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lunes, 30 de mayo de 2011

61. NOCHEBUENA, NOCHEVIEJA.... Y POPÓ...

Una vez más, celebramos las fiestas de nochebuena y nochevieja en el Hotel. Fue un gran éxito de público y de afluencia, incluyendo música en vivo, dj´s, pero siempre tratando en lo posible de no molestar a los vecinos con las carpas exteriores, que se pusieron en marcha para el cotillón. También incrementamos la seguridad privada, con vigilantes de incógnito, para evitar problemas con los carteristas... Y ofrecimos la posibilidad de unas celebraciones más exclusivas en el circuito de spas, piscinas termales y masajes... terminando la velada en una de las minisuites por cada pareja... Es cierto, salía bastante caro... pero las ofertas se cubrieron casi el mismo día del anuncio...

Mi madre y mi hermana se vinieron a pasar unos días con nosotros, para olvidar un poco las dos pérdidas tan recientes... Llegaron en avión el sábado veintitrés de diciembre, y en teoría el martes dos de enero volverían a su casa...

Fue entonces, un par de días después de nochebuena, cuando les leí la carta de mi padre, delante de la chimenea... La reacción de mi madre fue de incredulidad, y mi hermana rompió a llorar. Luis, por solidaridad, también lloró... y terminamos allí, todos, sentados en el sofá del salón, con una llantina impresionante...

Luego, por supuesto, comenzó la etapa de "lo bueno que era papá", los "excelentes recuerdos que había dejado", los años de "agradable matrimonio", su "gran valía para la investigación"... Por supuesto, lo último era indiscutible, pero tuve que realizar auténticos esfuerzos de memoria y autocontrol, para encontrar aquellos tan cacareados buenos recuerdos... Sí, me vinieron a la mente el viaje a Nueva York y a Walt Disney World en 1981, cuando mi hermana y yo nos turnábamos para dormir en el suelo de la parte de atrás del coche... También era inolvidable su cara, se ponía verde cada vez que subíamos en una de las montañas rusas... Luego el viaje a París, cuando mi madre se quedó con mi abuelo en la plaza, mientras que nosotros estábamos utilizando los tejados de plomo de la torre como trampolín, y mi padre lo filmaba todo, riéndose... "Pedro y el lobo", escucharlo juntos en la sala de espera, y que nos explicase todo... El marathón de "Mad Max", que vimos en el típico cine de barrio que luego fue derribado... Pero no recuerdo abrazos, ni muchos besos, ni cuentos... y las actividades que realizábamos eran siempre las que él proponía...

Mi madre y mi hermana se retiraron a sus habitaciones, y Yolanda, con Luis en su regazo, y yo nos quedamos mirando las llamas en la chimenea... ¿Qué tendrá el fuego domesticado, que nos llama tanto la atención? Los colores, las formas, esa cacofonía de amarillos, rojos, naranjas, hacen que nos olvidemos de todo... Para mí, lo único importante era que tenía entre mis brazos a las dos personas que más amaba en este mundo...

Fueron unos días extraños, supongo que cada uno de nosotros llevaba el duelo lo mejor que sabía: mi madre se levantaba muchas veces al alba, y recorría un corto trecho hasta llegar a la playa, con su sillita plegable... Hacía bastante frío aquellos días, por eso iba bien abrigada, con su chándal, el forro polar, de vez en cuando un gorro, y en una bolsa de lona, llevaba un libro (se trajo la serie completa de "Los episodios nacionales" de Benito Pérez Galdós), y varias madejas de lana, para hacerle bufandas y ropitas a Luis. Allí se pasaba casi toda la mañana, luego, comíamos todos juntos (yo me pedí aquella semana de vacaciones, después de haber dejado todo listo con los otros departamentos del hotel), luego se acostaba para una siesta de una hora, y por la tarde se pasaba casi todo el tiempo con Luis, leyéndole cuentos... No parecía tener intención de salir de casa, recorrer el barrio, y mucho menos de conocer la ciudad... Era como si viviera al margen del mundo... A mi hermana le había dado por estudiar un nuevo curso a distancia de especialización, y se había conectado a nuestra red de ADSL... Solo un día se molestó en bajar hasta la playa...

Por suerte, Julián y Catalina vinieron al rescate, proponiendo una excursión a lo más típico: la Alcazaba, el Castillo de Gibralfaro, la Catedral y el Museo Catedralicio y el Teatro Romano... Creo que solo se animaron con la Catedral, quizás por el ambiente, que les recordaba otros momentos de su vida, más "felices". Antes de ir al Teatro Romano, hicimos una escala en la Calle Larios para comer. Todo el día nos movimos con el monovolumen de mis suegros, y yo tampoco tenía muchas ganas de conducir... En conjunto, fue un buen día... En nochevieja, mis suegros vinieron a casa, con Borja y David, y sus novias (sorprendentemente, las mismas que el año anterior (¿se les estaría pasando la etapa de "cabezas huecas"?), y también el novio de mi hermana, quien se había escapado de Madrid unos días. Él también estaba terminando su tesis, sobre los yacimientos iberos en la zona de Gandía, pero se ganaba la vida como teleoperador a tiempo parcial en una empresa de seguros... Volvimos  a ver "¡Qué bello es vivir!" mientras esperábamos las campanadas, y luego mandamos a los "jóvenes" a la tremenda fiesta que estaban organizando los vecinos, concretamente... Borja... quien ya tenía amueblada en parte la casa, pero solo para "eventos sociales de máxima trascendencia"... Mi madre se quedó haciendo punto cerca de la chimenea... y Yolanda y yo empezamos el año como más nos gustaba: con un largo y relajante baño en el jacuzzi, un masaje estimulante con aceites esenciales, y haciendo el amor muy lentamente... ¿Se le ocurre a alguien una mejor manera de celebrar el Año Nuevo? A nosotros, desde luego, no...

Sobre las seis de la madrugada volvieron a casa mi hermana, su novio y mis suegros, quienes se repartieron por las habitaciones de invitados: siempre era más prudente quedarse en nuestra casa, que conducir de regreso a Málaga una noche como aquella. Sabiendo que todos estábamos a salvo, nos dormimos otra vez. El día dos de enero de 2001, mi madre y mi hermana volvieron a Madrid, no sin antes llevarse una copia de los poderes firmados, para que actuasen en mi nombre en lo referente al testamento de mi padre, la presunta herencia de los bisabuelos, las gestiones que habían realizado mis tíos abuelos durante aquellos años, y por supuesto delegando en nuestros abogados de Málaga y de Madrid todas las acciones necesarias. Tarde, demasiado tarde, comenzábamos a restañar viejas heridas...

El día tres de enero, Luis me hizo el mejor de los regalos... Dijo una sola palabra: "POPÓ"... y se fue corriendo al orinal... Lástima que se olvidase de bajarse los pantalones y de quitarse los pañales... Pero lo que cuenta es la intención, verdad? Solo de pensar que se estaban terminando los pañales, me sentía el hombre más feliz del mundo...

martes, 17 de mayo de 2011

50. VOLVIENDO A LA REALIDAD.

La primera vez que Yolanda tuvo que dejarme a Luis, para que lo llevase a la guardería que estaba junto al hotel, no sé quién lloró más, si la madre o el hijo… Al principio, los cuatro meses y medio de permiso de maternidad te parecen un mundo, demasiados días incluso, y quizás por eso mi mujer aprovechó para formarse en otras ramas de la psicología… Pero nada podía prepararla para el trauma de separarse de “su hijo”… y menos si me lo llevaba en moto… Estuve buscando distintos tipos de petos, para ubicarlo sobre mi pecho, y le puse también unas gafas y un casco de motorista a su medida, que también protegía sus oídos…

Antes de aquél primer viaje, ya habíamos dado unas cuantas vueltas a la manzana, salido varias veces a la carretera, y Luis parecía disfrutar con ello… No se asustaba por el tiempo, ni el viento, ni nada, mi pequeño explorador de cinco meses, y el rugido del motor le ayudaba a dormir… En ese aspecto, nunca ha sido un chico “normal”, ni siquiera cuando empezó a gatear… Pero sigamos con su rutina de “bebé que se incorpora al mundo porque su mamá trabaja”. Las primeras veces que le dejé en la guardería, no fue sencillo: en cuanto bajábamos de la moto, se ponía a llorar, intentaba agarrarse con sus manos diminutas al mono de cuero… Sin embargo, se tranquilizaba en los brazos de Agustina Golden García, creo que si fuera un gato, incluso se pondría a ronronear… No sé, hay algo en la mirada de esta mujer, que inspira confianza: sabes que con ella no puede pasarle nada malo, ni a ti…

A la hora de comer, seguía en la guardería, a pocas calles de distancia de la casa de los abuelos, y después de la siesta, Catalina iba casi siempre a buscarle… Es cierto, a veces rezongaba, comentando que “es una vergüenza, estos padres desnaturalizados que abandonan a sus retoños”, pero siempre con una sonrisa en los labios, y paseando, orgullosa, a su nieto por las calles aledañas, y en algunas ocasiones, cogía el autobús, para llevarlo a la playa. Era una suerte el que ella tuviera las tardes libres, para hacerse cargo de Luis, porque nos habría sido difícil hacerlo nosotros. Un par de veces, aparqué la moto a varias calles de distancia, y la seguía en silencio, o me quedaba en el quicio de un portal… En cierto modo, era como ver a Yolanda de mayor, pues Catalina era también una mujer menuda, atractiva, bien conservada… Siempre tiendes a hacer comparaciones entre una madre y su hija, pero sin hay algo de lo que estaba seguro, era de que Luis y yo nos encontrábamos en las mejores manos posibles.

Quien llevaba peor la separación cada mañana era Yolanda, intentaba demorarla todo lo posible, con un último abrazo, un último beso, revisando la mochila con sus cosas, comprobando que el pañal estuviera bien puesto. Estoy seguro de que varias veces, llamaba a la guardería “Angelito Negro” para com-probar que todo iba bien… Su trabajo estaba bastante lejos de la guardería y de casa de sus padres, y nos poníamos de acuerdo para efectuar la recogida, aunque de todas formas, más de una tarde aparecíamos los dos delante de la casa de Julián y Catalina. Si llovía o hacía mal tiempo, dejaba la moto en el garaje, y cogía el “Smart”. Es un cochecito majo y apañado, pero solo cabemos Luis y yo...

Terminó octubre, y se realizaron cambios, a mejor, en el Hotel Imperial. Parece que teníamos una epidemia de embarazadas entre el personal: de las cincuenta mujeres (en todos los rangos) de la plantilla, más del sesenta por ciento estaba embarazada, a punto de parir, o con bebé en edad de estar en una guardería. Por eso, nos reunimos con Ayako Wada (directora de Marketing) y Francisco González (de RRHH), para poner en marcha un nuevo proyecto, dentro de la renovación de la imagen corporativa de la empresa: una guardería gratuita para todos nuestros empleados y los clientes. Por su proximidad a la salida de emergencia, y por dar al jardín particular, se ubicaría entre la sala de reuniones existente y las habitaciones 113 y 114. Las reformas, mínimas pero necesarias para ajustarse a los requisitos municipales y garantizar la comodidad de todo el mundo, pero sobre todo de nuestros clientes, permitieron de disponer de dos espacios divididos en zona de juego y de descanso, incluyendo un pequeño “office” y un cambiador. Estimamos que nos bastaría con cuatro personas, divididas en dos turnos, y yo propuse que una de ellas fuera Agustina Golden García… El paso del tiempo me dio la razón en este aspecto…

Un mes después, en noviembre, se realizó una encuesta de valoración de la iniciativa por parte de los empleados y de los clientes, y los resultados no pudieron ser más positivos… salvo un extraño comentario, donde hablaba “la gran labor de Agustina Golden con los olvidados y los dolientes”... ¿Olvidados y dolientes? Por alguna razón extraña, aquél comentario despertó mi interés, y me prometí localizar a la persona que había escrito aquellas palabras… Pero en la esquina superior derecha estaba marcada la casilla de “cliente”… no había ningún teléfono de contacto… y terminé ocupándome de otros asuntos más urgentes… Como preparar la gran cena de Fin de Año, con el Cotillón incluido… y la velada especial de Navidad.

Normalmente, y según lo indicaban los años anteriores, la ocupación en las habitaciones del Hotel descendía al cuarenta por ciento, antes incluso de habernos especializado en dar apoyo logístico para las grandes ferias y eventos. Nadie quiere estar fuera de casa en Navidad, ni lejos de los suyos, y menos aún, en otro país. Es más, la temporada más floja del año solía ser precisamente la comprendida entre ambas fechas…

Siempre se pueden hacer cosas distintas, tratar de explorar nuevos mercados, buscar grupos de personas que puedan estar interesados y aprovecharse de nuestras ofertas. Hay que reconocerlo: en Málaga nos da mucha pereza, mucho coraje, el tener que trabajar con y para la familia, en ciertas fechas. Y seguro que hay gente interesada en una agradable cena de navidad con la familia al completo, aprovechándose de buenos precios y de la inmejorable calidad de nuestros restaurantes, que estaban considerados entre los diez mejores de Málaga... Quizás fuera una apuesta arriesgada, pero decidimos convertir la cena de Navidad en un acontecimiento familiar, incluyendo “buffé” libre o platos a la carta, tanto fríos como calientes, de forma que todos los miembros de la familia encontrasen platos de su agrado, con veinte primeros, veinte segundos, cuarenta postres, además de los platos especiales bajo pedido. Como en este tipo de eventos, se podían hacer reservas para familias, para grupos, con mejor precio… y luego, estaba la oferta para parejas, que incluía si el cliente lo deseaba, la habitación de hotel para pernoctar.

Solo organizamos un turno de cenas, comenzando a las ocho y media de la tarde… Fue necesario contratar un grupo especial de pinches, para garantizar que la comida estuviera siempre reciente, y de la mejor calidad. Todo lo que eran platos fríos comenzamos a prepararlos a media tarde (ensaladas, “crudités”, gazpachos, cremas frías, macedonias, frutas del tiempo…), y los primeros platos calientes, a las ocho menos cuarto. Por supuesto, teníamos funcionando a pleno rendimiento las dos cocinas, los dos “chefs”, Auguste Gousteau y Jean Valjean, y la colaboración especial de Mortimer Blake…

Yo quería estar con mi familia, en aquella fecha tan señalada, por ser la primera de Luis, así que gestioné con los compañeros de la recepción (a quienes no dudaba en apoyar cuando era necesario) para conseguir billetes a buen precio para mis padres, mi hermana y su novio (un bohemio llamado Alfonso Coronel Blanco, fotógrafo de cierto prestigio en el mundo de la moda madrileña), además de dos noches de hotel, que cargué a mi cuenta. Por si acaso Catalina, Juliá, Borja y David deseaban apuntarse, se lo consulté… y me respondieron que estaban encantados, pero “solo si vienen también nuestras novias, Cristina y Catalina”…

Por si acaso, y conociendo tan bien a mis hermanos políticos, los coloqué en dos “junior suite”… igual que para Yolanda y para mí… y el pequeño Luis… Ninguno de nosotros podía saber que aquella sería una de las últimas ocasiones en las que toda nuestra familia  estaría reunida…

La cena fue todo un éxito: el comedor estaba abarrotado, se sirvieron más de seiscientas cenas completas y, continuando con la misma política, todas las bandejas que tenían comida sin tocar se empaquetaron enseguida, y se distribuyeron entre los distintos come-dores sociales y asilos de la ciudad…

No hubo ninguna queja, el personal propio y el contratado para la ocasión demostró su competencia de manera excepcional… Los cocineros y todo el personal fueron invitados  dar una vuelta de honor a medianoche, y ovacionados por todos los clientes y personal del Hotel. Incluso las críticas de los medios de comunicación más cercanos fueron positivas…

En cuanto a las pernoctas, alcanzamos el ochenta por ciento de ocupación, más del doble de cualquier otra navidad desde que la corporación “Natori-Fujita” había adquirido y refor-mado el Hotel. Y sobre nuestras familias… todos nos quedamos a dormir allí… Aunque mis padres se hicieron cargo de Luis aquella noche, quizás como regalo o agradecimiento, o simplemente porque les apetecía…

Y Yolanda y yo pudimos disfrutar tranquilamente de la noche por primera vez en mucho tiempo… Igual que Borja y David… y mi hermana, porque cuando coincidimos en el comedor al mediodía, todos teníamos la misma cara de sueño… y al mismo tiempo, de haber disfrutado, que terminamos riéndonos los ocho… muy bajito, por culpa de la resaca…

miércoles, 20 de abril de 2011

20. LA CONJURA DE LAS REINAS

A pesar de que mis padres nunca fueron partidarios de tener animales dentro de casa ("que para eso ya tenemos bastante con tu hermana y contigo"), hace tiempo inmemorial que tenemos un pez rojo, metido dentro de su pequeño acuario... Tener una mascota había sido desde siempre nuestra máxima aspiración, pero lo más cerca que estuvimos fue cuando nos regalaron una caja de gusanos de seda, les dimos de comer las hojas de morera, y para que estuvieran a gusto y calentitos, los metimos, cuando ya habían madurado lo suficiente para anidar, dentro de una cómoda en desuso... la naturaleza siguió su curso, los gusanos anidaron, salieron las espantosas mariposas, y pusieron sus huevos por todas partes... Meses más tarde, cuando ya nos habíamos olvidado de todo el asunto, escuchamos un tremendo grito de Andrea, nuestra asistenta y domadora de fieras: "¡La cómoda está llena de bichos muertos!" Y estuvimos, durante varios días, recogiendo aquella pequeña colección de cadáveres, recuerdo mudo de nuestra irresponsabilidad como padres adoptivos...

Pero es no implicó que abandonásemos nuestras aviesas intenciones... de tener una mascota... Y mucho menos, cuando abrieron una tienda de animales en nuestra misma acera... unos días pedíamos un perrito... otros, un gatito... al siguiente, una chinchilla... después, dos hamster... incluso pretendimos sobornar al dependiente para que nos diera una cría de gorrión... Al comprender que nuestras súplicas se enfrentarían a un muro de silencio, y que ni nuestras súplicas, ruegos, llantos y promesas servirían de nada, nos dedicamos a lo más lógico: ahorrar... Hicieron falta tres meses, y reducir el consumo de chuches a la tercera parte, para adquirir, cuando se suponía que íbamos por el pan, a "Don Groucho 1º", recortar las letras del periódico, y montar la estratagema...

Y como todos los planes conspiratorios que funcionan en casa, mi hermana fue la "incitadora", y yo el que puse los distintos elementos en marcha, es decir, depositar sobre el felpudo de la entrada un bol de cristal, con un pez rojo dentro, su bote de comida, y una nota en la que se explicaba (con letras recortadas del periódico) lo siguiente: "Hola, me llamo Groucho, y mi familia no me puede atender. Como poco, abulto menos, y soy la mascota ideal." Contextualicemos el momento: yo tendría once años, mi hermana nueve, y todo el plan había sido de ella... ¡¡Tiembla, Doctor Maligno, que te ha superado una niña... MMUUUUAAAAHHHAAAHHHAAA...!!

Al abrir la puerta mi hermana, aquella mañana de sábado, solo se le ocurrió decir: "¿Oh, un pobre huerfanito! ¿Nos lo quedamos, verdad? Si tiene una carita de bueno..." Mi madre, que evidentemente no se chupaba el dedo, comentó: "No deja de ser curioso que se llame Groucho, siendo ambos fans de "Los hermanos Marx", verdad?" Mi padre dijo algo parecido a "Total, cuando se muera, lo tiramos por el retrete..." Y mi abuelo, en aquél momento solemne, no dijo nada... Pero un ratito más tarde, se acercó a mí y,cogiéndome por la oreja derecha, me dijo muy bajito: "Ya estás bajando al quiosco, y comprándome "El País"... La próxima vez que quieras dejar un animalito en adopción, utiliza el periódico del día anterior..."

Supongo que más bien por cansancio, o porque les hizo la gracia la estratagema del "pobre huerfanito", nos pudimos quedar con el pez rojo... Dormía en mi habitación, que era la más luminosa, cerca de la ventana, para que no se aburriese... Pero lo cierto es que tardó poco tiempo en cumplirse la profecía de mi padre: menos de cuatro semanas después, aprendimos que el fresco de la noche no le venía bien, sobre todo con una encimera de mármol... "Groucho 2º" y "Groucho 3º" no tuvieron mucha más suerte: el primero comprendió, demasiado tarde, que no hay que saltar fuera de la pecera si estás solo en casa (¿Acaso fue un "pecicidio"?)... y el tercero se quedó un poco empachado por el exceso de comida, creo que se zampó medio bote, antes de explotar... Lo más curioso es que, al final, fue mi madre quien se empeñó en que tuviéramos peces de colores, uno cada vez, para adquirir "sentido de la responsabilidad", y por supuesto, después de habernos estudiado dos obras clásicas: "Cómo hacer que su pez de colores sea feliz" (editorial Rialp) y "Los 100 errores fundamentales con un pez de colores" (Editorial Pez Globo)... ¿Cuenta como error el olvidártelo, con pecera de cristal y todo, sobre el techo del coche, cuando paras a repostar en la nacional III?

Y allí estaba yo, con "Groucho nº 7", el más reciente vástago de una estirpe de peces domésticos cada vez más longevos, cuyos últimos dos exponentes reposaban en una de las jardineras de la terraza, hablándole, en plena noche, de Yolanda... No estaba confuso, ni mucho menos, a falta de pocos meses para la defensa de mi tesis doctoral, había descubierto en los viejos ejemplares de "El Imparcial" informaciones suficientes para añadir dos capítulos nuevos, y estaba trabajando a destajo para tenerlo todo listo... Y "Groucho nº 7" me miraba, con sus ojitos ligeramente estrábicos, como sometiéndome a un tercer grado de cultura oriental... Tantos años compartiendo habitación habían permitido que nos comunicásemos: si estaba de acuerdo con algo que yo decía, soltaba una burbuja; si estaba en contra, soltaba dos; y si no hacía nada... bueno, es que no le interesaba...

Pero yo, aquella noche de típicas fiestas navideñas, necesitaba su opinión y consejo, puesto que había discutido con Yolanda... y me faltaba tal vez la experiencia para arrreglarlo... Como es de ley, nos peleamos por una tontería, que tal vez no lo fuera tanto: si el "Estudiantes" era o no mejor que el "Unicaja"... Tendría que haber supuesto lo que me respondería, teniendo en cuenta las dos torres que tenía por hermanos, y que estaban jugando en la división juvenil... Además... ¿qué coño me importaba a mí el baloncesto, si mis únicos conocimientos al respecto era que dos grupos de chicos (o chicas) en pantalón corto y camisetas corrían por una cancha, para meter una pelota en un aro? Supongo que fue una cuestión de orgullo, de hormonas... o quizás algo tan sencillo, como un reflejo de nuestra tristeza por no poder estar juntos el día de Navidad... A pesar de todos nuestros intentos, incluyendo buzoneo, reparto de octavillas por la calle, y en un par de ocasiones, disfrazarme de pollo frente a un "Kentucky", no habíamos conseguido ahorrar lo suficiente para irnos a cualquier lugar, juntos... ¿Tan extraño era que a mis treinta y un años cumplidos, quisiera estar con Yolanda?

Mis padres, igual que los suyos y nuestros hermanos se daban cuenta de lo mal que lo estábamos pasando los dos, aunque ninguno de los dos era capaz de decirlo abiertamente... Y por eso discutimos sobre aquella estupidez, ella me colgó el teléfono, y cuando la volví a llamar, su madre, Catalina, me dijo en voz muy bajita que Yolanda no se quería poner, pero que ella "se encargaría de todo"... Me sorprendió bastante, máxime cuando ella siempre me había parecido la más dura, la que con mayor fuerza estaba en contra de nuestro romance (o al menos, de que hiciéramos el amor bajo su techo)...

Y allí estaba yo, exhalando volutas de humo de mi pipa de brezo, intentando distinguir lo que debía o no hacer, preguntándole a mi pez de colores su opinión, y de ninguna manera podía dejar que las cosas siguieran como estaban... No se trataba de llamar a su casa de madrugada, por mucho que ella tuviera un teléfono en la habitación... Y también era demasiado tarde para pedirle perdón, o comprarme el equipo completo del "Unicaja" como si fuera nuestra versión del "calumet" de los indios americanos... Entonces, el pez tuvo una gran idea... y a la mañana siguiente la puse en práctica... comentárselo a mis padres... y pedirles consejo... Mi abuelo defendía que me subiera al coche, sin perder más tiempo, y que fuera a Málaga, y antes que cualquier cosa, la besara... Mi padre añadía: "pero no te olvides una caja de bombones... y unas flores..." Y mi madre me pidió que esperase veinticuatro horas, pero que la llamase aquella misma mañana... para pedirle perdón, aunque ninguno de los dos tuviera la culpa, salvo de un exceso de amor...

Mi familia nunca había sido demasiado religiosa, y en diciembre, con todo el lío de tíos, tías, primos y demás parientes repartidos por todas las casas, y la cena de Nochebuena contratada en un hotel de la zona, comprendí que mi lugar no era allí, sino con Yolanda... Ya estaba comenzando a preparar la maleta, incluyendo el mejor de mis escasos trajes y mis dos corbatas, cuando mi madre entró en la habitación... "Tu vuelo sale dentro de tres horas... He movido un par de contactos, me he cobrado un par de favores... y he hablado con Catalina... Espero que lo paséis muy bien..." Y entonces, con gran misterio, me dijo "no olvides llevarte dos o tres bañadores, y algunas camisetas... y el traje...", al mismo tiempo que me daba dos sobres: el primero, el más importante, contenía un billete de avión; y el segundo, un "anticipo de tu regalo de cumpleaños... y del suyo..."

Cuando llegué al aeropuerto, abrí ambos sobres: en el primero, encontré el billete de avión para Lanzarote, y la información sobre la reserva del hotel donde se solían alojar los pilotos de "Iberia": algo pequeño, pero con piscina y en primera línea de playa... y en el segundo, bueno, el resultado de una colecta exprés organizada por mi madre y por la suya... para que disfrutásemos algunos días juntos... Verla atravesar el control de la Guardia Civil, por segunda vez en tan poco tiempo, pero sobre todo la perspectiva de estar otra vez juntos, durante cinco días con sus noches, desde el veintinueve de diciembre, fue el mejor regalo de toda mi vida... bueno, hasta que tuvimos a Luis, nuestro primer hijo...

El sueño terminó el tres de enero de 1997, con nuestro regreso a la realidad, de nuestras vidas, en ciudades tan lejanas, tejiendo un puente de almas cada noche, y con el nexo de nuestras voces, y de nuestras cartas... Aunque los dos sabíamos que sería por poco tiempo: en septiembre, me trasladaría a Málaga.. Pero todavía faltaban algunos meses para aquél momento...