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lunes, 11 de julio de 2011

77: Una reunión informal…

         Si he aprendido algo de mi estancia en Japón, es precisamente que no existen reuniones informales, es un concepto que no cabe en su forma de ser, sobre todo, en el mundo de los negocios. Te reúnes con alguien si necesitas que te informe sobre algo, o bien si tú tienes algo que contarle… No es una cultura como la nuestra, amante de las sobremesas dilatadas… y cuando se quieren relajarse o divertirse, tienen formas propias de hacerlo… Por eso, cuando le recibí en la puerta de nuestra casa, en su reverencia y en su mirada intuí que iba a ser una de “aquellas reuniones” de capital importancia… Se descalzó, y después de saludar a Yolanda y a Luis, me acompañó a la biblioteca, donde ya tenía preparadas dos botellas de agua mineral (pues el agua de la ciudad, siendo potable, no tiene el mejor sabor, aunque consigue una fantástica paella y un café de gran calidad)… Fue un momento tenso, los dos nos quedamos de pié, dudando cómo sentarnos: en un despacho, es sencillo, la persona que viene a visitar se sienta en un lado de la mesa, y el anfitrión, en otro, incluso si existe una diferencia de grado entre los dos. En mi caso, Kenji Watanabe siempre había sido mi superior jerárquico, mi mentor y mi entrenador… Pero la intensa formación recibida, de la que había sido bien informado, y el hecho de ser el transmisor de las últimas tácticas y consignas de la corporación, unido a que estábamos en mi casa, complicaba ligeramente los roles…



         Menos mal que tenía prevista la situación, y le indiqué dos sillones de orejas, situados detrás de una mesa baja, sobre la que había colocado dos carpetas con mi informe preliminar, y una gran pizarra por si precisábamos hacer algún tipo de gráficos. En cuanto estuvimos en el despacho, comenzamos a hablar en japonés, y me dijo “¿Sabe usted, Ismael-sama, que tiene el acento de un nativo?” Aquél fue el mejor cumplido que me pudo hacer…



Estuvimos trabajando casi tres horas, hasta que Yolanda se acercó a preguntar si nos apetecía algo de comer, y como estábamos hambrientos, asentimos. Veinte minutos más tarde, nos trajo un surtido de “sushi” y de “sashimi”, una pequeña botella de sake y dos juegos de palillos… Seguimos trabajando incluso durante la cena, y cuando Yolanda regresó para retirar los cubiertos, Kenji Watanabe le dijo: “¿Me podría decir el servicio de catering al que ha recurrido? Era un “sushi” y un “sashimi” excelente…” Y ella le respondió: “Cuando quiera volver a cenar en nuestra casa, será para mí un gran placer preparárselo de nuevo… Con tantos meses lejos de mi marido, he tenido tiempo de aprender a cocinar algunos de sus platos favoritos…” Tras unos segundos de silencio, me preguntó: “¿Te importaría si un par de días, la invito a cocinar con mi esposa?”



El asunto quedó pendiente, aunque ayudamos a Yolanda a llevarlo todo a la cocina, y seguimos trabajando un par de horas más. Yo no estaba demasiado cansado, pero de todas formas, al ser un contacto preliminar, y disponer de todos los informes que yo le había ido enviando con la doble encriptación, estábamos bastante al día… En el último momento, cuando ya recogíamos los informes y borrábamos la pizarra, me levanté, y le entregué un estuche de madera labrada… Creo que intuyó el contenido, porque a su pesar, una sonrisa tímida se asomó en su rostro…



Al abrir la caja, sobre un lecho de seda roja, se encontraban los dos letales abanicos de combate de color negro… que en la aduana consideraron elementos decorativos… Kenji Watanabe los tomó en sus manos, y con un diestro giro de muñeca hizo asomar las letales hojas de espada, convirtiéndolos en formidables armas de defensa… “Perfectamente equilibrados, obra de Ishogure Taganawa, primer tercio del siglo XX… ¿Cómo has sabido que yo coleccionaba este tipo de armas, y que estaba interesado en una de ellas?” A lo que yo respondí: “En ocasiones, las palabras traicionan nuestros deseos…”, pues hace casi dos años que me había comentado su interés por aquél tipo de arma… y yo había aprovechado algunas tardes más o menos libres para localizarlos, primero por internet, y luego en las tiendas físicas… Es cierto, me salieron bastante caros, casi tanto como el conjunto de todos los demás regalos que traje para la familia, pero se notaba que mi colega estaba muy satisfecho con ellos… aunque aquella noche no me hizo una exhibición de su letal utilidad… Le enseñé la armadura que me había comprado, y alabó su calidad, salvo que me aconsejó modificar el acolchado del casco o ponerme un gorro de esquí, porque era una talla más grande que la mía… Nos despedimos con una reverencia, y me comentó que tendríamos una reunión la tarde siguiente, para comer con el resto del equipo, repartir los informes resumidos, y que después podía considerarme de vacaciones hasta el día siete, a punto para nuestro combate inicial…



Lo que no le comenté es que a mí, ahora, al filo de la medianoche, me esperaba un nuevo “combate cuerpo a cuerpo”… contra Yolanda… en cuanto lográsemos acostar al torete de nuestro hijo, quien se atrincheró bajo la mesa del comedor… y tuvimos que sacarle utilizando un par de onzas de chocolate como cebo… Le conté una de las historias de mi abuelo, sobre los tres hermanitos que salieron de la ciudad para buscar el amor… y se enamoraron de la misma mujer… sin saberlo…



Se durmió cerca de la una de la madrugada, lo que no me extrañó demasiado, porque fue un día muy estresante para todos, volver a casa nunca es fácil cuando tienes un hijo tan pequeño… pero lo es mucho más, cuando has tenido que dejar en Málaga a la mujer de tus sueños… y de tus realidades… Lo único que deseaba era verla, estrecharla entre mis brazos, besarla, hundirme una y mil veces en sus ojos marrones, y sentir que había regresado a casa… Es cierto, el cuerpo de las embarazadas cambia mucho, sobre todo entre los cinco y los nueve meses, pero Yolanda, con sus seis meses y pico, estaba bellísima… Desapareció unos minutos en el cuarto de baño, y luego la escuché decir: “¿Te importa frotarme la espalda?” Se había metido en nuestra “ducha de pareja”, de plato grande y alcachofa central, tenía su larga melena empapada y con algunos restos de espuma, y el cuerpo brillante por el agua… Le pedí que esperase un minuto, y me desnudé en nuestro dormitorio, porque necesitaba sentirla entre los brazos, olvidarme piel contra piel de todos aquellos días que había pasado lejos de ella, de los tres meses lejos de sus labios…



Como si estuviéramos jugando a policías y ladrones en versión sexy, la hice apoyarse contra la pared, abrir ligeramente las piernas para que estuviera cómoda, y le enjaboné a conciencia la espalda… y la aclaré con la alcachofa de teléfono… y luego, con las manos desnudas, le enjaboné de nuevo la parte delantera, centrándome en sus pechos y su vientre… Me arrodillé a sus pies, dejando que el agua caliente se llevase toda la tristeza acumulada, imaginando que aquella criatura en su interior notaba mi presencia… y quizás por una de aquellas casualidades de la vida, noté claramente una patadita… a la que respondí con un beso… Yolanda me hizo levantarme, apagó la ducha, y salimos los dos… Con el mayor de los cuidados, la sequé muy despacio con la toalla de algodón blanco, y después me sequé yo…



Deseo…. Y algo más… ¿Ansias de posesión? ¿Hambre atrasada, como diría un amigo, o la simple reacción de dos amantes que se encuentran después de tanto tiempo? Dicen que hay mujeres embarazadas que experimentan asco hacia el sexo, hacia su propio cuerpo, que pierden todo el apetito sexual… Bueno, pues nada de esto se le podía aplicar a Yolanda… Aquella noche, los dos disfrutamos con toda el alma, dando y recibiendo placer del otro… Entregán-donos por completo…



 Al preguntarle por algunas de las posiciones que practicamos, se hizo la misteriosa… pero un par de días después, en el cajón de su mesilla de noche, y debajo de una revista de “National Geographic”, descubrí un misterioso libro, de portada forrada por papel de estraza, llamado “El kamasutra del sexo para embarazadas” (editorial Lexus)… aunque muchas de las posturas se derivaban, sobre todo, de la lógica… y de la ley de la gravedad… Nos dormimos, agotados pero felices, al filo de las dos de la madrugada… Al principio, me costó conciliar el sueño, quizás por la falta de costumbre de compartir cama con alguien… pero después comprendí que era sobre todo por la cama grande… Y pese al calor, me dormí abrazado a Yolanda… y así me desperté seis horas después… pegado a su espalda, piel contra piel…



Me costó bastante levantarme de la cama, sobre todo por dejarla a ella durmiendo… y porque su cuerpo, levemente cubierto por las sábanas, me recordaba una de tantas cadenas montañosas que recorría en mi adolescencia… No tenía prisa, hasta las dos de la tarde no tenía la comida oficial con el resto del equipo, y el trabajo de fin de seminario fue la elaboración de un resumen de las principales conclusiones, en nuestra lengua materna, pues hasta aquél momento, el idioma oficial había sido el japonés… Me puse la bata, y me senté en el sillón de lectura, contem-plando a Yolanda y a nuestra hija… Llámame “voyeur” o mirón… pero no pude contener mis ganas de ver su cuerpo desnudo en todo su esplendor… Y por eso, con el mayor de los cuidados para no despertarla, fui retirando muy lentamente la sábana… Se conoce que no tuve el cuidado suficiente, porque cuando iba a retirarme unos pasos, ella me cogió la mano, diciéndome: “¿No pretenderás dejarme así, verdad? Que estos tres meses también han sido muy largos para mí…”



Hicimos de nuevo el amor, con tanta pasión como la noche anterior, o tal vez más… Nos duchamos juntos otra vez… Y luego por fin pude vestirme con mis botas reforzadas, los vaqueros, la camiseta de “Iron Maiden” y la cazadora de cuero, con el casco integral, recogí los documentos que necesitaba para la reunión, y me subí a mi querida Harley, para llegar al Hotel… Por la mirada que me dirigió el nuevo jefe de recepción (el “plongeur” al que promocionamos casi un año antes) comprendí que quizás no fuera una buena idea presentarme así a la comida de equipo… Pero aunque fuera por una vez, me apetecía mostrarme tal y como me sentía más a gusto, como era en realidad, y no un directivo enfundado en un traje de “Armani”. Cuando abrí la puerta del comedor que teníamos reservado, se produjo un cierto revuelo… puesto que todos ellos iban con trajes de chaqueta, camisa y corbata… Y se notaba que algunos de los compañeros de marketing y de publicidad no sabía muy bien cómo reaccionar…



Fue providencial la intervención de Kenji Watanabe, al decir: “No recordaba que hubieras cambiado tanto en Japón… aunque tienes los ojos un poco rasgados… De todas formas, en tu honor, queda inaugurado el almuerzo casual day de los lunes…” y dando ejemplo, se quitó la chaqueta y la corbata, y se arremangó la camisa… Si el directivo de más nivel consideraba adecuado ponerse cómodo, a nadie más debería importarle… y fue un alegre zafarrancho, puesto que incluso con la climatización, hacía calor…



Durante la comida estuvimos intercambiando novedades, sobre todo del funcionamiento de los hoteles de Málaga y de Benalmádena, donde al parecer se habían dado algunos “acontecimientos paranormales de cierta entidad” en las ruinas de la vieja iglesia y de la capilla… y ciertos problemas con el mayorista de pescado fresco para los dos “sushi bar”, la solución sería acudir directamente a la lonja y establecer un acuerdo sobre las especies que más usábamos… quitando el atún rojo, que forzosamente era importado… y la necesidad de reforzar la seguridad durante los eventos empresariales más restringidos.



Acto seguido, realicé una presentación en power point de las nuevas consignas de la central: confidencialidad absoluta, seguridad, cordialidad en el trato, ofrecer servicios complementarios, acuerdos con otras empresas afines, y necesidad de aprovechar al máximo el potencial de los empleados. Tras unas preguntas, me retiré hasta el lunes… para el combate…

jueves, 26 de mayo de 2011

54. MI LUGAR EN EL MUNDO...

A quien me diga que la vida de los padres primerizos es una delicia... posiblemente le invitaré a quedarse una sola noche, una sola, con Luis, y con Yolanda... ¿Por San Snoopy bendito, acaso esta fierecilla no entiende que sin dormir, no soy capaz de trabajar en condiciones? A veces, me acuerdo del anuncio de "Níquel Nanas", ¿lo recordáis? En mi caso es ni que le des agua bendita (mi suegra, que se agarra a lo que puede), ni que le des un mordedor especial que puedas meter en la nevera, ni tampoco funcionan las pomaditas, ni los geles de albaricoque... y Yolanda no me dejó probar la famosa "Quina Santa Catalina", que tanto bien le hacía a nuestras abuelas ya nuestras madres...

Luis es un llorón profesional, y además, lo hace en modo politono, por lo que no hay manera humana de librarse de sus alaridos... Me pongo tapones especiales de natación, con lo incómodos que resultan fuera (y dentro) del agua, pero no hay manera, sigo escuchando la sirena de Luis... Pero lo más divertido es que Yolanda, que duerma "au naturel" (sin tapones), ni siquiera se entera de lo que está pasando hasta que le hago cosquillas en el hombro... No me importa hacer el turno de noche con Luis, ni mucho menos... pero todas las cuidadoras de fieras tienen derecho a unas horas de descanso a la semana, digo yo... Eso sí, a la próxima persona que me hable de las "inmejorables ocasiones que tienes de disfrutar de tu bebé cuando es pequeño", de lo "mucho que vas a añorar esos momentos tan especiales", del "olor maravilloso a bebé recién lavado"... me van a quedar muchas ganas de arrearle un buen soplamocos...

Los niños serían perfectos si te los entregan recién nacidos, y en dos meses alcanzan el desarrollo físico y mental de un niño de dos años... ¡Entonces serían maravillosos! Yolanda, como duerme bien, no tiene esos problemas... Además, se han invertido los vehículos: como tengo la guardería en el Hotel, soy yo quien se encarga de Luis... y Yolanda es la conductora de mi "Harley Davidson" de 1985... porque entra a trabajar un par de horas más tarde...

Con el nuevo proyecto en marcha,, es decir, con las modificaciones que el señor "Hatori Hanzo" ha realizado en el enfoque de la satisfacción del cliente en las instalaciones y en la nueva "Zona Zen" con jardín japonés incluído que estamos terminando en lo que era una de las praderas del viejo palacio, no nos falta trabajo, ni tampoco reuniones algo tardías con todo el equipo, y con los paisajistas y arquitectos que están involucrados, pues se trata de disponer un completo circuito de relax, pero al aire libre, y aislado de las inclemencias del tiempo mediante biombos de lino, cubiertas de plexiglas traslúcidas, y contratando los servicios, bajo pedido, de un equipo de masajistas profesionales, de ambos sexos, y altamente cualificados... la idea es sencilla: si el cliente, después de una ardua reunión de trabajo, quiere agasajar a sus socios con un rato de esparcimiento y relax de calidad, nuestro Hotel puede proporcionarlo, con un precio ajustado... Y si lo avisa con antelación, puede contratar un bono. Es cierto, nosotros no podemos tener un masajista siempre listo, pero puede desempeñar otra función como recepcionista del hotel, y el refuerzo se consigue mediante acuerdos comerciales...

Durante aquellas semanas, hasta que terminamos las excavaciones de una parte de la pradera, y  acondicionamos las nuevas instalaciones, pasé mucho tiempo fuera de casa... y muchas horas trabajando con Ayako Wada y Kenzo Ishihazi, un afamado paisajista japonés. Los preparativos no se interrumpieron ni siquiera por la noche, puesto que tampoco se generaba ninguna clase de ruido. El cerramiento de la "Zona Zen" tuvo lugar el martes doce de junio, la inauguración oficial estaba prevista para el viernes quince de junio, pero al atardecer del catorce de junio, nos reunimos los cinco directivos, para disfrutar de las instalaciones... Una vez más, comprobé que las distintas piscinas y jacuzzis estaban en perfectas condiciones, las mamparas de lino en las zonas de masajes proporcionaban la deseada intimidad, y el techo abatible y traslúcido era perfecto, junto con unos discretos anti-mosquitos, para conseguir la calma... que por ora parte tanto necesitaba... Creo que me relajé tanto en el jacuzzi calentito, que me quedé dormido... y fue la directora de marketing, Ayako Wada, quien se encargó de despertarme, con un par de caricias en la mejilla... Ella estaba frente a mí, más hermosa que nunca con su bikini negro (aquél era su color), duante unos segundos tuve ganas de besarla, pero me limité a devolverle la caricia en la mejilla, con el dorso de la mano. Aquella noche, todo parecía más sencillo, por eso, la mejor decisión que pudimos tomar fue salir del agua y caminar juntos hacia las zonas de masaje... Mi masajista era una mujer, atractiva, en la treintena, con experiencia en masaje deportivo (se empleó a fondo con mi contractura en las lumbares), y el de Ayako, según me comentó después, un "chico gay encantador, con manos de oro"...

Terminamos la noche en las duchas, nos vestimos y, con esa familiaridad que otorga el trabajo bien hecho, nos fuimos a cenar juntos, a una pequeña pizzería cerca de la catedral, y no se nos ocurrió nada más normal que cogernos de la mano... No hubo vino, ni siquiera el "Lambrusco" que me apasiona, pues era más de la una de la madrugada, cuando nos despedimos con dos besos en las mejillas y uno en los labios, al dejarla en el portal de su casa... "¿Y ese último beso?", le pregunté... "Por comportarte siempre como un amigo y un compañero..." Es cierto, me habría gustado que durase más aquél beso... pero en casa me esperaban Luis y Yolanda, y eso era lo más importante... Volví caminando al Hotel, recogí el coche, y regresé a mi casa, a mi lugar en el mundo... y conservaba en los labios el sabor del beso de Ayako, que se mezcló con el de Yolanda...

Por cierto, aquella noche dormí como un lirón...

martes, 19 de abril de 2011

15. ANOCHECER EN MÁLAGA

¿Que si tenía miedo al presente, más incluso que al futuro, aquella caliginosa tarde del noveno día de agosto, cuando salí abrazando a Yolanda, después de haber recibido las bendiciones de toda la familia? Pues sí, es más, me encontraba aterrorizado, porque en el fondo, aquél "noviazgo" seguía siendo algo que no estaba muy seguro de comprender... Toda la vida había sido el "mejor amigo" o bien el "amigo especial" de mujeres de quienes me había enamorado... Incluso esta vez, con Yolanda, empezamos una relación  desequilibrada, en la que ella me quería al diez por ciento... y yo la amaba al noventa por ciento... Y las razones de su cambio de actitud me intrigaban....

Hacía calor en la calle, era una de esas tardes en las que solo pisan el asfalto los perros, los turistas, y los enamorados que no tienen un lugar mejor donde refugiarse... Quizás ahora suene mal, pero después de comprar un varias botellas de agua helada en un colmado, le propuse ir a mi habitación, para hablar, mientras esperábamos que el sol dejase de abrasar las calles desiertas...

Y ella aceptó...

Yo estaba confuso, necesitaba saber, entre otras cosas, por qué se había enamorado de mí después de tanto tiempo como amigos, y por qué se había decidido a dejarme entrar en su vida, en un momento tan lleno de incertidumbres para la mía... Nos sentamos sobre la colcha de la cama, mi habitación daba a la calle, pero al tratarse de un tercer piso (sin ascensor) apenas si nos llegaban los ruidos del mundo...

"No lo sé, Ismael... te quise desde el principio, como amigo... Era la primera vez que conocía a una persona con tu capacidad de empatía, de adivinar mis sentimientos, incluso mis necesidades, estando tan lejos.... Además, eras con mucho una de las personas más dulces que conocía, y tu gusto por la literatura... Tu paciencia por enseñarme aquellos autores que más te habían llenado..."

"Está claro, le dije bromeando, que no fue precisamente por mi físico...."

"No creas, casi desde el primer momento, me fascinaron tus ojos de chico malo, y ese flequillo tremendo, que te daba ese aspecto de golfillo madrileño... De todas formas, debo decirte una cosa: hasta que no empezamos a escribirnos, a contarnos nuestros problemas, nuestris sueños, no te tomé demasiado en serio...."

"Entonces, mi fugaz enamoramiento de la compañera de la televisión local..."

"Estuve a punto de mandarte a la mierda, la verdad... Quizás fue entonces cuando comprendí que ya tenías un lugar en mi vida... aunque fuera como mejor amigo..."

"Pero eso no era suficiente, Yolanda, porque el año pasado te fuiste a vivir unos meses con aquél chico, Antonio, que no nos gustaba nada a tu familia ni a mí... o cuando empezaste psicología ¿Sabes que yo fui el único en defenderte, en darte el voto de confianza? Me costó mucho convencer a tu madre de que te perdonase..."

"Y todo esto, estando enamorado de mí... ¿Por qué no me dí cuenta antes?¿Por qué no me dijiste nada?¿Por qué no me escribiste durante un par de meses?"

"Porque me estaba muriendo por dentro, Yolanda... Porque pensaba que si tu futuro estaba al lado de Antonio, yo no pintaba nada en tu vida... Y lo mejor era salir por la puerta de atrás, ya que mi lugar no estaba a tu lado... y de todas formas, tenía pendiente el compromiso con el ejército..."

Quizás hubiera dicho algo más en aquél momento... pero Yolanda no me dejó hacerlo... Se levantó de la cama, después de beber un largo trago de agua helada, y se dirigió a la ventana... Con las típicas cortinas de estampado de flores, le conferían una luminosidad especial a la habitación, y a Yolanda... "¿Me deseas?", me dijo, con ese tono especial de voz que suele presagiar una revelación o una confidencia... ¿Y qué podía responder? "¿No, ni te deseo, ni te amo, porque soy gay?" Por supuesto, obtuvo la única respuesta posible: "Sí, desde la primera vez que nuestras miradas se cruzaron... Quizás incluso desde antes de conocerte... Porque no concibo la vida sin estar a tu lado..."

Entonces, con esa cara de niña traviesa que no ha roto un plato, comenzó a desnudarse, haciendo realidad uno de mis sueños... Primero cayó la cazadora vaquera, sobre una silla... Luego, se quitó las sandalias... Y después se quitó, muy lentamente, el vestido, por encima de la cabeza... Y así, ataviada con unas culotes diminutas y un sujetador de la 85-B, se quedó delante de mí, espléndida en su desnudez, la culminación de todos mis sueños, y el final de todas mis soledades...

"¿Me abrazas?" Me levanté de la cama, y fue entonces cuando ella me dijo... "Pero quiero que estemos en igualdad de condiciones..." Y por eso, me fui quitando la ropa, y la dejé sobre la silla, pulcramente doblada... Me acerqué a ella, vestido únicamente con los boxer de Pato Donald... Con más miedo que otra cosa, puesto que, a pesar de tratarse de un momento que llevaba deseando años, mi experiencia era muy escasa...

Así estuvimos un rato, abrazados, piel contra piel... Solo se escuchaban los latidos de nuestros corazones, batiendo a la par, y el sonido de nuestra respiración... Su cuerpo parecía ser una versión reducida del mío (le saco cinco centímetros), pero todas nuestras curvas y rectas se amoldaban como si hubiéramos nacido para ello... Tenerla entre mis brazos, y morir de felicidad... Entonces, Yolanda tomó mi mano, y me llevó hacia la cama...

Descubrir su cuerpo, muy despacito, deslizar mis manos por su espalda, sus hombros, el cuello, las piernas... Estaba completamente depilada ("lo hice por que vendrías..."), y lo que pude aprender con mis anteriores y escasas experiencias se convirtió en una especie de base para lo que vivimos aquella tarde... Sudor... amor... hacer el amor muy despacio, dejándonos guiar por el instinto y el deseo... Salimos de la cama solamente para darnos una ducha, refrescarnos, y volver entre las sábanas... No utilizamos preservativos, puesto que ella tomaba la píldora por un desarreglo hormonal... Nos quedamos dormidos, agotados pero satisfechos, con el anochecer...

Después de una nueva ducha, nos fuimos a cenar, solos... Disfrutando de cada momento juntos, y conscientes de que, en cierto modo, lo peor había pasado, la fortaleza familiar había sido conquistada, y nosotros habíamos superado una de las mayores barreras: la intimidad...