domingo, 13 de mayo de 2012

4. Recordando el primer beso.

No deja de ser curiosa la evolución de los niños y las niñas, entre los ocho y los once años en el caso de las niñas, y entre los diez y los doce en los niños (siempre hemos sido un poco más ingenuos y malotes)... Es cuando se forman las pandillas, los grupos, las "amistades inquebrantables"; las confidencias sobre quién te gusta de la clase (a menudo no hay mejor forma de que se sepa con todo detalle que recurrir a uno de los bocazas oficiales); los desafíos deportivos y de fuerza o agilidad (¿quién no ha jugado al "churro", aguantando demasiado, para no quedar en ridículo delante de "ella", que tal vez estaba mirando y aplaudiendo desde la distancia, o bien se estaba comiendo las uñas de su amiga Mari Puri?)… Sobre todo, yo ansiaba aquellas actividades en las que se mezclaban aquellas dos especies alienígenas, los chicos y las chicas…puesto que a todos los efectos, en nuestro “Lycée Le Petit Nicolas”, como en casi todos los colegios españoles de España en los años setenta, se practicaba la discriminación positiva y negativa, los castigos, las separaciones, los tabús…

Nunca me gustaron las clases de natación, hasta el punto de haber incorporado ese olor a lejía, cloro, cálida humedad y desinfectante en muchas de mis pesadillas más horrorosas, de ahogamientos furtivos o intencionados. Y las típicas “bombas” que salen mal…

Pero me encanta el aroma y el sonido del mar...

Después de las vacaciones de navidad, el fondo de la piscina casi siempre estaba escamoso, con pequeñas partículas de pintura que se pegaban sobre la piel, sobre todo los últimos años... Nuestro profesor entre 1979 y1982, Mateo García Meneses, era un sádico, antiguo legionario “con mucha experiencia en combate”, cuyo sueño era hacernos nadar los quinientos metros estilos... en menos de cinco minutos... Hablaba mucho de la importancia de mantener la buena forma física, pero lucía un barrigón digno de una embarazada de seis meses, con un bañador de tipo braga… y creo que nunca le vi nadar… Mucho silbato y gritos… Durante cuarenta y cinco minutos nos tenía nadando, haciendo carreras de relevos, aprendiendo a tirarnos de cabeza… o de espaldas… o de culo, cuando no miraba…

Pero al menos, los últimos diez o quince minutos de clase, los pasábamos haciendo el bestia, pero de verdad, en el agua, ajustando cuentas con los más grandes de la clase (los repetidores), y cosas por el estilo... Porque una banda de diez o quince niños, “piraña”, si ataca al matón, se lo puede hacer pasar muy mal, aunque algunas veces se producían accidentes... (todos tenemos huevos…) En nuestro caso los de 1984 y 1985 fueron demasiado violentos, o gamberros… ¿Habrán encontrado los agujeros que hicimos en el vestuario de las chicas, con u berbiquí de mano? ¿Alguin más habrá confesado que no se veía nada, por el tabique doble, y el miedo a ser descubiertos)
Aquél año se consideró que las hormonas estaban demasiado revolucionadas para seguir con la natación, y optaron por el baloncesto, el fútbol, y el “bádminton”…

Nuestras bestias negras se llamaban Álvaro Cienfuegos Sánchez (un coloso, medía casi dos metros, que solo estuvo algunos años con nosotros) y  Pedro Abel Cifuentes (que era menos grande, “no llegaba” al metro ochenta… pero nosotros no superábamos el metro cincuenta…) quien tenía una agilidad sobrehumana… pero en carrera corta y capacidad de salto, no podían con nosotros… Vale, repartían medallas del honor… en forma de ojos morados… Y ya no estaba con nosotros la divina Eleonor… para soplarnos la inflamación o restañar la sangre…


 Otro aliciente era el comprobar si algunas de las compañeras llevaban o no relleno en los jerséis de cuello vuelto o quienes usaban sujetador con algo de algodón en la copa, por simple comparación entre el “antes” y el “después”.

Era el año 1981, habían pasado tres años sin una sustituta aceptable (y que me aceptase) a nivel sentimental, mi corazón seguía de luto por Laura (y por Eleonor, un año después), aunque había conocido un par de chicas interesantes en la biblioteca, y el tiempo pasaba, inexorable... Más que nunca, mi refugio era el estudio, la lectura, y estar en casa, con la familia (cuando mi padre no tenía uno de sus cabreos)... quizás porque en nuestro edificio, no había otros niños pequeños, y tampoco había mucha tradición de sacarnos a los parques de tierra de la zona, en el Barrio de Salamanca... Aquellas tardes de sábado, con cine para todos, después de algunas negociaciones y de comprobar mil veces la calificación de algunas películas (lo que no garantizaba que el crítico acertase siempre)...
Aunque lo que yo prefería era estar en Canillejas, la casita de verano de mi abuelo, que tengo asociada a los mejores recuerdos de mi vida... Porque en aquél barrio, había niños con los que jugar en la misma calle, o en los jardines y patios, y mi hermana y yo nos sentíamos parte de algo nuevo, fresco y bueno... Éramos una pequeña pandilla, jugábamos al fútbol algunas veces en el patio, organizábamos “acampadas virtuales” debajo de mantas en el jardín de un amigo y vecino, montábamos en bici, aprendíamos a patinar, nos destrozábamos las rodillas contra el asfalto… ¡Menudos cortes nos hacíamos de vez en cuando, al hacer el bestia! Incluso poniendo un sof-a adosado a la pared interior del patio, y lanzándonos desde una altura de dos metro, cuando nadie nos miraba…. ¡Era la ingravidez! (y luego, el aterrizaje)… pero no hubo muertos ni heridos,…

Cosas de niños… que solo teníamos oportunidad de hacer algunos fines de semana, y los meses de verano… Nos hacíamos llamar “los Vengadores” (muy originales, ¿verdad?), pero la mayor de nuestras hazañas fue enterrar unos cuantos gatos callejeros, que mataba un chaval de otra banda; ayudar a apagar más de un incendio en el campo que estaba detrás de nuestras casas; saltarnos decenas de misas de domingo por hacer el bestia y cambiar botellas de cristal y latas de PVC en los kioscos, a cambio de algunas chuches…

<en cierta ocasión, participamos en la “épica batalla del montón de arena”, contra otra pequeña banda… Era un montón gigantesco, mi abuelo estaba remozando la casa, y por supuesto, nos pertenecía, aunque fuera solamente por territorios…al final, lo partimos en dos mitades, cada grupo haciendo el ganso a su manera…  Durante algún tiempo, los cimientos del chalecito aparecieron llenos de cemento con trozos de soldados quemados, tanques destrozados, pedazos de cristal, y alguna Barbie descabezada… Esos son unos buenos cimientos para una casa, llena de amor…

Y y tres días después, ni se recordaba el motivo de la disputa, ni quedada arena… Había sido devorada por una hormigonera…

En la otra vida, más o menos real, hacíamos el bestia durante las clases de gimnasia, cosas tan educativas como el fútbol para los chicos, fumar a escondidas,  y el “bádminton” para las chicas...

¿A quién demonios puede gustarle algo tan hortera como el “bádminton” en un instituto? Bueno... pues a veces, a los chicos nos gustaba si las jugadoras eran atractivas... porque casi siempre había una o dos “diosas” por cada clase, y el menor atisbo de piel no previsto, incluso el ombligo o la tira del sujetador… nos hacía soñar durante semanas… Sí, es algo que no ha cambiado, pero sí el comportamiento de los adolescentes, al menos los que he visto en el “Hotel Imperial” de Málaga…

Yo prefería cuando nos llevaban al teatro, al cine, a dar una vuelta fuera del colegio, incluso si nos llevaban a la Biblioteca, el cuarto de calderas, el de la temible máquina multicopista… o al gimnasio, cualquier ocasión era buena para estar cerca de “ella”... Sin importar de qué "ella" se tratase: sentirme enamorado era una de las pocas cosas que se me daban bien, y el mejor antídoto que conocía contra la soledad... Y si además, por una de aquellas casualidades del destino, “ella” aceptaba que la cogiera de la mano... era como pasar de gatito a tigre de Bengala en menos de siete segundos...

Recordemos una cosa: siempre he sido “infiel” de corazón; la única diferencia ha sido el grado de compromiso con la otra persona, y el alcance de la infidelidad... En mi estado civil, tendrían que poner "enamorado", o "enamoradizo"; y en cuanto a profesión, "soñador"... A los cuarenta años, aprendes un par de trucos, te "fidelizas" más o menos, y sobre todo, aprendes a disimular... aunque de vez en cuando, te traicionen los colores, o las palabras mueran en tu boca, o salgan atropelladas cuando te emocionas... porque el olor de una colonia te recuerda a alguien muy especial, y muy querido, pero que ya no está...

 O ciertas películas están preñadas de recuerdos de la primera a la última escena... Para Yolanda y para mí, la más romántica de todos los tiempos es “Estallido”… Sí, es cierto, la que habla de un virus maligno que llega a Estados Unidos y empieza a expandirse por una ciudad de pequeño tamaño… Ella cambiaría por completo mi vida unos años más tarde, y yo la suya… Pero eso requeriría un poco más de tiempo…

A los diez u once años, todo es mucho más sencillo, y a la vez, mucho más complicado: tienes novia, o no la tienes; y hacéis "de todo", o "nada de nada"; perteneces al bando de los "guays", o al de los "pringaos"; eres "fuerte" o "débil"... y si encima llevas gafas... y eres inteligente... te pasas muchas más horas metido en la biblioteca que jugando al balón prisionero o cualquier otra actividad igual de “educativa” en el patio... Sigo pensando que en los colegios y en los institutos, deberían fomentar más la convivencia entre chicos distintos, integrándolos en otros grupos, y tratando de evitar el aislamiento no deseado...

Quizás, por eso me sorprendió tanto mi fugaz historia de amor con Laura, la manera en que buscaba mi mano para volver juntos de la piscina, o realizar los pequeños desplazamientos por el colegio/instituto francés “Lycée Le Petit Nicolas” en el que estudiábamos... Su mano dentro de la mía... y en un par de ocasiones, rocé su cintura... o su brazo... "Me gustas porque eres listo...", aquellas fueron sus palabras exactas, y todavía me las trae el viento del atardecer...

¿Que si teníamos planes de futuro? A esas edades, el futuro no existe… No sé... creo que no... Pero yo la sentía como mi chica... y me acuerdo de ella cada vez que escucho “My girl”, la canción de los “Temptations”…

Sin embargo, no fue con ella el primer beso.
 Aquél solemne acontecimiento, con más miedo que otra cosa, tuvo lugar en el cumpleaños de un  presunto "amigo", meses después de la desaparición de Laura... No es que yo estuviera inconsolable, hasta el punto de darle pena a uno de mis enemigos tradicionales… Quienes me perseguían de vez en cuando por los pasillos y por el patio durante los recreos... Sin embargo, me invitó, como si fuera lo más normal... Yo no quería ir, no quería repetir los mismos esquemas... fuera del colegio… que eran una mala copia de los familiares, la famosa “retroalimentación”, que unas veces nos hacía desear ser invisibles, otras “Super-ratón”, y algunas, “Popeye”…

Pero fui... La casa era  enorme, un chalet de dos plantas, con piscina privada, sótano, garaje y un cobertizo para las herramientas... No recuerdo casi nada de aquella tarde, bastante tenía con evitar a los "malotes... Me refugié en un baño de la planta baja para no perder la costumbre; la cocina estaba llena de todos los alimentos que un niño pudiera desear (tarta de chocolate incluida); y el jardín, con el césped alto y bien cuidado... pero que me daba una gran alergia... La piscina estaba tapada con una enorme lona azul, lo que posiblemente me libró de una zambullida... Al margen de toda esta cantidad de lugares y distracciones, lo que recuerdo con más cariño es el cobertizo de las herramientas...

Nos reunimos en la pradera, cerca del cobertizo, sintiendo que todo tipo de bichitos y bichejos reptaban sobre nuestro cuerpo, e incontables mosquitos dando la lata...

¿Alguna vez has jugado a la botella? Ya sabes, el típico juego que se realiza con una botella de "Coca-Cola" de cristal vacía (las de “Fanta” no tienen el mismo “glamour”), y se hacen preguntas al azar, o se piden pruebas… Puedes dar una prenda, contar un secreto, decir qué chica (o chico) te gusta, cuál es la peor cosa que has hecho nunca... Era ya bastante tarde, casi las siete y media, y quedábamos muy pocos, entre otros, Antonio Velasco Ordoñez (el anfitrión), varios de sus amigos, dos o tres chicas... y yo... Era una de esas extrañas ocasiones en las que ni estaba enamorado, ni tenía muchas ganas de enamorarme (insisto, la desaparición de Laura me había dejado bastante mal parado)...

Nos sentamos todos formando un círculo, donde nuestras rodillas rompían la intimidad, sobre una superficie de cemento, que en verano se utilizaba para instalar la barbacoa… Las primeras rondas fueron "de prueba", con las típicas tonterías... Pero según se iban marchando algunos de los chicos más tímidos (creo yo me quedé como mascota y representante de la minoría silenciosa), resultó bastante evidente el objetivo del juego: besar a las chicas... La “imparcial” botella de la suerte, hábilmente manipulada por el maestro de ceremonias fue señalando parejas, que escogieron entre “secretos inconfesables”... o dar “el beso de la vida”...

Se llamaba Melissa Mungomba Franco, era una chica mulata, hija de un empresario de Zambia y de una mujer gallega... Yo la encontraba muy atractiva, con su peculiar aroma (su colonia llevaba algo de incienso), y estaba en la clase superior a la mía... Primero le tocó a ella girar la botella... y la mala suerte me escogió a mí, por primera vez en toda la noche... Nadie se pensaba, ni siquiera yo, que ella escogería algo distinto del "secreto inconfesable"... Pero lo hizo... "Prefiero besar a Ismael... puede ser divertido..."

¿Divertido? En aquél momento, yo debería haber reaccionado, ofendiéndome sobre todo, por la forma en que se refería a mí, casi con desprecio, esa cara de quien ha olido un beso de mofeta... Pero no hice nada, ni siquiera me dio ocasión, porque se encaminó al cobertizo, sin una palabra...

Me levanté, un poco asustado, y fui detrás de ella... Con sus doce años y medio y sus pequeños pechos (pero bastante más desarrollada que otras compañeras de clase) era la primera vez que estábamos juntos fuera del colegio, porque iba a un curso superior... Se cerró la puerta, estábamos solos... Yo me quedé con las ganas de decir algo inteligente, ya sabes, del estilo "Tienes unos ojos preciosos..." o bien "Tus dientes son como perlas..." Pero no... Estaba claro que Melissa tenía otras ideas...

Me empujó suavemente contra la puerta, al mismo tiempo que me ponía un dedo sobre los labios (creo que era el índice de la mano izquierda), y me decía "Hablas demasiado..." ¡Pero si yo no había abierto ni siquiera la boca! Y antes de conseguir defenderme, ella, abriendo un poquito los labios, me besó... Sí, es cierto, me besó Melissa, y fue uno de los ósculos más hermosos, brillantes y vibrantes de toda mi vida... Igual que en las películas de adolescentes, estaba demasiado ocupado intentando respirar... aunque por suerte, no se me empañaron las gafas...

No hubo nada más, que el larguísimo beso, algún fugaz atisbo de lengua, y su cuerpo se pegó al mío como una segunda piel… Al sentirla que tomaba el control, experimenté una extraña euforia... y mi corazón, por primera vez desde que se marchó Laura, estaba vivo... Salimos a los cinco minutos, con el típico corrillo de risitas, más por mi cara de alunado que por cualquier otra cosa... Nadie se esperaba algo tan largo… ni que ella se tomase el beso tan en serio…

 No me enteré del final de la fiesta: mi padre vino a recogerme, y regresé a la normalidad: estudio, estudio, estudio y poca o nada de diversión en el colegio... al margen de los paseos hacia el gimnasio y los campos de fútbol las horas muertas en la biblioteca...

¿Quieres saber si pasó algo más, después del hermoso y dulce beso? En un mundo ideal, Melissa me habría confesado su amor incondicional, la manera en que siempre le había gustado mi carita de niño bueno, mi discreción, pero que no se había atrevido a hacer ni decirme nada, porque yo la intimidaba... Y, por supuesto, nos habríamos besado más veces, en medio de una pequeña multitud de compañeros envidiosos, sobre todo, porque ella era "mayor que yo"...

Pues no... Ni hubo más besos, ni más abrazos, ni logré averiguar hasta hace poco tiempo el sabor de su chicle, que permaneció grabado en mi lengua... Coincidimos varias veces en el comedor, en la biblioteca… Ella se desarrolló muy pronto, a los trece ya era una mulata espectacular... Y todos los chicos de la clase seguíamos siendo, a los doce, unos niños...

Todavía sigo recordando su beso, el tacto de su lengua contra la mía, la tersura de su piel... El tiempo ha adornado la escena con otros colores, y olores: el aceite de la cortadora de césped, el leve olor de la piscina tapada; los productos de limpieza en el cobertizo; incluso la fragancia de la hierba recién cortada o del carbón en la barbacoa... También se añaden réplicas ingeniosas, manos que buscan algo en su espalda, el tacto de sus pechos a través de la blusa... Por supuesto, el tiempo se dilata, los cinco minutos se convierten en media hora, y de ahí, al "romance con una chica mayor" hay un solo paso...

Pero la realidad fue muy distinta, y mucho más previsible… Un par de semanas, es todo el tiempo que duró su cordialidad, pasado ese tiempo, “si te he besado, no me acuerdo”... Luego, como mucho una sonrisa en las escaleras… y después, nada…

Siendo ella quien había tomado la iniciativa, no volvió a dirigirme la palabra… Dos años después de aquél beso, se cambió a otro centro, para estudiar la especialidad de medicina... En todo el tiempo que estuvimos en el colegio, no volvimos a hablar, y mucho menos a besarnos... Y sin embargo, hasta el año mágico, no hubo una sola chica en mi vida digna de ser recordada. Me centré de nuevo en los estudios, la lectura, mis escasos amigos fuera del colegio… un burro con anteojeras… pero que aprendía mucho observando directamente la vida…

Durante mucho tiempo, estuve intentando descifrar el sabor de aquél chicle, quizás como símbolo o recuerdo del primer beso…  Compré muchos paquetes en el puesto de chuches de la plaza, y probé desde las cosas más ricas a las más asquerosas (os juro que había uno que sabía a vómito… y otro que se llamaba “Camel Balls”, o sea, pelotas de camello)…

Habría sido mucho más sencillo preguntárselo, es cierto, pero cuando se me ocurrió la idea, ella se había marchado al otro centro… Era una gama de sabores con un toque de picante, otro de especias, ligeramente ácido… He pasado muchos años buscándolo, incluso estando casado con Yolanda, y durante mis viajes por el extranjero… aunque mi dentista me tiene prohibido comer chicles por mi problema de la mandíbula (tengo los cóndilos bastante fastidiados) y yo mismo no soporte comer chicles…

Hace seis meses, por fin, lo he encontrado, entre las novedades del “Vip´s”: era el “Wriggleys doubble cynamon, classic flavour”… es decir, el de sabor clásico de doble canela, que llevaba casi diez años sin fabricarse en España… Al saborearlo, me sentí muy extraño, un involuntario regreso al pasado, lo escupí en la palma de la mano, y lo tiré en la papelera más cercana… Mi búsqueda había terminado después de treinta y dos años…

3. El sabor de las nubes de fresa.

Con siete años, descubrí el sentido de la palabra "infidelidad", y estuve sirviendo a dos amores, a dos amas exigentes: Eleonor... y Laura... Por supuesto, para la primera yo no era casi nadie, solo un niño, uno más entre su pequeña corte de sesenta enanitos que estábamos locos por ella... Bueno, quizás cuarenta y siete, porque las niñas la consideraban una rival inalcanzable, y en mi clase había dos "gays" muy majos, aunque por aquél entonces los llamábamos "raritos", y tampoco era un problema jugar con ellos...

Hace algunas páginas os he presentado a Eleonor, mi profesora de primaria.... Mas ahora, llega el momento de hablaros de Laura García Gómez... Hoy necesito el recuerdo de mil amores, para que no me duela tanto el corazón por no estar con Yolanda... pues ha tenido que viajar a Madrid, y me he quedado solo con Luis, Claudia, y los dos galgos adoptados, "Dartacán" y "Portos"...

Dulce noche, hazme soñar... con ella... Necesito recordar aquellos tiempos en los que todo era más sencillo, más puro, la emoción de robar un beso, en la mejilla, la dulzura de su voz de niña buena... y el brillo de sus ojos cuando me miraba...

Su melena, castaña muy clarita, que bajaba en suaves ondas hasta la mitad de su espalda, y su piel, tan blanca en pleno invierno, que parecía increíble aquella mutación a partir del mes de junio, con el más puro color a café con leche... Sus ojos, de un verde azulado iridiscente, hacían que mi mundo se estrechase tanto, que solo me fijaba en ella... Tal vez por eso me tropezaba con el alcorque de los árboles con cierta frecuencia, o con alguna de las sillas del comedor...

Sí, fue un extraño amor, hecho de presencias, diminutos roces, y muchas horas de silencio compartido... que tal vez fueran minutos... o siglos... Se trataba de aquél momento fronterizo de la infancia, en el cual no tienes muy clara la diferencia entre los sexos, y no conoces ni siquiera el significado de aquella hermosa palabra... que empieza por "A"...

 Los niños juegan en un lado del patio, las niñas en el otro; los unos, haciendo pequeños canales para impulsar barcos improvisados con palitos y hojas (desviando el chorro de la fuente, y haciendo presas de barro) y jugando a las canicas o a las chapas… o pegando balonazos contra una pared, para “entrenar” al portero (que bastante tenía con no ser fusilado)...  En aquellos años, no tenían “nintendos” ni “game boys”… el agua la bebíamos a morro (menos cuando había larvas de mosquitos) de la fuente… y la merienda era un bocata de chorizo o de cualquier embutido, y los privilegiados, media tableta de chocolate…

Ellas, se entretenían con las misteriosas actividades de las niñas pequeñas: jugar con muñecas, celebrar meriendas con viandas invisibles, y sobre todo, saltar a la comba o con la goma. La goma, misterioso instrumento de tortura, con el que les gustaba mucho desconcertar a los chicos, y ponernos en ridículo cuando alguno de nosotros quería participar, a la hora del recreo grande (después de la comida, y antes de las actividades de la tarde)...

Fascinación... No se me ocurre otra manera de explicar, ni con el paso del tiempo, el efecto que tenía en mí la pequeña Laura... ¡Y que no se te ocurriera llamarla Laurita, pues su derechazo era temible! Necesité varias semanas, hasta mediados de octubre, para acercarme a ella, mi habitual timidez no era el mejor acicate... La observaba, desde el otro lado del patio, durante los recreos: aunque nunca se me dieron bien las chapas, aquellas semanas marcaron el final de mi "carrera" como jugador profesional...

Las niñas, aquél gran misterio que me llamaba la atención... supongo que igual que a los demás compañeros de clase... La única diferencia era que yo me atrevía a sostener su mirada, a soportar el calor de sus ojos, en la distancia... Por desgracia, tenía que moverme rápido, pues otro niño apareció en el horizonte, un tal Pablito Gil Calvo, que además iba a su misma clase... y era más alto y más fuerte que yo...

Solo estábamos juntos en el patio, en el comedor, en la biblioteca, y durante las clases de natación, pues todos los pequeños compartíamos el vestuario... Nuestro colegio alquilaba varias mañanas por semana las instalaciones a otro centro... Se suponía que los  a los siete años, no nos fijábamos en las diferencias entre los sexos, y por eso nos ubicaban en un ancho pasadizo (la antesala a la piscina), con largos bancos de madera a los dos lados, y dejaban a la mamá naturaleza que se encargase de distribuirnos, bajo la atenta mirada de los monitores... pero nunca pasaba nada…

Lo más habitual era que las madres nos pusieran el bañador en casa, y que después de las clases, nos duchásemos y nos pusiéramos nuestra ropa interior seca, que llevábamos en las mochilas... en una alegre convivencia de niños semi-desnudos (algunos, desnudos del todo), haciendo la cabra loca, y persiguiéndose a toallazos por los bancos... mientras casi todas las niñas se agrupaban por clanes y se cambiaban con mucha elegancia… No lo sé, quizás fuera por la forma en que el pelo, empapado, le caía por la espalda, o por el brillo de su piel mojada bajo las luces de neón, la condensación... Aquella mañana del mes de octubre de 1977, decidí que hablaría con ella... aunque no tenía claros ni mis sentimientos, ni cómo conseguirlo...

Yo no era un paladín de cuento de hadas, ni tampoco destacaba por mi fortaleza o mi aspecto: era un chico del montón, de pelo oscuro, delgadito, y bastante tímido por añadidura... eso sin contar las gafas... Mi rival, Pablito, me sacaba media cabeza, y tenía el físico de un descargador de barcos de dibujos animados... y posiblemente la misma inteligencia... Mis únicas ventajas eran mi gran imaginación, mi afición a la lectura, y la capacidad de escuchar... Tal vez no pareciera mucho, pero era todo lo que podía ofrecer... y funcionó...
Lo planeé como si fuera una de las aventuras de "Los Cinco": observando con detalle su entorno, fijándome en los colores de ropa que le gustaban (odiaba el rosa y los vestiditos verdes que le ponía su madre los martes), tomando nota del tipo de chuches que le hacían brillar los ojos (las nubes de fresa) y me enteré de varias conversaciones, aprovechando mi excelente oído (que tanto me hace sufrir en las ocasiones sociales)... Empecé a acercarme, lentamente, a su grupo de amigas, mirando sus curiosos rituales de juego, incluso hice prácticas varios días en mi casa con la goma de saltar de mi hermana, sujetándola con varias sillas... y hostiándome como no podía ser de otra manera... derribando las cuatro sillas y un jarrón…

Y una mañana de martes, mientras compartíamos el vestuario las dos clases y que los profesores relajaban un poco la disciplina durante el trayecto (teníamos que recorrer varias manzanas, cruzando tres semáforos, pero siempre por la misma acera), me puse a su lado mientras esperábamos que se pusiera verde el semáforo y, tras llamarle la atención tocando levemente su mano derecha, pronuncié el discurso más importante de toda mi vida: "Hola... He visto que te gustan las nubes... ¿Las compartimos hasta el cole?", al mismo tiempo que le enseñaba la bolsa, que había escondido detrás de la espalda...

Mi dulce y tierna Laura... Fueron unas semanas y meses mágicos, únicos, irrepetibles, el primer contacto con miembros de la otra especie alienígena que puebla el planeta “Gaia”… las niñas... Seguíamos separados durante las clases, es cierto, ella en el grupo "B", y yo en el "A"... Pero los recreos nos pertenecían, aunque tuviéramos que mantener las apariencias de cara a nuestros amigos, siempre había algún momento para un leve roce, compartir una bolsita de chuches (por supuesto, yo invitaba... gracias a la financiación de mi abuelo...), bajar juntos la escalera desde la primera planta, y los ratos de esparcimiento en el agua cálida de la piscina... Mejoré bastante gracias a ella: me hacía nadar para alcanzarla, en los minutos que nos dejaban para jugar... me enseñó a bucear… y quizás compartimos el primer beso de burbujas en la piscina de sus padres…

Por supuesto, en primavera "lo nuestro" era ya un secreto a voces, y quitando una pelea con Pablito, que se saldó con un ojo morado (el mío), y uno de los famosos alzamientos de D. Javier: esta vez sí que le crecieron las orejas al maleante... y el típico coro de risitas de las niñas, celebrando su pública humillación.... Creo que fuimos bastante felices: nuestros padres nos llevaron varias veces al cine, recuerdo una de Disney, "Un candidato muy peludo" (se me quedó grabada la fórmula: "in canis corpore transmuto"), y aquella semana santa, cuando las dos clases pasamos unos días en una granja escuela... Pablito no apareció... aunque yo me había pertrechado con unas cuantas bolsas de polvos pica-pica... conseguidas de contrabando...

El contraste con nuestra vida de urbanitas no podía ser más grande, los inmensos campos verdes con valla de alambre de espino, el mugir de las vacas y sus inmensas cagadas (o bostas) en medio del camino, la brisa entre los árboles, los mil y un reflejos del sol en el cabello de Laura... Todo eran actividades conjuntas, en las que participábamos varias clases, y casi siempre pude formar equipo con ella…

Nos encantaba lavar la ropa en el viejo lavadero del pueblo, esas pastillas de jabón “Lagarto”, porque solo podíamos usar productos ecológicos, para que las vacas, cuyo abrevadero estaba cerca y en el que terminaban nuestras dosis de espuma, no se pusieran malas (debían de ser las cuadrúpedas con el colon más limpio del mundo)… Un par de veces nos “escapamos” con una manta al prado tras el albergue, para dormir la siesta juntos… como casi todos los niños, dispuestos en ordenadas hileras, pero lo bastante lejos para aunque los profesores y monitores lo sabían perfectamente, y nos vigilaban desde una ventana del desván… para mantener esa “magia” tan especial, que deriva de la ilusoria intimidad…

De noche, el mundo cambiaba, era un lugar mucho más oscuro y amenazador, pero también con sus cosas buenas: el crepitar de la chimenea por la noche, las voces de los monitores al contar viejas leyendas, como "El arroyo del retorno", el inevitable sonido de las guitarras, y los grillos y las cigarras, que cantaban, estoy seguro, nuestra historia de dulce, tibio e inocente amor...

Volvimos a Madrid... Empezaron los calores de la primavera... Después de clase, ella se vino un par de veces a mi casa, que estaba cerca del colegio: a veces, su madre no podía ir a buscarla por temas de trabajo, y su padre estaba en cualquier parte, con sus proyectos de ingeniería... Y para mí, aquellos ratos, con Laura, en mi casa, en mi cuarto, haciendo garabatos, o soñando con los ojos abiertos en cualquier futuro, eran lo mejor de toda la semana, del mes, y del año... Mi madre nos daba de merendar, y si queríamos, nos tumbábamos en el salón a ver una peli de niños, bajo la atenta y cómplice mirada de mi abuelo... Muchas veces Carmen, mi hermana pequeña, se unía a nosotros, y parecíamos los tres mosqueteros, acechando un montón de chuches... pero intentando saborearlas…

Un par de sábados a mediados de mayo, sus padres me invitaron a ir a su casa... Casi una hora antes de la pactada para la recogida, yo estaba en la escalera, sentado sobre mi bolsa de deporte (incluyendo otro alijo de nubes), releyendo un libro de Salgari (¿"Los tigres de Mompracem"?)... Llegó Manuel, su padre, con su “Mercedes”… Me gustaba aquél coche, con olor a tapicería de cuero, y por supuesto, libre de tabacazo (mi padre era un fumador empedernido…)

Su casa estaba en “La Moraleja”, lo que parecía casi otro mundo… y era enorme, al menos, para un niño pequeño... Su padres nos dejaron solos en el jardín, cerca de la piscina, bajo la atenta y divertida mirada de su madre… quien se reía al vernos tan juntos, tumbados en el suelo, haciendo la digestión tras la merienda… Mientras yo continuaba con Salgari, Laura leía uno de mis libros recién comprados sobre la toalla: “Los cinco y el páramo misterioso”, de Enyd Blyton… Por supuesto, no tuvo tiempo suficiente para acabarlo (hicimos muchas más cosas aquél día: acechar caracoles, mirar hormigas, jugar con una gran pelota roja, disfrutar del calor en nuestra piel), y se lo presté hasta el mes de septiembre... El sol, el agua fresca, pero sobre todo, el estar con ella, disponer de toda su atención, de todo su cariño, hacer el ganso (nunca mejor dicho) en la piscina se convirtieron en lo mejor del verano... También fue la primera vez que la vi con su bikini de margaritas (en las clases de natación del colegio, todas llevaban bañador de cuerpo entero), y su ombliguito me volvió loco...

Se aproximaba el final del curso, Laura y yo pensábamos con ilusión en el verano, el tiempo libre, los amigos, la playa... Es cierto, cada uno por separado, ella en Santander, y yo en Cullera... pero nos bastaba con estar juntos en el pensamiento, mirar el cielo, hacia la Estrella Polar, y la distancia dejaba de ser importante, pero creo que al final, ella también se enamoró un poquito de mí... Al despedirnos, una soleada tarde de junio, el último día de clase, me besó, en la puerta del colegio... Sus labios, con esencia de nubes de fresa y tan dulces como el azúcar, se posaron sobre los míos... Yo la abracé, con un poco de torpeza tal vez, y volví a besarla, con uno de aquellos besos de película (versión niños), incluyendo un leve atisbo de lenguas que se encuentran, y un pelín de saliva... Nada ni nadie parecía existir, más allá del espacio comprendido entre mis brazos, y el mundo entero no tenía importancia... Curiosamente, no se formó ningún corrillo, nadie se rió, ni siquiera Pablito… porque todos teníamos bastante prisa en comenzar “oficialmente” el verano…

Cuando nos separamos, con su maravillosa melena refulgiendo al sol, su vestido de verano de algodón de color crema con algunas flores de color azul, su piel ligeramente tostada, noté un súbito dolor en el corazón, por no verla en todo el verano, y fue la primera vez en toda mi vida que las puertas del colegio me sonaron como las de una cárcel, dejando en su interior tantos buenos recuerdos… No hubo ningún presentimiento, ni corrientes de aire frío que me envolvieran cuando la vi marchar, de la mano de su madre... pero algo había pasado...

Yo me fui de vacaciones con mi familia, el mes de julio en Canillejas, y agosto en Cullera... y durante aquellas noches de calor y mosquitos, escogiendo solo entre los ronquidos de la familia para no poder dormir,  cuando sentía la nostalgia de mi dulce Laura, miraba la Estrella Polar (aquél había sido nuestro pacto), y pensaba en ella... Pasaron julio y agosto, renové mi compromiso con las aguas del mar, hice infinitos castillos con mi hermana y otros niños, nadé bastante, leí mucho, y mi padre nos llevó más de una vez a mi hermana y a mí como si fuéramos pequeñas alfombras bajo sus brazos, con tal de llegar a tiempo a la sesión que nos gustaba del cine al aire libre… el olor a chorizo frito y la grasa caliente, los crujidos del pan… Según se acercaba el mes de septiembre, mi ilusión se agigantaba: dentro de pocos días, volvería a verla, a “mi” Laura, y le daría una bolsa llena de nubes, que compraría la víspera del gran momento, para compartirlas con ella...

Lunes 12 de septiembre de 1978: solemne apertura del curso escolar... Todos los niños, con sus padres, en perfecto orden de revista en el patio del colegio, a las ocho y media de la mañana... Todos con mochilas nuevas, libros aún más nuevos y recién forrados, y el equipo indispensable para los recreos: peonzas de madera, las omnipresentes gomas para saltar, las combas, algún "frisbee", escuadrones de nuevas y relucientes chapas con los colores de equipos de fútbol pintados a mano, o con los nombres de ciclistas, para jugar al "Giro de Italia", incontables canicas de cristal con misteriosos torbellinos de colores atrapados en su interior, los peligrosísimos y cotizadísimos "boloncios de acero" (en verdad, rodamientos de los coches), auténticos asesinos de canicas...

Casi todos estábamos contentos de volver, unos por jugar con los amigos, otros por aprender cosas nuevas, alguno de ellos por leer cosas nuevas, aunque el principal motivo de mi inquietud tenía nombre de mujer… Todos contentos, menos los más pequeños, a cuya categoría por supuesto no pertenecíamos, porque con ocho años, éramos unos profesionales de la educación, y ya no llorábamos ni pataleábamos como el curso anterior, tampoco nos lanzábamos al suelo de adoquines ni volcábamos el contenido de nuestras mochilas al separarnos de nuestras madres...

Pasaron los minutos, mientras la directora pronunciaba un pequeño discurso inaugural (el mismo que todos los demás años, casi con la misma entonación… en 1988, me lo conocía casi de memoria) y las profesoras y profesores iban recorriendo las filas, con paso mesurado... y todavía lo recuerdo en parte:

Queridos niños y niñas de todas las edades: hoy comenzamos juntos una nueva aventura, un nuevo sueño… Es el momento del cambio, y puede convertirse en el año más importante de vuestras vidas: algunos encontrarán el amor, otros la estabilidad, las viejas amistades podrán renovarse, y también surgirán otras nuevas. Pero nunca debéis olvidar una cosa: la enorme suerte que tenéis de de poder estudiar en el “Lycée Le Petit Nicolas”… y tampoco que el futuro se labra a golpes de presente…”

A las nueve en punto, llegó el momento de entrar en el edificio, para comenzar una nueva aventura...

 Mi madre me observaba, apretando suavemente mi mano... "¿Estás bien?", me preguntó, algo inquieta...

¿Y qué le iba a decir yo... cuando Laura no había venido, aquél primer día de clase?¿Que estaba preocupado por ella?¿Que tenía un mal presentimiento?¿Que necesitaba volver a verla?¿Que mi corazón latía, desbocado, por ella? Muchas de aquellas palabras no las conocía entonces, pero ahora, me vienen de forma natural a la punta de los dedos...

Laura no volvió al colegio, ni aquél día, ni ningún otro... Se esfumó... Mi madre preguntó a la directora, unos días más tarde, "porque no hay otra forma de que te quedes tranquilo, ¿verdad?"... La esperé en la puerta del despacho...

Le dijeron que habían trasladado a su padre a otra ciudad de Europa (creo que a Berlín o a Berna), él era un prestigioso ingeniero de obras públicas, y su empresa, una multinacional centrada en autopistas, carreteras, viaductos, necesitaba sus servicios... Y por supuesto, se había llevado a su familia, incluyendo a "Chester", su gato rubio... y a su hija Laura...

Nunca comprendí que se fuera sin despedirse, sin mandarme una nota, una postal, porque yo no he cambiado de dirección durante muchísimos años... Ni que me dejase tan solo, con tantos recuerdos, y tantos sueños sin cumplir... Jamás terminé "Los cinco y el páramo misterioso", aunque mi padre se ofreció a comprármelo de nuevo (y todavía sigue faltando en mi colección)... Me sentía traicionado, triste, y tan solo, sin ella...  No comprendía que se hubiera marchado de esa manera, que se olvidase de mí, de su más rendido admirador…

Le mandé una carta a su antigua casa, mi madre me ayudó a pasarla a limpio, porque siempre he tenido muy mala letra... Era el mensaje de amor de un niño solitario, entristecido por su ausencia, y que durante muchos meses había estado viviendo solo bajo la luz de sus ojos… Era la última esperanza de recuperar lo que tal vez jamás hubiera tenido que sentir, el lamento por el abandono y el olvido…Ella sigue afirmando que fue una de las cartas de amor más hermosas que jamás había leído... Me la devolvieron un par de semanas después, con el membrete de "Se ausentó sin dejar señas"... y aquello me partió, al menos durante unos meses, el corazón... porque me sentí utilizado, prescindible, para no merecer ni siquiera una triste postal…

La he buscado, ¿sabéis?... Sobre todo en internet... He pagado las típicas cantidades que te exigen por acceder a los expedientes completos... pero sin las fotos (que de todas formas serían recientes, y si yo he cambiado en estos años, ella con más motivo), no tengo mucho que hacer... Además, llamarse Laura García Gómez tampoco ayuda mucho...

¿Te imaginas, por ejemplo, mandar una invitación de amistad a todas las Laura García Gómez que puedan aparecer en el "facebook" o en “twenty”, con un mensaje? "Querida Laura, es muy posible que ya no te acuerdes de mí, pero soy Ismael Rodríguez Márquez, el niño de siete años que se enamoró por completo de ti en el colegio/instituto “Lycée  Le Petit Nicolas” en Madrid, pero el destino nos separó, y te fuiste sin dejar dirección... Te he estado buscando muchos años de mi vida, pero sin suerte... Si por casualidad eres "mi" Laura, por favor, responde a mi mensaje..."

Mandarlo no sería lo peor, ni mucho menos... Lo peor sería que me respondiera... Que por una de esas casualidades extremas de la vida, la encontrase... y que le apeteciera verme... y mucho más, que estuviéramos viviendo en la misma ciudad, o al menos, cerca... ¿Y si no le gusto... que no en vano, estoy más gordito, un pelín calvo, y mucho más cansado que en aquellos meses felices? ¿Y si es ella quien no me gusta, porque se haya convertido en una matrona pasada de peso? ¿O mucho peor, si no tenemos nada en común, incluso nos caemos mal? Eso, sin contar con que tengo mi vida con Yolanda, con nuestros hijos, y con nuestros galgos consentidos... y que con ella, soy feliz...

Quizás sea mejor dejar las cosas como están... Tardé muchos años en volver a comer nubes de fresa, sin notar el sabor de las lágrimas en mi garganta...

Aunque tal vez, aquella sea la “madurez”… olvidar sueños, personas, esperanzas, para evitar que se te parta el corazón sin demasiado motivo…

En el fondo, solo me gustaban…. Porque eran su pasión secreta… y yo ansiaba tanto estar de nuevo a su lado… y no sentirme solo…

Todavía lo siento, esa congoja, ese regusto ácido en el fondo de la garganta, esas ganas de llorar por la pérdida de quien jamás has tenido a tu lado…Y sigo sin poder comerlas… Mucho menos tostadas al fuego…

Añoro mucho más otras cosas, como el primer beso robado de los labios de Claudia, usando un cachito de nata que se resbalaba por su mejilla mientras compartíamos unas crepes… o el sabor del “Ketchup” de sus labios…. Y por encima de todos, el de las fresas con zumo de naranja que tanto le gustaban a mi Yolanda, a todas horas…  No me arrepiento, son cosas que forman parte de mi vida. De mis recuerdos. De aquello que me hace mejor o peor persona… De todas las cosas grandes y pequeñas que me arraigan con mi pasado, y con la esperanza de un futuro que se encarna en los ojos de Yolanda, de Luis y de Claudia, y de nuestros dos galgos adoptados… Y por supuesto, de los amigos que compartimos y que nos separar (ese dichoso “Unicaja,”, cuando pierde)… Y mis dos pequeñas familias…

No hay nada más…

2. Eleonor y los 60 enanitos

Muchas veces, tu vida llega al punto de inflexión, al momento preciso en que una concatenación de circunstancias que  cambia para siempre tu destino... Para mí, fue aquella primavera de 1995... Quizás por eso, me apetece recordar nuestra historia... y la de aquellos amores que vinieron antes, y sin los cuales, nada sería igual...

Yolanda... El más dulce de todos los nombres de mujer sobre la Tierra... los ojos que me robaron corazón y alma la primera vez que nos vimos, con el sol del ocaso aureolando su silueta en bañador... Yolanda... que me hace estremecer, aunque nos veamos todos los días, y reconozca parte de ella, y de mí, en nuestros dos hijos... Yolanda... la mujer a quien le debo incluso más que la vida... porque me salvó, hasta de mí mismo...

Soy una persona enamoradiza, es cierto, siempre lo he sido... “está en mi naturaleza”, como le dijo el escorpión a la rana sobre cuyo lomo cruzaba el río… Todavía recuerdo mi primer amor, imposible como en todos los cuentos de hadas... Se llamaba Eleonor García Castaño, estaba casada con Javier Aragoneses López... ella daba clases en parvulitos, y él en primaria y secundaria... Quizás mis sentimientos hacia ella eran los normales en un niño de mi edad, cada vez que me cogía la mano para subir la escalera hasta el aula, pero yo me sentía el rey del mundo... y de parte del Universo... Casi siempre he tenido buen gusto con las mujeres, y estas tendencias no han cambiado...

Mi madre todavía comenta con las amigas cierto viaje en el Metro de Madrid, cuando yo no tendría más de cinco o seis años... El vagón estaba muy lleno, yo necesitaba agarrarme a algo... y solo se me ocurrió colocarme estratégicamente al lado de una chica altísima, de unos veintipocos años, y abrazarme a una de sus largas, larguísimas piernas (dicen que llevaba minifalda, pero yo no lo recuerdo), al mismo tiempo que levantaba la mirada hacia mi madre, y le decía: "¡Qué piernotas!" La chica primero se puso roja como un tomate... pero después siguió la broma, respondiendo:"Desde luego, el niño promete..." La carcajada, en todo el vagón, fue monumental

Eleonor... Imagínate la melena más negra que pueda existir en el Planeta, que le caía, perfecta y exquisita hasta más de media espalda, y con un flequillo cortito, que a veces se apartaba de la cara soplando... Sus ojos eran negros, como una noche sin luna ni estrellas (o como el típico gato negro en mitad del pasillo, en plena noche)... Su tez era ligeramente olivácea, con lo que lucía todo el año un ligero bronceado... Su nariz era pequeña, respingona, proporcionada... Sus mejillas tenían la suavidad del terciopelo, o de la piel del melocotón (lo sé, porque la besé unas cuántas veces...); y sus labios eran jugosos, seductores, muy parecidos a los de Angelina Jolie, pero en versión mujer carnal... Sus pechos eran perfectos, de mediano tamaño, equilibrados (ahora, creo que su talla era la 90-B), sus brazos, largos, interminables, llenos de vida, y sus manos, largas y delicadas, podían con un simple aleteo hacer soñar a toda una clase de vándalos...

Por supuesto, de otros aspectos de su cuerpo, auténtico manjar de dioses, solo me enteré años más tarde, cuando los chicos nos empezamos a fijar en "ciertas cosas", aunque ya solamente nos quedaba el recuerdo y varias fotos... Para mí, encarnaba la mujer perfecta... nalgas firmes, piernas exquisitamente torneadas, y pies algo pequeños, pero lo compensaba utilizando botas de alta montaña el invierno, y una amplia variedad de calzado en primavera y verano, incluyendo sus prodigiosas "sandalias Cleopatra" (al menos, así las llamábamos los niños), y en un par de ocasiones el primer año se puso un vestido corto blanco de algodón egipcio... y jamás la he visto más hermosa...

Es cierto, nos separaban unas cuantas cosas "sin importancia"... Que ella fuera mi profesora de parvulario, la diferencia de edad (¿pero qué son veinte o treinta años, para un niño enamorado?), su marido... Es cierto, en el mejor de los casos, jamás me vería como otra cosa que un hijo... pero me bastaba con estar locamente enamorado... Otro pequeño inconveniente era... su marido, Javier Aragoneses López, un auténtico coloso, que como todos los profesores del colegio/instituto privado “Lycée Le Petit Nicolas”, cumplía con sus turnos de vigilancia del patio... ¿Cómo explicar esa sensación, de ser levantado en volandas, cogido por las orejas (y por la barbilla), para encontrarte suspendido a casi dos metros por encima del suelo (es decir, un metro y medio desde los adoquines hasta tus pies), y mirando fijamente unos ojos gris acerados?

Corría el año 1976, y en aquella época, con las penurias alimenticias y las carencias heredadas, los españolitos medios eran del tipo Alfredo Landa o Pepe Isbert (magníficos y añorados actores): bajitos, cejijuntos, pelo negro, y con boina... Por eso, Javier Aragoneses López, "Don Javier" para sus amigos y "Señor" para los alumnos, destacaba: eran dos metros y diez centímetros de puro músculo, el pelo corto y rojo, los bíceps muy marcados, unos hombros de un metro y medio, con una fuerza descomunal, y una inteligencia brillante que demostraba con sus clases de física y matemáticas en los niveles superiores... Se dice, se comenta, se rumorea, que en la intimidad, jamás hubo marido más pendiente de su esposa (aunque solo fuera por su hermosura, lo comprendo...), ni padre más justo y recto con sus hijos... Quizás en estos tiempos se habría podido ganar la vida como jugador de baloncesto, pero él siempre escogió un deporte de reyes: la esgrima... con sable, en vez de florete…

Pero regresemos al colegio... Nadie podía olvidar aquél vuelo hacia arriba y sin motor, sujeto en apariencia por las orejas, y con los pies pataleando tan lejos del suelo... Con una sola vez, en toda tu vida, basta... y aprendes a portarte bien, a no armar lío en el patio... y dicen las malas lenguas, que a los reincidentes, los lóbulos de las orejas les crecían varios milímetros... Eran otros tiempos, insisto, cuando los profesores eran respetados por los padres y los alumnos, pero no había mucho problema en levantar la voz en clase para callar a los más díscolos: una simple mirada era suficiente... Todos sabemos lo que pasa ahora en muchos  colegios e institutos, ¿verdad? A este paso, los bancos van a modificar los tipos de las hipotecas, y de los seguros, por ser profesor... es decir, colectivo de altísimo riesgo...

Eleonor... Por mucho que nosotros fuéramos niños puros e inocentes (al menos, eso se suponía), se daba perfecta cuenta del efecto que tenía en los "varoncitos" de la clase... Salvo dos compañeros "gays", todos los demás le habíamos entregado nuestro corazón... Típicas caras de arrobo, bebiendo sus palabras, siguiendo el menor de sus gestos, imaginando el palpitar de su corazón a través de las blusas de gasa, refrescándonos con el aleteo de sus pestañas... Y cuando cogía la guitarra, y se ponía a cantar... Lo de menos era el idioma...
¿Cómo explicarlo? A veces, en los corrillos que formábamos en el patio del colegio, diseñábamos todo tipo de estrategias, para acercarnos a ella, y estar, aunque fuera unos segundos, a su lado... El más extremista era Bautista Del Castillo Olivo, que no dudaba en tirarse en plancha por la escalera (de tres peldaños) de la biblioteca, si era Eleonor quien realizaba la guardia de patio...
Igual que todas las madres de aquél entonces, pensaba que era mucho más curativo el poder de un beso en la frente y un soplidito en la zona afectada... y grandes dosis de agua oxigenada y de gasa... Por eso, cada vez que uno de nosotros se caía, se ponía a llorar de mentirijillas, todos los demás les acompañábamos a la puerta de la enfermería donde, en la intimidad vigilada por doña Matilde Vázquez Pérez (la enfermera y cocinera titular), nuestro compañero recibía aquél beso, y aquél soplido, por el que todos los demás suspirábamos... generando quizás un huracán en el Caribe…
Supongo que ninguno de sus rendidos admiradores se molestaba en pensar que ella estaba casada, que su marido era nuestro profesor y al mismo tiempo nuestra mayor pesadilla, y que treinta años consistían en una enorme diferencia... Nuestra mayor obsesión era crecer lo más posible, lo más rápido, trabajar en cualquier cosa (pero mejor de astronauta o de piloto de carreras), y poder casarnos con ella, y estar juntos, viendo la tele, la puesta de sol... o cualquiera de esas cosas que hacen los "mayores" y de las que, por supuesto, no se hablaba nunca a mediados de los años setenta...  Vale, no vamos a decir que todavía creyéramos en los repollos y otros vegetales como portadores de los niños, pero estudiando en un colegio francés y que los trajera una cigüeña desde París, tampoco nos parecía la idea más absurda…
Al cumplir doce años, me llevé el mayor disgusto de toda mi vida sentimental... Eleonor y su marido dejaron el colegio, dicen que para trabajar en un centro más grande... pero en todo caso, nos quedamos huérfanos...
Eleonor, un ángel entre sesenta enanitos (treinta y siete, si no contamos a las niñas y a los dos compañeros “gays”), locamente enamorados de ella... El más imposible de todos mis amores imposibles... La primera vez que me enamoré “hasta las trancas” (como diría Borja), sin conocer el significado de la palabra “amor”…
Hace algunos años, volví a verla, durante la típica reunión de antiguos alumnos... y llegué a la conclusión de que ella había realizado un pacto con el diablo... Estaba incluso más hermosa que en mis recuerdos más febriles...
 Llevaba un vestido negro, que dejaba su espalda al descubierto, unas sandalias tipo "Cleopatra", los labios ligeramente  pintados, y el mismo perfume que hace treinta años... Tuve ganas de tropezarme, hacerme daño con algo, no sé, incluso arañarme un dedo... para que ella me quitase el dolor con un beso... Se me adelantó Bernardino Sanz Igual, quien se lanzó en plancha a sus pies, pensando que nada había cambiado en su cuerpo... y tuvo que salir del salón de baile en ambulancia... con una rótula dislocada… Es evidente que el tiempo no pasa en balde
Y fui yo el afortunado caballero andante: la pude tomar entre mis brazos y bailar un par de canciones lentas, bajo el brillo de las luces reflejadas en las bolas de cristal... Yo iba con mi traje de chaqueta gris marengo, corbata azul a rayas y camisa azul pálido, la barba recién arreglada, un atisbo de “Loewe pour homme”, y lo más extraño, mientras la tenía entre mis brazos, incluso mis dos pies izquierdos se pusieron de acuerdo… Por un momento, me olvidé de todo: el paso del tiempo, que ella era mi profesora, que yo no tenía otra vez ocho años…
Pero lo más importante es que  pude decirle que era la mujer más hermosa que había conocido en toda mi vida... Ella se rió muy suavemente, recibí una caricia de su mano, y dos besos, uno en la mejilla, y el segundo en los labios, por el que casi tienen que reanimarme…
Su marido tampoco había cambiado: los mismos músculos y la misma altura, y la mirada acerada que más he temido… y todavía en aquél momento, me sacaba sus buenos veinte centímetros de altura, lo que no dejaba de ser intimidante… y nos vigilaba, a todos los privilegiados (seis en total) que pudieron bailar con ella durante algunas horas…
            Creo que tuvimos mucha suerte por convivir con una diosa cuando éramos tan jóvenes, y tan influenciables; de poder contemplar la expresión de la belleza y la ternura más absolutas… Eleonor fijó, de por vida, mis cánones de belleza… Y todavía sonrío al recordar que una mañana de martes, todas nuestras compañeras de clase habían convencido durante el fin de semana para que les cortasen el pelo exactamente igual que ella, y también se vistieron de blanco… Todavía conservo, en lo más profundo de mis archivos, una copia de aquella foto de Eleonor rodeada de sus treinta y siete “mini-yos”, sentada en un banco del patio…

lunes, 11 de julio de 2011

77: Una reunión informal…

         Si he aprendido algo de mi estancia en Japón, es precisamente que no existen reuniones informales, es un concepto que no cabe en su forma de ser, sobre todo, en el mundo de los negocios. Te reúnes con alguien si necesitas que te informe sobre algo, o bien si tú tienes algo que contarle… No es una cultura como la nuestra, amante de las sobremesas dilatadas… y cuando se quieren relajarse o divertirse, tienen formas propias de hacerlo… Por eso, cuando le recibí en la puerta de nuestra casa, en su reverencia y en su mirada intuí que iba a ser una de “aquellas reuniones” de capital importancia… Se descalzó, y después de saludar a Yolanda y a Luis, me acompañó a la biblioteca, donde ya tenía preparadas dos botellas de agua mineral (pues el agua de la ciudad, siendo potable, no tiene el mejor sabor, aunque consigue una fantástica paella y un café de gran calidad)… Fue un momento tenso, los dos nos quedamos de pié, dudando cómo sentarnos: en un despacho, es sencillo, la persona que viene a visitar se sienta en un lado de la mesa, y el anfitrión, en otro, incluso si existe una diferencia de grado entre los dos. En mi caso, Kenji Watanabe siempre había sido mi superior jerárquico, mi mentor y mi entrenador… Pero la intensa formación recibida, de la que había sido bien informado, y el hecho de ser el transmisor de las últimas tácticas y consignas de la corporación, unido a que estábamos en mi casa, complicaba ligeramente los roles…



         Menos mal que tenía prevista la situación, y le indiqué dos sillones de orejas, situados detrás de una mesa baja, sobre la que había colocado dos carpetas con mi informe preliminar, y una gran pizarra por si precisábamos hacer algún tipo de gráficos. En cuanto estuvimos en el despacho, comenzamos a hablar en japonés, y me dijo “¿Sabe usted, Ismael-sama, que tiene el acento de un nativo?” Aquél fue el mejor cumplido que me pudo hacer…



Estuvimos trabajando casi tres horas, hasta que Yolanda se acercó a preguntar si nos apetecía algo de comer, y como estábamos hambrientos, asentimos. Veinte minutos más tarde, nos trajo un surtido de “sushi” y de “sashimi”, una pequeña botella de sake y dos juegos de palillos… Seguimos trabajando incluso durante la cena, y cuando Yolanda regresó para retirar los cubiertos, Kenji Watanabe le dijo: “¿Me podría decir el servicio de catering al que ha recurrido? Era un “sushi” y un “sashimi” excelente…” Y ella le respondió: “Cuando quiera volver a cenar en nuestra casa, será para mí un gran placer preparárselo de nuevo… Con tantos meses lejos de mi marido, he tenido tiempo de aprender a cocinar algunos de sus platos favoritos…” Tras unos segundos de silencio, me preguntó: “¿Te importaría si un par de días, la invito a cocinar con mi esposa?”



El asunto quedó pendiente, aunque ayudamos a Yolanda a llevarlo todo a la cocina, y seguimos trabajando un par de horas más. Yo no estaba demasiado cansado, pero de todas formas, al ser un contacto preliminar, y disponer de todos los informes que yo le había ido enviando con la doble encriptación, estábamos bastante al día… En el último momento, cuando ya recogíamos los informes y borrábamos la pizarra, me levanté, y le entregué un estuche de madera labrada… Creo que intuyó el contenido, porque a su pesar, una sonrisa tímida se asomó en su rostro…



Al abrir la caja, sobre un lecho de seda roja, se encontraban los dos letales abanicos de combate de color negro… que en la aduana consideraron elementos decorativos… Kenji Watanabe los tomó en sus manos, y con un diestro giro de muñeca hizo asomar las letales hojas de espada, convirtiéndolos en formidables armas de defensa… “Perfectamente equilibrados, obra de Ishogure Taganawa, primer tercio del siglo XX… ¿Cómo has sabido que yo coleccionaba este tipo de armas, y que estaba interesado en una de ellas?” A lo que yo respondí: “En ocasiones, las palabras traicionan nuestros deseos…”, pues hace casi dos años que me había comentado su interés por aquél tipo de arma… y yo había aprovechado algunas tardes más o menos libres para localizarlos, primero por internet, y luego en las tiendas físicas… Es cierto, me salieron bastante caros, casi tanto como el conjunto de todos los demás regalos que traje para la familia, pero se notaba que mi colega estaba muy satisfecho con ellos… aunque aquella noche no me hizo una exhibición de su letal utilidad… Le enseñé la armadura que me había comprado, y alabó su calidad, salvo que me aconsejó modificar el acolchado del casco o ponerme un gorro de esquí, porque era una talla más grande que la mía… Nos despedimos con una reverencia, y me comentó que tendríamos una reunión la tarde siguiente, para comer con el resto del equipo, repartir los informes resumidos, y que después podía considerarme de vacaciones hasta el día siete, a punto para nuestro combate inicial…



Lo que no le comenté es que a mí, ahora, al filo de la medianoche, me esperaba un nuevo “combate cuerpo a cuerpo”… contra Yolanda… en cuanto lográsemos acostar al torete de nuestro hijo, quien se atrincheró bajo la mesa del comedor… y tuvimos que sacarle utilizando un par de onzas de chocolate como cebo… Le conté una de las historias de mi abuelo, sobre los tres hermanitos que salieron de la ciudad para buscar el amor… y se enamoraron de la misma mujer… sin saberlo…



Se durmió cerca de la una de la madrugada, lo que no me extrañó demasiado, porque fue un día muy estresante para todos, volver a casa nunca es fácil cuando tienes un hijo tan pequeño… pero lo es mucho más, cuando has tenido que dejar en Málaga a la mujer de tus sueños… y de tus realidades… Lo único que deseaba era verla, estrecharla entre mis brazos, besarla, hundirme una y mil veces en sus ojos marrones, y sentir que había regresado a casa… Es cierto, el cuerpo de las embarazadas cambia mucho, sobre todo entre los cinco y los nueve meses, pero Yolanda, con sus seis meses y pico, estaba bellísima… Desapareció unos minutos en el cuarto de baño, y luego la escuché decir: “¿Te importa frotarme la espalda?” Se había metido en nuestra “ducha de pareja”, de plato grande y alcachofa central, tenía su larga melena empapada y con algunos restos de espuma, y el cuerpo brillante por el agua… Le pedí que esperase un minuto, y me desnudé en nuestro dormitorio, porque necesitaba sentirla entre los brazos, olvidarme piel contra piel de todos aquellos días que había pasado lejos de ella, de los tres meses lejos de sus labios…



Como si estuviéramos jugando a policías y ladrones en versión sexy, la hice apoyarse contra la pared, abrir ligeramente las piernas para que estuviera cómoda, y le enjaboné a conciencia la espalda… y la aclaré con la alcachofa de teléfono… y luego, con las manos desnudas, le enjaboné de nuevo la parte delantera, centrándome en sus pechos y su vientre… Me arrodillé a sus pies, dejando que el agua caliente se llevase toda la tristeza acumulada, imaginando que aquella criatura en su interior notaba mi presencia… y quizás por una de aquellas casualidades de la vida, noté claramente una patadita… a la que respondí con un beso… Yolanda me hizo levantarme, apagó la ducha, y salimos los dos… Con el mayor de los cuidados, la sequé muy despacio con la toalla de algodón blanco, y después me sequé yo…



Deseo…. Y algo más… ¿Ansias de posesión? ¿Hambre atrasada, como diría un amigo, o la simple reacción de dos amantes que se encuentran después de tanto tiempo? Dicen que hay mujeres embarazadas que experimentan asco hacia el sexo, hacia su propio cuerpo, que pierden todo el apetito sexual… Bueno, pues nada de esto se le podía aplicar a Yolanda… Aquella noche, los dos disfrutamos con toda el alma, dando y recibiendo placer del otro… Entregán-donos por completo…



 Al preguntarle por algunas de las posiciones que practicamos, se hizo la misteriosa… pero un par de días después, en el cajón de su mesilla de noche, y debajo de una revista de “National Geographic”, descubrí un misterioso libro, de portada forrada por papel de estraza, llamado “El kamasutra del sexo para embarazadas” (editorial Lexus)… aunque muchas de las posturas se derivaban, sobre todo, de la lógica… y de la ley de la gravedad… Nos dormimos, agotados pero felices, al filo de las dos de la madrugada… Al principio, me costó conciliar el sueño, quizás por la falta de costumbre de compartir cama con alguien… pero después comprendí que era sobre todo por la cama grande… Y pese al calor, me dormí abrazado a Yolanda… y así me desperté seis horas después… pegado a su espalda, piel contra piel…



Me costó bastante levantarme de la cama, sobre todo por dejarla a ella durmiendo… y porque su cuerpo, levemente cubierto por las sábanas, me recordaba una de tantas cadenas montañosas que recorría en mi adolescencia… No tenía prisa, hasta las dos de la tarde no tenía la comida oficial con el resto del equipo, y el trabajo de fin de seminario fue la elaboración de un resumen de las principales conclusiones, en nuestra lengua materna, pues hasta aquél momento, el idioma oficial había sido el japonés… Me puse la bata, y me senté en el sillón de lectura, contem-plando a Yolanda y a nuestra hija… Llámame “voyeur” o mirón… pero no pude contener mis ganas de ver su cuerpo desnudo en todo su esplendor… Y por eso, con el mayor de los cuidados para no despertarla, fui retirando muy lentamente la sábana… Se conoce que no tuve el cuidado suficiente, porque cuando iba a retirarme unos pasos, ella me cogió la mano, diciéndome: “¿No pretenderás dejarme así, verdad? Que estos tres meses también han sido muy largos para mí…”



Hicimos de nuevo el amor, con tanta pasión como la noche anterior, o tal vez más… Nos duchamos juntos otra vez… Y luego por fin pude vestirme con mis botas reforzadas, los vaqueros, la camiseta de “Iron Maiden” y la cazadora de cuero, con el casco integral, recogí los documentos que necesitaba para la reunión, y me subí a mi querida Harley, para llegar al Hotel… Por la mirada que me dirigió el nuevo jefe de recepción (el “plongeur” al que promocionamos casi un año antes) comprendí que quizás no fuera una buena idea presentarme así a la comida de equipo… Pero aunque fuera por una vez, me apetecía mostrarme tal y como me sentía más a gusto, como era en realidad, y no un directivo enfundado en un traje de “Armani”. Cuando abrí la puerta del comedor que teníamos reservado, se produjo un cierto revuelo… puesto que todos ellos iban con trajes de chaqueta, camisa y corbata… Y se notaba que algunos de los compañeros de marketing y de publicidad no sabía muy bien cómo reaccionar…



Fue providencial la intervención de Kenji Watanabe, al decir: “No recordaba que hubieras cambiado tanto en Japón… aunque tienes los ojos un poco rasgados… De todas formas, en tu honor, queda inaugurado el almuerzo casual day de los lunes…” y dando ejemplo, se quitó la chaqueta y la corbata, y se arremangó la camisa… Si el directivo de más nivel consideraba adecuado ponerse cómodo, a nadie más debería importarle… y fue un alegre zafarrancho, puesto que incluso con la climatización, hacía calor…



Durante la comida estuvimos intercambiando novedades, sobre todo del funcionamiento de los hoteles de Málaga y de Benalmádena, donde al parecer se habían dado algunos “acontecimientos paranormales de cierta entidad” en las ruinas de la vieja iglesia y de la capilla… y ciertos problemas con el mayorista de pescado fresco para los dos “sushi bar”, la solución sería acudir directamente a la lonja y establecer un acuerdo sobre las especies que más usábamos… quitando el atún rojo, que forzosamente era importado… y la necesidad de reforzar la seguridad durante los eventos empresariales más restringidos.



Acto seguido, realicé una presentación en power point de las nuevas consignas de la central: confidencialidad absoluta, seguridad, cordialidad en el trato, ofrecer servicios complementarios, acuerdos con otras empresas afines, y necesidad de aprovechar al máximo el potencial de los empleados. Tras unas preguntas, me retiré hasta el lunes… para el combate…

76: Las cosas importantes…

         Con la diferencia de horario, yo estaba hecho un auténtico lío, la única certeza era que llevaba diecisiete horas de vuelo, y mi cuerpo entero, sin importar que en mi ciudad fuera de día o de noche, necesitaba con urgencia una buena ducha, una siesta y un cambio de ropa, que el uno de julio de 2003 fue uno de los días más calurosos en Málaga… y yo iba con traje de chaqueta y camisa de manga larga…



Tuve que abrir el baúl donde guardaba la armadura, que por supuesto estaba perfectamente ubicada en sus soportes, algo que ya suponía, y certificar que era moderna, fabricada “casi” a medida… y que no tenía ningún uso, al margen del deportivo… Los demás artículos de regalo no fueron un problema, ni siquiera las agujas de acupuntura, o los abanicos lastrados, en verdad una curiosa mezcla de arma blanca y objeto decorativo… Aunque llevaba tanto tiempo hablando y pensando en japonés, que no pude evitar despedirme con un educado “Sayonara”… de los agentes de la Guardia Civil…



         No esperaba un comité de bienvenida, ni mucho menos… pero allí estaban todos: Julián y Catalina, Borja y David… y, en el centro de ellos, la futura mamá más hermosa del mundo, Yolanda… sujetando de la mano un pequeño terremoto: mi hijo Luis… que salió disparado como un proyectil hasta mis brazos, sorteando el carro con las maletas y el baúl… Esa fue la señal para todos los demás, y me vi envuelto en medio de un mar de besos, brazos y para bienes… Borja y David se hicieron cargo del equipaje, Julián y Catalina cogieron a Luis… y yo, mortalmente cansado, me fui caminando hasta Yolanda… y después de mirarla un par de minutos, para memorizar todos los detalles de su cuerpo y de su alma, pues era mi regreso al hogar…



Primero la besé en el cuello… Luego, en los labios… Y el mundo desapareció… Ya no recordaba que fuera tan difícil besar a una mujer embarazada, ni que su cuerpo cambiase tanto… menos mal que ya teníamos práctica con Luis: lo más cómodo es dejar que le abrace ella de la manera que le resulte más cómoda, en nuestro caso, por el lado izquierdo… La añoraba, a ella y a nuestro hijo, más que a cualquier persona en el mundo… Pero ya estaba de vuelta en casa…



Colocamos todo el equipaje en el monovolumen, y nos pusimos en marcha, hacia Benalmádena, llegamos a casa a las once y media de la mañana… y me parecía extrañísimo volver al hogar, porque durante tres meses, mi universo se había reducido a las cuatro paredes de una habitación de hotel, y otros lugares de trabajo… Pero nada, salvo los libros que me había ido comprando cada semana, y las fotos familiares que colgué en un tablero de corcho que me prestaron, no tenía puntos de contacto con la realidad exterior… y eso me hizo comprender mejor algunos de los problemas de falta de referencias que padecían los agentes comerciales o los viajeros profesionales, temas que trataría en  la primera reunión que tendría con Kenji Watanabe, aquella misma tarde: me llegó un mensaje suyo al móvil, le llamé, y quedamos a las ocho, en mi casa, “no me parece justo hacerte venir hasta el Hotel después de un viaje tan largo, pero creo que sería bueno para los dos… aunque luego tengas unos días libres, para disfrutar de tu familia… Y de paso veo a tu hijo Luis, que está creciendo muchísimo…



¿Y qué podía hacer, salvo aceptar? Sobre todo cuando sabía muy bien que Kenji Watanabe llevaba tres meses llevando el peso de nuestros dos trabajos, por lo que su nivel de cansancio sería muy elevado… Una vez en casa, lo que más necesitaba era una larga y relajante ducha y ponerme ropa cómoda, sobre todo quitarme los zapatos y sentir de nuevo la fuerza del suelo de madera, de la tierra que estaba debajo… Es una manía que me ha pegado Agustina Golden García, me temo… Mientras “los jóvenes” se encargaban de preparar y servir algunos aperitivos, yo me “recompuse” lo mejor posible, y bajé al jardín, donde habían preparado un refrigerio debajo del toldo… Comí algo, me bebí una cerveza sin alcohol, estuve con la familia, y hablé con mi madre, quien me planteó las preguntas de siempre “¿Has comido bien? ¿Has descansado lo suficiente? ¿Y tu úlcera, qué tal? ¿Es cierto que son muy serios?”, y procuré que mi suegra estuviera cerca, para ahorrarme contar dos veces las mismas cosas…  Mi hermana, que estaba excavando unos enterramientos paleolíticos en los Jardines de Sabatini, ni se había enterado… Pero a la una de la tarde, me despedí de todos ellos, “si no os importa, los regalos os los entrego otro día, mañana o pasado, porque me muero de sueño… y luego tengo que trabajar…” Me libré, eso sí, de la inmersión en la piscina, una especie de bautizo de regreso que mis queridos cuñados estaban preparando desde hace algún tiempo, y me escapé a nuestro dormitorio… Era una mañana tranquila, el tiempo era fresco, me lavé los dientes, puse el despertador a las siete de la tarde, corrí las cortinas, me puse el bóxer de la suerte (el de la rana Gustavo), y cerré los ojos…



Unos minutos más tarde, escuché que se abría la puerta de nuestro dormitorio, y que alguien me daba un beso en los labios, muy suavemente… Era Yolanda, había regresado a casa… “¿Qué haces?”, le pregunté, al ver que se sentaba en el sillón de orejas, junto a la ventana… “Verte dormir… Que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos juntos… y esta tarde, o mañana, hablaremos de otras cosas…” Y con esa certeza, el estar de nuevo en casa, tener la familia cerca, los amigos, y por encima de todo, mi mujer, me dormí… Abrí los ojos un par de veces, ella seguía sentada en el sillón, leyendo uno de mis libros… alzó la vista, me sonrió, y me dijo, muy bajito, “Duerme…”, al mismo tiempo que señalaba un punto detrás de mí, sobre la cama: allí estaba Luis, nuestro cachorro… recuperando la vieja tradición de la siesta…



Cuando me desperté de nuevo a las siete de la tarde, Yolanda también estaba dormida a mi lado… mi mundo entero, en un cuadrado de dos por dos…