituciones...

Aquella noche, y por primera vez desde el susto, Yolanda y yo nos fuimos a cenar a nuestra Pizzería favorita, a la que pudimos llegar caminando... La cena fue perfecta, aunque cambiamos el "Lambrusco frizzante" por agua mineral... La pizza "monte e mare" y la ensalada de tomate, mozzarela y anchoas eran perfectas... Mis aspiraciones profesionales se estaban cumpliendo lentamente... Y lo más importante, mi amada Yolanda estaba a mi lado... La brisa nocturna hacía titilar la luz de las velas, sus ojos brillaban con fuerza... generando una magia tan antigua y tan poderosa, que el resto del mundo desaparecía... Cogí sus manos, y las besé, sintiéndome, por primera vez en muchos días, completo...

Me gustaría poder decirte que aquella noche nos amamos, en la habitación azul pitufo... pero no fue así... Nos quedamos dormidos, piel contra piel, alma con alma...

lunes, 2 de mayo de 2011

38. VOLVIENDO A LA VIDA.

Hasta aquella madrugada, cuando Yolanda me habló mientras yo seguía arrodillado a sus pies, pidiendo a un diosecillo mayor o menor, incluso a los antiguos cultos de la Madre Tierra, que por favor no me la arrebatase, porque sin ella nada, ni mi vida, ni el mundo, tenía sentido; en esos momentos, en los que nada se encuentra en su sitio; y cuando habría vendido mi alma al diablo (suponiendo que tuviera algún valor para alguien, y que yo creyera en esas cosas)... Escuchar de nuevo la voz de Yolanda, aquellas dos palabras, "Levántate, amor", me hicieron reaccionar... Era casi un milagro, verla de nuevo, poder hundirme en sus inmensos ojos, para encontrar en ellos la fuerza... Todavía llorando (seguro que fue una mujer quien escribió que "los hombres duros no lloran", y nosotros hemos sido tan imbéciles como para seguir defendiendo aquella teoría, garabateada quién sabe en qué ciudad en cualquier momento de la historia), cogí su mano, con miedo, por la cantidad de tubos, cables, sensores y monitores a los que estaba conectada...

Y la besé... no pude evitarlo... porque entonces y solo entonces, recuperé la esperanza...

Nos pasamos la noche en vela, hablando a ratitos, de todos aquellos temas para los que jamás habíamos tenido tiempo, desde el nombre de nuestro hijo (se llamaría Luis, por mi abuelo), hasta las actividades extra-escolares en las que participaría (mi sugerencia de la esgrima no fue aceptada... pero sí la del Judo), o si tendría un perro o un gato como mascota (en eso nos equivocamos: la primera que tuvo fue una culebra de agua... y la capturó él solito, a los diez años)... Pero también reflexionamos sobre nuestra vida, a corto y medio plazo: después de un problema como éste, no era prudente, según el doctor Pedraza, que Yolanda estuviera subiendo y bajando escaleras durante una temporada, incluso lo más adecuado sería que mantuviera reposo durante un mes, prácticamente sin salir de casa... Esto descartaba, al menos de momento, el regresar a nuestro pisito... pero aquél era un tema que ya habíamos tratado Catalina y yo la tarde anterior: el vivir con ellos una temporada, siempre que a Yolanda le pareciera bien... Al principio, se asustó un poco: "¡Vivir de nuevo todos juntos, pero estando casados!¡Con el carácter que tienen mis hermanos, y lo mandona que es mi madre!¿Lo habéis pensado bien?" Sin embargo, un solo gesto bastó para que accediera: sin soltar su mano izquierda, la llevé sobre su vientre, donde ya era bastante evidente la presencia de nuestro hijo... "Vale...", me dijo, sonriendo... "pero si surgen problemas con mis hermanos, te encargas tú..."

En algún momento de aquella larguísima madrugada, me quedé dormido, sin por ello soltar la mano de Yolanda... y fueron su cara, sus labios, sus ojos, lo primero que vi al despertar... Segundos antes de que Borja me acercase una taza de café del "Starbucks"... No me atrevía a cogerla, sobre todo, porque no me fiaba mucho de él y de su peculiar sentido del humor, pero aquella vez no dijo nada raro: "Toma, hermanito, que te lo has ganado..." Que te dijera esto una persona a quien le sacabas casi diez años, pero de dos metros y pico de alto, te hace sentir, como poco, extraño... Luego comprendí su venganza: me había puesto...¡¡¡sacarina!!!

Los médicos hicieron su visita a las nueve de la mañana, y consideraron que podríamos volver a casa, en ambulancia, la mañana siguiente... Se había producido un pequeño desgarro en la pared del itero, desprendiéndose parte de la placenta, pero con la intervención realizada la víspera se habían conseguido suturar los vasos y reubicarlo todo en su sitio... A mí, todo esto me sonaba a chino, pero lo único importante era que Yolanda y nuestro futuro bebé estaban bien... Durante toda la jornada, vinieron algunas visitas, por suerte no demasiadas, aunque yo no tuve más remedio que coger un taxi, pasarme por el hotel para llevarle una fotocopia del parte de baja a mi jefe (el entrevistador del grupo se había marchado ayer por la tarde, comentando que "nos comunicaría los resultados del la valoración en su su debida forma y momento"), seguí la ruta hasta la consultoría donde trabajaba Yolanda (¡y yo me quejaba de los interrogatorios en los procedimientos de selección!), y conseguí llegar a casa, no sin antes hacer una escala en la casa de nuestra vecina, para darle las gracias, subí como pude los últimos escalones y me desplomé, agotado, sobre la cama, cuando faltaban unos minutos para las doce de la mañana... Uno de mis últimos pensamientos fue que,de haber tenido un perro, aquella mañana, tendría que haber usado el cuarto de baño...

A las cinco de la tarde, la insistente sirena del móvil me despertó de un sueño corto pero reparador... Mientras me duchaba, programé la cafetera, me puse ropa limpia y cómoda, pues todo lo que había llevado el día anterior estaba impregnado de olor a hospital, y no es uno de mis olores favoritos... También preparé una pequeña maleta, con ropa limpia para Yolanda (me dijeron que lo mejor serían un par de vestidos de entretiempo, algún abrigo ligero o gabardina, y sobre todo, un calzado cómodo... ¿Qué tendrá el aroma del café recién hecho, que resucita incluso a los muertos? Le puse dos cucharadas y media de azúcar, un tercio de leche de soja, y me senté unos minutos, para contemplar los que, durante tantos años, habían sido nuestros dominios... La cocina americana, con su barra de separación, los electrodomésticos, la vitro... Lugares con recuerdos propios... El salón - comedor - despacho compartido, con la mesa sobre borriquetaspara que puedan vernos, aunque no estemos aquí"), también, lleno de fotos y de recuerdos, entre otros las entradas del "Louvre", los billetes y la factura del restaurante en la "Tour Eiffel", un par de folletos de "los Jameos del Agua" de César Manrique... y, por supuesto, la primera foto que nos hicieron juntos, la mañana en que nos conocimos...

A las seis de la tarde, cogí un taxi para ir al hospital (la moto la había dejado en una zona de aparcamiento permitido, porque no me encontraba en condiciones de conducir aquella mañana), dispuesto a pasar una noche más, con la mujer de mis sueños, mi mejor amiga, mi compañera (y mil otras cosas más, que en aquél momento no acudían a mi mente): Yolanda... Borja, David y Catalina se habían encargado del turno de día, organizando relevos para las comidas, y preparando algunas cosas en casa de sus padres: nos habían instalado en la habitación de Yolanda, porque no tenía mucho sentido que durmiéramos separados después de casarnos, ¿verdad? Pues bien, lo más curioso es que eso fue precisamente lo que recomendaron los médicos en su visita de la tarde: "es mejor que la paciente duerma sola una semana, para evitar presuntos golpes o roces que puedan afectar a la zona de la operación..."

Por supuesto, lo que yo no podía imaginar era con quién pasaría algunas de esas noches... Pero esa es otra historia....