martes, 26 de abril de 2011

29. AVENTURA EN LA FARMACIA

Nuestra vida empezó a cambiar, a toda máquina, desde aquella mañana del laticidio... Yolanda, un poco de coña, me puso el mote de "Tirofijo", aunque por supuesto, no lo usaba cuando había gente delante, porque habría sido un poco "delicado" explicarlo... pero era cierto: para dos veces que hicimos el amor sin la píldora... Supongo que pasó en el momento adecuado, con la vida bastante encarrilada, dos trabajos (si no contábamos con las fotos de boda), y por encima de todo, el apoyo de nuestras dos familias... sobre todo la suya, que estaba más cerca... Pero mucho antes de la revelación, tuvo lugar la confirmación: el famoso "momento predictor" del que tanto hablan las leyendas...

Bajé solo a la farmacia, a pocos portales de nuestra casa... y me daba corte pedirlo... Más incluso que comprar una caja de preservativos en mi época "golfa"... Estuve a punto de volver a casa, o dar una vuelta, cualquier cosa menos entrar en aquél lugar, atestado del más peligroso espécimen de toda la fauna malagueña (y madrileña): las marujas ociosas... y lo de marujas va con todo mi cariño... empecé a vivirlo todo a cámara lenta: entras en la farmacia, donde ya se encuentran cinco o seis señoras ociosas, que ni compran, ni se acercan al mostrador, ni se toman la tensión, por lo que deduzco que han venido solamente por el aire acondicionado...

Y tú, muy educado, pides la vez... hasta que una de ellas pega una voz... "!Maria Luísa¡ ¿Quieres salir de una vez a despachar a este chico, que seguro te quiere pedir una caja de condones? ¿Es que ya no hay vergüenza, ni respeto por los clientes?..." Y la boticaria, quizás por ganar tiempo, ya sale con una caja de doce y otra de veinticuatro, de dos buenas marcas, alegando que "para un chico guapo como tú, con el de seis no haces nada, ¿verdad? ¡Cariño, si yo fuera treinta o cuarenta años más joven, igual te podía enseñar dos o tres cositas..." , mientras sus clientas le reían la gracia con tantas ganas, que comprendí que llevaban mucho tiempo escuchándola... una de ellas, incluso se pus a reír a destiempo...Y claro, ella sigue con su charla, entre las miradas de las demás clientas, y te parece notar que todas ellas se están fijando en tus vaqueros... ceñidos... o en los pectorales y abdominales, más que en el corte de pelo militar...

Durante unos segundos, te sientes, salvando las enormes distancias, como el protagonista del anuncio "la hora Coca Cola light", salvando las distancias... De todas formas, y frente a una audiencia tan selecta, procuras acercarte lo más posible a la oronda boticaria, tanto que hueles su perfume a colonia de mercadillo, y lo más discretamente posible, le dices, con tu mejor sonrisa: "Disculpe... no es por molestar, pero... mi chica me ha pedido que le compre un "predictor", de la marca que sea..."

En cuanto escucha esas palabras, le cambia la cara, y te dice, con voz gélida: "¿Ya has dejado embarazada a tu chica?¿Te parece decente? Porque al menos, ¿será tu chica, verdad, no será una a quien has conocido en Feria, y luego, claro, con tanto sexo a lo loco... ¿De verdad quieres un "predictor", y no otro tipo de medida más definitiva? porque si lo que quiere es que luego le venda algún tipo de píldora abortiva, tendrá que ir al ambulatorio, que esta es una farmacia muy decente..."

Y la buena mujer, seguía y seguía hablando más para ella y para su entregado público, que para mí... Si pretendía salir con vida de la farmacia, y mas aún con el "predictor" de los cojones, no que me quedaba otro remedio que contarles toda la historia; empezando por el año 1991, cuando me enamoré de ella; llegando a 1995, cuando me vine a vivir a Málaga por tenerla cerca; la manera en que empezamos a vivir juntos, las familias; para terminar por nuestros planes de boda, pues aquél niño era la mayor ilusión de nuestra vida, "siempre y cuando nos dejasen comprobar si estábamos o no embarazados..."

Al final, salí de la farmacia con el carné de "cliente preferente", la promesa de amistad eterna de dos de las señoras, que vivían en el primero y el segundo, y que estaban deseosas de ver a Yolanda salir de casa vestida de blanco, insistiendo también en que se "organizarían para que ella nunca estuviera sola en los momentos finales..." Solo faltó que me los llevase a los siete, mancebo incluido, a tomar unos finos, "arsa..."

Y después de así una hora de cerrado interrogatorio, parabienes, productos, consejos para el parto y mil otras cosas de utilidad para los padres primerizos (incluso me regalaron un chupete y un bibe, para que empezase a practicar), conseguí volver a casa, tan acalorado, aturdido y mareado... que esta vez, Yolanda me tuvo que atender a mí...

Dejé el paquete sobre la mesita baja, todavía envuelto, y por mucho que traté de utilizar los poderes de la mente para persuadirla, y que se fuera al cuarto de baño y se hiciera la prueba... ella fingió no verlo, pero sí miró el chupete, el biberón con las tetinas, innumerables folletos, los teléfonos y nombres de las vecinas... Y, en respuesta a mis miradas, guiños, y señales disimuladas... lo único que se le ocurre decirme es... "Cariño, tengo mucho calor, y voy a darme una ducha... ¿Te vienes?"

Y, por supuesto, me fui con ella... mientras trataba de imaginar en qué manera, su hermoso cuerpo se vería afectado por el embarazo... 

Un par de horas más tarde, instalados en el sofá, con nuestra ropa más cómoda y las piernas estiradas sobre la mesita baja de mármol... compruebo que el envase del "predictor" está vacío... y Yolanda me dice, muy bajito: "Estamos embarazados..." mientras me enseña el resultado de la prueba...

Aquellas fueron las dos palabras más hermosas que he escuchado en toda mi vida...




lunes, 25 de abril de 2011

27. NUEVOS AMANECERES

Volvimos a casa cuando ya era noche cerrada... Nadie tenía ganas de cenar, pero de todas formas, lo intentamos: los más jóvenes pedimos una "pizza", y para cambiar un poco el chip, nos pusimos a ver "Matrix", aunque no me preguntes cuál de las tres... Serían las diez y media cuando Yolanda se retiró a nuestro dormitorio, y sin embargo, desde el comedor la oía sollozar... Yo no tardé mucho tiempo en seguirla, en mi doble condición de novio y de mejor amigo... Estaba sentada en el borde, la desnudé muy despacito, le puse el camisón turquesa, y la ayudé a acostarse, dejando encendida la pequeña lámpara de plasma, que por sus cartas yo sabía que la relajaba... No hice más que estar allí, sentado, acariciándole muy suavemente la cabeza, hasta que su respiración se relajó...



Y entonces, y solo entonces, me dejé caer a los pies de la cama, con la espalda apoyada en la pared, sabiendo que por encima de mi cabeza estaba la superficie de corcho en la que ella había puesto muchas de nuestras fotos, como aquella que le hice en el restaurante, echando azúcar en el café, y con la porción de tarta delante... Aquella sonrisa tan llena de magia... O bien la otra foto, creo que de la misma noche, cuando nos acercamos al puerto, y solo se la veía a ella, sentada, mirándome... Había pasado tanto tiempo desde entonces... Me quedé allí, mirándola, velando su sueño, a la luz de la lámpara de lava... Estaba tan hermosa, que no quería despertarla... pero, con la luna menguante, comprobé que me estaba mirando... Abrió las sábanas, yo me quité la ropa, me puse el "bóxer" de la rana Gustavo, y me tumbé a su lado... y nos quedamos dormidos... mientras su cuerpo se amoldaba a mi espalda...



El jueves 13 de agosto nos entregaron la urna con las cenizas de Clotilde, a quien de alguna manera, aunque  se tratase de un reflejo de mi amor por Yolanda, o bien por la charla que tuvimos la tarde anterior, yo sentía más cerca... Era una urna pequeña, de colores opacos... Su marido la estaba esperando en el nicho, hace varios años que se efectuó una reducción de restos, y ahora sobraba espacio... Era una mañana gris y ventosa, la urna fue pasando de mano en mano, y en aquél momento, me sentí mortal...



Todos necesitábamos descansar, porque el sábado quince teníamos una boda, y el dieciséis, dos... Borja y David se fueron de acampada con unos amigos (y amigas), sus padres se quedaron en casa, y nosotros nos desplazamos hasta su casa en Benalmádena, donde nos conocimos... Habíamos ido preparados con algunas de nuestras películas favoritas, "Ghost", "City of angels", "El fantasma y la señora Muir", "Carta de una desconocida", "Cyrano de Bergerac"... Pero, después de las dos primeras, apagamos el Dvd, la televisión, cogimos las toallas y demás aditamentos, y nos bajamos primero a la piscina, y luego a la playa... Con la muerte en la memoria, necesitábamos las caricias del sol y de la vida...



Estuvimos pensando en la mejor manera de comentarle a la familia que teníamos pensado casarnos, bien ese año, o bien el que viene, pero aquél tema lo dejamos pospuesto, para centrar todas nuestras energías... en nosotros... El placer inmenso de una bañera grande, llena de agua caliente, rodeada de decenas de velas, y con un poco de incienso en el pebetero... Las caricias, tan leves, del otro, entre nubes de vapor... Quedarnos juntos, mientras el agua se va enfriando, y terminar con una suave ducha, que arrastra los restos de espuma tibia y fragante... Secarnos mutuamente, con toallas de algodón blanco, y entonces, convertir la cama en un campo de batalla... y dormirnos, agotados y satisfechos, imaginando el arrullo del mar...



La boda del sábado fue un éxito, con el equipo al completo, los novios aceptaron nuestras sugerencias, y casi desde el principio, con las fotos de la novia mientras la vestían, o el padre del novio haciéndole el nudo de la pajarita, ya estaba claro que podíamos realizar un buen reportaje... Aquella fue la primera vez que utilizamos una cámara digital como refuerzo, porque Gonzalo era el único que sabía manipular los negativos y hacer las copias en laboratorio; y pensamos que trabajaríamos más rápido y mejor con ordenadores... La versatilidad de lo digital nos gusto, aunque para las fotos más "clásicas", preferíamos la magia de lo analógico...



El sábado por la noche salimos los cuatro a tomar unas cervezas en el mesón "La buena Mano", les anunciamos a Gonzalo y a Leyre nuestro compromiso... y ellos nos sorprendieron, anunciándonos el suyo... Pero lo más importante de aquella noche, fue la decisión que tomamos de consultar con Catalina la forma de convertirnos en una pequeña empresa, buscando subvenciones, para convertir lo que de momento era el medio de vida exclusivo de Gonzalo, en una aventura de la que pudiésemos participar todos... Yolanda se lo comentaría a su madre, y de todas formas, Leyre iría al Ayuntamiento...



El domingo, sobrevivimos a las dos bodas... lo digo porque la víspera es posible que fuéramos demasiado abundantes con los brindis, y sin las cuatro aspirinas que me tomé al despertarme dudo mucho que hubiera conseguido enfocar bien la cámara digital... Aunque tal vez hubiera alguna foto más desenfocada de lo habitual...



Por la tarde, celebramos una reunión familiar... para anunciarles que habíamos pensado en casarnos el año que viene, puesto que no tenía mucho sentido ir aplazando algo que sabían familia, amigos y conocidos... Pero esta vez, me tocó a mí soltar el pequeño discurso, donde estuvieron presentes todos los tópicos del género: "tantos años juntos... nos ha llegado el momento... ser una misma familia... amor...". Borja y David, que por aquél entonces se habían convertido en dos monstruos de más de dos metros de alto y ciento y pico kilos de peso, se pusieron a hacer el indio (literalmente), y levantaron a Yolanda a pulso, con silla y todo, y la dejaron en medio de la habitación; luego hicieron lo mismo conmigo; para bailar después en el mejor estilo apache... No sé, igual se trató de lo absurdo de la situación, pero al final todos terminamos riendo...



En principio, la boda se celebraría en Málaga, y a Catalina le haría ilusión que fuera en el convento iglesia de San Agustín, pues allí es donde se casaron Julián y ella... A mí me daba igual, de todas formas, mis invitados serían muy pocos, y avisando con algo de tiempo, podrían coger un vuelo desde Madrid, Santander y Donosti... No teníamos ganas de correr, la lista de espera en las iglesias más hermosas era bastante larga...



Pero dos semanas y media después, comprendimos que no disponíamos de tanto tiempo...



28. VIENTOS DEL CAMBIO

Lentamente, fuimos recuperando la normalidad, mientras Catalina estudiaba las subvenciones que nos concederían si sacábamos nuetra empresa de la clandestinidad, y Julián ponía a varios de sus captadores a buscar un local para nuestra agencia... Como siempre en estos casos, teníamos que contar con nuestro presupuesto, bastante reducido; nuestros ahorros para nuevos equipos; y nuestra experiencia; eso sin contar con un análisis de la competencia; y por supuesto, la ubicación... que no es lo mismo estar en la periferia, que a la sombra de la catedral...

Nos daba miedo aquél paso a los cuatro, y sin embargo, en el cuerpo de Yolanda, a medida que pasaban las semanas, se estaba desarrollando una nueva vida... Ella, tan regular como un reloj, hasta el punto de que podías asegurar que era el séptimo día del mes cuando empezaba a manchar... el mes de septiembre... no manchó... Seguíamos viviendo en mi pisito, en aquél tercero sin ascensor de la calle San Lorenzo, una hermosa finca rehabilitada hace varios años... Hacía un calor sofocante aquella tarde de septiembre, y cuando habíamos llegado a la segunda "misericordia" (esos banquitos de madera, para descansar), tuvo que soltar las bolsas, pues le dió un mareo... Yo me lancé en plancha, para cogerla, y se produjo un alud de latas de conserva, escaleras abajo: tomate, raviolis, judías, espárragos, alcaparras, piña, albaricoques, efectuaron su peculiar procesión... y después me tocó recogerlo todo:, la escalera parecía un campo de minas, la última lata de guisantes apareció en el patio de vecinos... pero eso lo hice después de haber llevado a Yolanda al sofá, y de abrirle una lata de "Aquarius" bien frío... y  todas las ventanas, para conjurar las escasas ráfagas de viento que aleteaban por los tejados...

"Ya está todo recogido, Yolanda... ¿Te encuentras mejor, cariño?¿Quieres otra bebida fría?", le dije, mientras permanecía, sentada, en el sofá,  mirándome con una carita un poco rara...

"Ismael... será mejor que te sientes... porque tengo que contarte algo... importante..."

"¿Pero estás bien, verdad?¿No serán malas noticias, verdad?", y yo seguía allí, de pié, con las putas bolsas en la mano...

"¿Me puedes hacer el  favor de dejar las bolsas en el suelo, y sentrarte de una vez?", y por la forma en que me lo dijo, intuí que la opción más prudente era... hacerle caso...y me dejé caer en el sillón de orejas...

"¿Te importa si fumo? que con tanto misterio...", le pregunté, mientras empezaba a llenar la cazoleta...

"Sabes que no me gusta nada que fumes en casa... pero aunque sea por nuestro hijo, te agradecería que no lo hicieras...", me respondió, sonriendo... En aquél momento, me alegré de estar sentado...

"¿Nuestro hijo?¿Nuestro hijo?¿O sea, el nuestro?...", y posiblemente habría seguido en ese plan, si Yolanda no se hubiera acercado a mí, dándome un beso en los labios... mientras se sentaba en mi regazo...

Aquella noche, mientras estábamos a oscuras en la cama, con las aspas del ventilador girando sobre nuestra cabeza, yo seguía preguntándole más datos a Yolanda... La más recurrente de ellas era: "Pero... ¿y cuàndo?¿No estabas tomando la píldora?"

"Creo que me olvidé dos días... la noche en que murió mi abuela Clotilde... ¿Recuerdas que hicimos el amor, antes de que yo me durmiera?Y la segunda  candidata fue la noche después, en el piso de Benalmádena... Necesitábamos cariño, calor, deseo, ternura, caricias... Y eso es lo que tuvimos... ¿Te arrepientes de ello?"

Yo me limité a besarla, una y otra vez, por todo el cuerpo, con aquella sed extraña que nace del alma... Hicimos el amor... Y me quedé dormido, sobre su pecho, acunado por su respiración, soñando quizás con ese pequeño ser... Con ese pequeño milagro...

26.VIDA DE AQUELLA ABUELA.

Aunque hacía bastante tiempo que había abandonado el periodismo "activo", una de mis viejas costumbres, sobre todo para las nuevas ideas para mis cuentos, era llevar siempre encima una mini-grabadora, con pilas y cinta, y como poco un micro de corbata... Yolanda me miraba con cara uno poco rara, por mis preparativos, pero silencié sus preguntas con un beso, le puse el micro (de vez en cuando, el sonido de su voz se perdía por el viento, y otras, por los latidos de su corazón) y le dije: "Ahora, háblame de ella... como tú quieras... pero ayúdame a conocerla..." Y Yolanda empezó...

"Clotilde es, sobre todo, una mujer de su tiempo... Nacida en el seno de una familia de campesinos, en Manilva, un pequeño pueblo de la sierra cercano a Málaga en 1920, no son los mejores tiempos para ser la única hembra en una familia de siete varones, contando con el padre, y la presencia callada pero constante, de la madre. Sus labores se reducían a mantener la casa limpia, cuidar a las aves y animales de los corralones, y gestionar como buenamente podían los magros ingresos de la familia. La tierra no les pertenecía, eran aparceros, pero de todas formas, y con grandes sacrificios, lograban ir haciendo frente a las nuevas exigencias de los propietarios..."

"¿Para ellos, no hubo reforma agraria, ni nada por el estilo, verdad?", le pregunté...

"No, más bien, seguían arando los campos con la fuerza de los mulos, y si esta fallaba, con la familia... ¡La de veces que me ha contado ella esa escena, todos tirando a la vez de un arado de forja! Y ella, la más pequeña, corriendo de uno al otro, llevando el cántaro de agua fresca, o el cubo y el cucharón con algo de sopa o alimento... Si mala era la época de la siembra, en la recolección, si no se unieran a veces los campesinos del mismo patrón, no habría sido posible conseguirlo... Y luego, cuando no quedaba ya ni un fanega de trigo en los campos, venían los representantes de los señoritos, a llevarse todo lo que podían, sin importar que fueran los sacos de trigo, o el importe de su venta... igual que la iglesia..."

"¿Y durante la Guerra Civil, las cosas fueron difíciles?"

"Mucho... Su padre, Agapito, y sus dos hermanos mayores, Segundino y Toribio, estaban en zona nacional cuando se produjo el alzamiento... Los reclutaron a los tres... Ella se quedó en casa, con Marcial, Sempronio, Rómulo y Fernando... Los campos fueron requisados por las autoridades competentes, fueran del signo que fueran... Se dio la orden de repartir el grano entre los habitantes de los pueblos, lo que no impidió que los recaudadores también hicieran lo mismo, horas más tarde: era el salvase quien pueda... Marcial llegó a la capital, se enroló en un pesquero, pues dijo que prefería sentir el mar en la cara... aunque con los bombardeos, cambió su opinión... Fernando, el más joven y más idealista, se alistó en el bando republicano en 1937, y murió muy lejos de casa, en la Batalla del Ebro. Agapito, Secundino y Toribio murieron también allí, pero en el otro bando."

"Al terminar la guerra, todo cambió...", le pregunté...

"Sí... los de siempre volvieron a hacer las mismas cosas... Su madre, Pascuala, murió de un infarto en los campos... Los "señoritos", más exigentes que nunca, amenazaban con matar a los campesinos partidarios de la República... Y allí estaban los tres, Sempronio, Rómulo y Clotilde, una niña de quince primaveras, haciendo el trabajo de una familia entera... Empezaron a volver soldados del frente, de todos los frentes, entre ellos, un buen mozo, tuerto, llamado Agustín... Y allí, entre las eras, a base de trabajar juntos de sol a sol, pasó lo que tenía que pasar: se enamoraron, se quedó preñada, y se casaron, o quizás fuera al revés... Aquél mismo año de 1941 nació mi padre; dos años después mi tía Nieves, y en 1944 tuvieron su último hijo, Aniceto... Algunos dicen que Agustín se quedó estéril por una paliza que le dieron los guardias civiles durante un interrogatorio, sobre unos sacos de grano que no aparecían..."

"Pero ahí no terminan los problemas..."

"No... en 1954, mi padre decidió que no soportaba más tiempo "comer tierra", y aprovechando que aparentaba más edad que los 13 años que realmente tenía, se bajó a la capital, a buscarse la vida... Entonces, la industria del ladrillo devoraba cargamentos humanos con gran facilidad, los accidentes eran muy comunes, y la mano de obra muy barata... Julián, mi padre, siempre tuvo la cabeza muy bien amueblada, era de los pocos mozos que sabía leer y escribir, y no tardó mucho en convertirse en el encargado de una cuadrilla que aplicaba métodos americanos de construcción (gracias a los libros que le mandaba desde Nueva York su hermano Fernando, que cambió su vida en el pesquero por la marina mercante), lo que permitía... Al cabo de tres o cuatro años, ya en 1957, mi padre tenía una posición estable, pues su pequeña empresa de construcciones estaba empezando, y deseaba formar una familia... Ellos dicen siempre que se cogieron de la mano en la feria para bailar una Sevillana, y que desde entonces, no se han vuelto a separar...

"Julián y Catalina, tus padres..."

"Bueno, y también de Borja y de David... Mis abuelos vivieron siempre en Manilva, aunque perdieron las tierras, solo pudieron conservar una pequeña huerta, en la parte posterior de la casa... Allí pasaba mi abuelo Agustín su tiempo, observando crecer los vegetales, las legumbres, tomates... Era su afición, y un modo de completar sus pensiones... Pero en 1983, un aneurisma cerebral lo fulminó sobre el plantel de las cebollas... Después del entierro, mi abuela se vino a vivir con nosotros... Nunca le ha gustado la gran ciudad, prefería nuestro barrio, y lo más lejos que llegó una vez fue aquí, hasta la Malagueta, para pisar el mar... Con tantos años en el barrio, y siendo tan sociable, verás muchas cara conocidas en el funeral o en el entierro... Gente normal y corriente, vecinos del barrio, porque ella formaba parte de sus vidas... y ellos la querían, igual que el resto de la familia, y como yo..."

En este punto, Yolanda se puso de nuevo a llorar, paré la grabadora, le quité el micrófono, y una vez más, se puso a llorar sobre mi pecho... Y yo no podía evitar sentirme mal... porque no era capaz de sellar sus llantos...  Y se hizo de noche... Yolanda seguía llorando... Y el olor del mar se mezclaba con la sal de sus lágrimas...

domingo, 24 de abril de 2011

25. FINALES Y COMIENZOS.

Aquella noche del once de agosto fue la última que doña Clotilde pasó sobre la tierra... Como en casi todos los funerales de personas muy mayores, a no ser que tengan una familia muy grande o hayan realizado una labor muy importante en la vida, muchas de las personas que acudieron a la mañana siguiente ni tan siquiera se conocía. De los siete hermanos, y siendo ella la segunda de menor edad, no quedaba nadie salvo Sebastián, su mellizo, quien a sus setenta y ocho años estaba confinado en una silla de ruedas, y permaneció en la residencia: "Prefiero recordarla más joven...", fue su único comentario... Tampoco pudo venir Marcial desde Nueva York... ¿Los demás asistentes? Un extraño conglomerado de sobrinos nietos, tíos terceros, algún que otro vecino, los dos porteros de la finca... La única nota disonante la puso el pastelero, quien trajo una cajita de lenguas de gato de chocolate, con la petición de que, "si era posible, las metan en la caja..."

Y yo, que había tenido que acudir a primera hora de la mañana, para comprarme zapatos, pantalones de vestir, camisa de duelo y corbata...¿ Mi lugar? Un segundo puesto, detrás de Yolanda... pues no habíamos comentado a nadie nuestra decisión de anoche... y tampoco era el momento más adecuado... Nunca me han gustado los tanatorios, son máquinas de procesamiento industrial de la muerte, sin personalidad, alienantes, para los difuntos sobre todo, y para los familiares... La abuela parecía muy tranquila, los maquilladores habían conseguido que se desprendiese de la lividez adquirida por quienes jamás toman el sol: fue siempre una señora, incluso a mediados de los ochenta, si salía a dar una vuelta, lo hacía protegida por una sombrilla... No sé, igual no estaría muy contenta de tener tan buen color ahora...

Ese cristal, grueso, que separaba más que cualquier otra cosa los dos mundos, la vida y la muerte, tal vez consiga apagar el sonido de las lágrimas, los sollozos, los comentarios como "qué tranquila está...", "parece dormidita...", incluso el esperpéntico "¡pero qué buena pinta tiene!" Yo solo tenía un deseo: que el tiempo pasase rápido, que diera la una y media, para proceder a la incineración... Por espeto, y por mis creencias bastante poco religiosas, me quedé en la puerta de la capilla, mientras efectuaban la ceremonia... Nos hicieron salir a todos de la capilla, cuando se puso en marcha el mecanismo que cerraba las cortinillas y hacía avanzar el ataúd hacia el incinerador... Me acordé de mi amigo Ignatius B. Salmon, y de su teoría según la cual el calor de las llamas y del gas era tan fuerte que provocaba el estallido de la cavidad craneal al hervir el cerebro... Por mucho que intenté estar pendiente, no escuché el "plop"... y en aquél momento, mi mirada se cruzó con la de Borja... y empezamos a reírnos, por lo bajo, de lo que no podía ser otra cosa que una leyenda urbana... ¿Verdad?

Volvimos a casa sobre las tres... varias vecinas se presentaron un momento, para dejarnos algo de comida en la mesa y en la nevera, pero en verdad, nadie tenía demasiada hambre... Creo que todos necesitábamos estar solos con nuestros recuerdos, así que nos fuimos a nuestras habitaciones para cambiarnos de ropa... Yolanda se puso una especie de túnica moruna, las "sandalias Cleopatra" que le regalé hace algún tiempo, y un coletero... Yo había recuperado mis pintillas habituales, con pirata de camuflaje, camiseta heavy y sandalias... Yolanda, como yo, estaba muy unida a su abuelo, y lo peor que podía hacer era quedarse derrumbada, sollozando, contra el quicio de la puerta de su abuela, donde todavía quedaban tantos recuerdos... Por eso, me agaché a su lado, la cogí de las manos y la obligué a recostarse contra mi pecho... ¡Qué poco podía imaginar yo que menos de un año después, ella repetiría conmigo el mismo gesto!

Estuvimos así unos minutos, llorando, abrazados, con sus inmensos ojos hundidos en mi pecho, como buscando mi corazón, y notando todos los exquisitos relieves de sus pechos... y la fuerza de sus latidos... Quizás estuvimos media hora así, luego, la llevé al baño para que se lavase un poco la cara y, cogiendo mi mochila con el equipo estándar (dos botellas de agua medianas, dos paquetes de kleenex, y por supuesto, mi cahimba con mezcla especial, y las gafas de sol), me la llevé de casa... Porque los dos necesitábamos aire libre, el sol sobre la piel, y sobre todo, el aroma a libertad del mar...

Nos fuimos caminando lentamente, en pos de una sombra que se empeñaba en ser a cada minuto más esquiva, trazando nuestra ruta entre las partículas de polvo llevadas por la brisa... Quizás no fuera la mejor idea del mundo, dar un paseo con todo ese calor, pero lo que Yolanda no podía hacer era seguir en casa... Pasamos cerca de mi piso, pues en una ciudad como Málaga, todo está cerca..., sobre todo comparado con Madrid... Y llegamos a la playa, nos quitamos las sandalias, y nos pusimos a caminar, junto a la orilla, dejando que las olas nos lamiesen, perezosas, los pies... Yo siempre estuve enamorado de Yolanda, es cierto... pero jamás tuve tantas ganas de protegerla, abrazarla, besarla, que durante aquél paseo... Y, sin embargo, me limité a caminar a su lado, en silencio, puesto que en el fondo, poco más podía hacer, aparte de unas leves caricias, para que supiera que estaba allí...

Íbamos persiguiendo el sol, yo tenía bastante con estar a su lado, aquél era mi lugar... y lo había sido siempre... Nos sentamos en una de las pocas tumbonas que todavía no habían recogido, se sequé las lágrimas que todavía estaban manando de sus ojos, y entonces, con ternura, con besos, incluso como terapia, la misma que ella utilizaba con sus pacientes, le pedí que me hablase de ella....

sábado, 23 de abril de 2011

24. DE LA MUERTE Y LA VIDA

Quizás no fuera el mejor modo de plantearlo, pero se trataba de un tema que llevaba demasiado tiempo dando vueltas por mi cabecita loca, y yo, a mis casi treinta años, las dos careras y sobre todo, un ascenso a jefe de recepción en el turno de mañana del Hotel, me sentía lo bastante preparado... Ahora, se trataba de hablarlo con Yolanda, y de efectuar aquellos movimientos que me permitieran garantizarme la aprobación de la familia...

De todas formas, la mayor de las dudas seguía siendo... la opinión de Yolanda... Nunca le había dado demasiada importancia al matrimonio, tal vez porque mi vida estaba a su lado, y lo de menos era una simple indicación o testimonio para el estado civil... Claro, también había que pensar en los niños, que llevasen nuestros apellidos, la primera generación de Rodríguez Sierra... Suena extraño, mezclar así dos "linajes", como dirían los caballeros medievales... Sin embargo, yo me encontraba listo para ser padre, y con los dos trabajos, mas la incorporación de Yolanda a una empresa de consultoría y selección de personal en septiembre, lo más posible era que nuestra situación se modificase...

Y así sería... aunque de momento yo no era consciente de ello...

El mes de agosto, con el ascenso, me ofrecieron dos semanas de vacaciones, coincidiendo con el apogeo de la feria... Que yo recordase, era la primera vez, desde que estábamos juntos, en verano y durante un periodo tan largo. Sí, nos hubiera gustado mucho poder irnos lejos, hacer turismo de coche manta y carretera, conocer lugares exóticos y lejanos como Escocia, Italia, alguna zona de Francia (¡París!), pero nos conformamos con disponer una vez más de la residencia familiar en la costa durante unos días: aquél verano, la salud de doña Clotilde era muy delicada; mis suegros contrataron dos auxiliares de clínica para cuidarla... Mis "hermanos políticos" estaban con nosotros, pero no tenían ganas de nada, ni de juergas, ni de fiestas, ni de ligar con extranjeras, y se pasaban el día de la playa a la piscina (parecían dos langostinos al vapor)... Cada uno se había traído sus vicios: Borja, la consola; David, una maqueta de un avión; y como cargamento comunitario, una maleta llena de libros para los cuatro... Con la caída de la noche, a veces jugábamos al póker, otras al cinquillo y a la canasta, pero en todo caso, siempre conscientes de la posibilidad de un fatal desenlace... Varias veces al día, llamábamos a su casa; y todas las tardes uno de nosotros estaba allí, incluso sabiendo que las dos cuidadoras se encargaban de todo...

El once de agosto, sonó el teléfono, cuando estábamos a punto de salir Yolanda y yo... Era Ilduara, la cuidadora del turno de día, que nos decía, entre sollozos: "doña Clotilde ha muerto hace diez minutos... El párroco le había dado la extrema unción por la mañana... No ha sufrido, pero doña Catalina se encuentra muy mal... Vengan cuanto antes..." Llamamos un taxi, porque a ninguno de nosotros nos apetecía conducir aquella tarde; media hora después, estábamos subiendo en el ascensor... No había lágrimas en nuestros ojos (esas vinieron después), pero sí el desconcierto de haber perdido a una persona que formaba parte de nuestra vida... Abrazos, en grupo, besos, miles de besos, para todo el mundo, yo incluido, a pesar de que técnicamente seguía siendo "el novio de la niña"... Llegamos a la casa a las cuatro y media de la tarde, el agente de la funeraria ya había terminado todos los trámites, y al filo de las seis, vinieron a llevársela... Yo me mantuve en segundo lugar, como siempre, pues aunque no me da miedo la muerte en si, me inspira respeto, la forma en que el calor va abandonando poco a poco el cuerpo...

Por decisión de doña Clotilde, no quería que nadie se quedase con ella por la noche, solo Yolanda y yo cogimos el coche de la familia (el mío estaba en Benalmádena), y nos encargamos de los últimos preparativos... Llegamos al Parque Cementerio, nos esperaba el agente de Santa Lucía, revisamos los últimos papeles... ¡Es algo tan frío y tan impersonal! Como si fueras un bulto a mandar por correo... "El 234 va al 6, coronas de flores estándar, velas eléctricas, música clásica genérica. Se queda sola..." Al menos, así es como me sentí entonces, y como me sigo sintiendo con cada muerte...

Volvimos a la casa... Catalina estaba delante de la puerta de su madre, mirando el extraño equipaje que había ido acumulando en los últimos meses de su vida: cama y colchón anti-escaras (que desenchufé), silla de ruedas, camita auxiliar para la cuidadora si era necesario, una serie de estampas religiosas sobre la mesilla, un crucifijo de latón sobre madera noble (que ahora tenemos en el comedor, y que llevaba más de cuarenta años en la familia), y un armario de dos puertas bastante pequeño, en el que sin embargo cabía casi toda su ropa: desde la muerte de su marido en 1983, siempre vistió de negro... Yolanda, dándome un beso, me pidió que fuera a la cocina, para traer varias bolsas de basura... ¿Acaso estaba pensando en cribar ya la ropa de su abuela, que todavía estaba (relativamente) caliente en el tanatorio? Pues aquello es precisamente lo que hicieron, en silencio, vaciar percha tras percha y balda tras balda de aquél armario ropero... Los zapatos y la ropa en buen estado, fueron al Asilo de las Hermanitas de los Pobres... Aquellos que, por algún motivo, deseaban conservar, como aquella rebeca negra que le compramos las últimas navidades, o la típica manta de cuadros escoceses, se dejaron sobre una silla... El resto, a la basura...

En el fondo del segundo estante, Catalina encontró un tesoro: una caja de zapatos, donde estaba recogida la historia de la familia desde los bisabuelos, en 1896, a través de una densa colección de fotos, y todas ellas, identificadas... Yo también estaba en ellas, que no en vano llevaba varios años dentro de la familia... Aquél fue el proyecto de Catalina por las tardes del mes de agosto: pasar todas las fotos a varios albums de estilo antiguo, e incluir una nota con los datos recopilados por su madre...

Y mientras ellas realizaban su labor, los hombres preparábamos algo de cena: jamón, queso, ensalada, algo que pasta, varias frutas... porque tampoco nos parecía muy apropiado andar mirando la ropa interior de la abuela... Ellas no querían salir del dormitorio, "hay muchas cosas por hacer", decían... Pero al final, las convencimos... Una de las cenas más tristes y más deprimentes que recuerdo... y, sin embargo, cuando nos fuimos al dormitorio, Yolanda se abrazó a mí, con fuerza, en cuanto cerramos la puerta, y empezó a besarme, como si le fuera el alma en ello, pareciendo que la vida necesitaba perpetuarse frente a la agorera presencia de la muerte... Hicimos el amor como solo pasa en los sueños, adivinando y anticipando los deseos del otro, intentando no hacer ruido, para no molestar a la familia... Entonces, en el momento justo del goce, mientras ella me cabalgaba, se lo pregunté: "¿Yolanda... quieres casarte conmigo?" Y ella me respondió, con un gemido quedo antes de derrumbarse sobre mí, "Síííííííí... Ámor mío, siííPero... ¿Te parece el momento más oportuno de hacerlo?"

Y lo que no protestaron padres y hermanos por nuestras actividades... lo hicieron por nuestras risas...


viernes, 22 de abril de 2011

23. AQUELLA PRIMAVERA DE 1998...

En un puerto de mar, el clima es casi siempre más templado que en Madrid, por lo que la primavera irrumpe, casi de un día para otro, como si hubieran pulsado un interruptor... Pero si hay un motivo especial para que recuerde con cariño aquél periodo de 1998, fue el comenzar una nueva vida, juntos... A pesar de la oposición inicial por parte de su familia, el tema de los estudios pesaba como una losa, puesto que a Yolanda le había quedado una asignatura en el trimestre anterior... Pero también es cierto que, entre mi trabajo en el Hotel, los estudios, y las colaboraciones cada vez más numerosas con la agencia, no teníamos apenas tiempo de vernos ni siquiera el fin de semana...

Hicimos mil combinaciones para sacar tiempo libre para nosotros... hasta que se nos ocurrió, por un incremento de trabajo, incluir otra persona, para con dos equipos de foto y vídeo, poder aumentar un poco los ingresos de nuestra pequeña empresa, ubicada en la tienda de fotografía de Gonzalo, y donde realizábamos casi todas las tareas de revelado... Recordé aquellas fotos de la familia que había observado en mis anteriores visitas en casa de sus padres, sobre todo en el pasillo de los dormitorios, y al preguntarle a Borja quién era el responsable, me dijo: "Yolanda... ¿Acaso en todos estos años no se lo habías preguntado?" Después de revisarlas una vez más, pensé que ya teníamos a la persona que nos faltaba...

Desde aquél fin de semana, Gonzalo y Leyre comenzaron a trabajar por su cuenta, igual que Yolanda y yo... Siempre ofrecíamos las fotos imprescindibles, en el contrato básico, además de aquellas que la familia quisiera de verdad... Nuestros precios eran un poco más bajos que los de la competencia, y algunas veces nuestro margen de beneficios era muy pequeño, pero de todas formas, salimos adelante... Cuando se trataba de una boda de postín, es decir, de aquellas a las que acudía casi toda la alta y media sociedad de Málaga, era necesario un desembolso monetario más importante, aunque solo fuera para alquilar los trajes adecuados... Y nos poníamos en marcha todo el equipo, para ofrecer la mejor cobertura... Otra de nuestras peculiaridades era que editábamos las cintas, reduciendo las tres o cuatro horas de metraje habituales, a poco más de diez minutos, incluyendo mínimos efectos de imagen y sonido...

Por lo menos, uno de nuestros proyectos funcionaba como es debido, que nuestra vida personal seguía siendo un desastre, además, no es lo mismo pasar juntos el finde en casa, o de viaje, que trabajando juntos, y demasiadas veces, robándole horas al día... y a la noche... Por eso, como si se tratara de una operación militar, decidimos que había llegado el momento de vivir juntos... Fue al terminar una de nuestras comidas dominicales, el a finales de febrero, cuando dimos la campanada: "Papá, mamá, hermanos, Ismael y yo nos vamos a vivir juntos..."

Se hizo un silencio sepulcral en la mesa... que fue roto, en pocos segundos, por los aplausos y palmadas en la espalda, más o menos como harían los hermanos Weasley, quienes, al grito de "¡Ya era hora!¡Felicidades!" nos hicieron levantar de la mesa, y saludar... A Clotilde, la abuela, le daba igual, "esas moderneces.... lo que importa es que seáis felices...". Julián, el padre, intentaba ganar tiempo llenando la cazoleta de su pipa de brezo... esperando, prudentemente, que se manifestase Catalina... "Los términos del acuerdo se mantienen: que sigáis estudiando vuestras carreras y sacando buenas notas. Por cierto, aquí no tenemos un servicio de lavandería, que vuestro piso está bien equipado. Aunque se admite el tráfico de tápers para transporte de víveres. No habrá visitas sorpresa, a nadie le importa lo que hagáis en la intimidad. Y nosotros conservaremos una llave en caso de emergencias. Si estáis de acuerdo con las nuevas condiciones... ¡venid a darme un abrazo, pedazo de chorlitos!" Y, como en una de las típicas escenas de familias americanas, nos dimos uno de esos achuchones que hacen época... Solo en aquél momento, Julián se decidió a hablar: "me encanta que los planes salen bien...", en su mejor imitación hasta el momento de Hannibal Smith, lo que generó una nueva carcajada...

¡Parece mentira la de cosas que tienes que preparar, para instalarte en una casa! Y menos mal que, salvo la colección de vinilos y mis libros, tampoco tenía gran cosa en mi piso... Yolanda, por su parte, se trajo un par de maletas con la ropa de temporada, y por supuesto, al elefante azul que le regalé, hace tanto tiempo... Es cierto, llevábamos unos cuantos años acostándonos juntos, y pasando todo el día solos, tanto en Benalmádena, como en aquellos días en Lanzarote que constituyeron el regalo de su familia por su cumpleaños... Pero la experiencia de cambiar las sábanas de la cama, dejarlo todo listo para desayunar, irnos a la cama, y saber que a la mañana siguiente estaríamos todavía juntos... La noche del catorce de marzo, dormimos y nos despertamos juntos, por primera vez, y de manera oficial... en nuestra casa...

Las madres son muy especiales, sobre todo cuando la hija levanta el vuelo, y se va a convivir con un chico... Yo sabía, por Borja y David, que muchas veces Catalina se paraba delante de su cuarto, abría la puerta, y se quedaba en el umbral, mirando tantos recuerdos de su infancia, que Yolanda no se había querido llevar: la colección de peluches, los posters, muchísimos libros, recuerdos un poco absurdos, como una rosa de papel que ganó en un certamen de baile cuando tenía once años... Demasiadas cosas, en todo caso, para un pisito tan pequeño... Pero la comida se convirtió en la mayor de sus preocupaciones:se pasaba horas cocinando en casa, y luego, más o menos cada dos días, enviaba a Borja y a David a que nos llevasen provisiones, y recoger los "tapper" fregados...

Y mientras tanto, durante lo que se convirtió en el cuatrimestre más duro de nuestra vida de pareja, comprendimos que la convivencia tenía algunos pequeños inconvenientes... Los horarios de comida no eran un problema: yo casi siempre me llevaba una tartera, y comía en la facultad, o bien me tomaba un bocadillo; a veces, coincidía con Yolanda, en aquella media hora mágica, contando con el tiempo de desplazamiento desde su centro (psicología) al mío (turismo)... Vernos, estar juntos, nada más importaba... Luego, ella volvía a casa, se ponía a estudiar, a media tarde solía hacer algo de compra, y yo solía volver a nuestro piso sobre las ocho, en función de las clases que tuviera ese día... Entre los dos, preparábamos la cena, y casi siempre a las diez, veíamos algo en la tele, o una de nuestras películas...

Es curioso, la sensación de seguridad, de pertenencia, que te da encontrar alguien amado en casa, cuando regresas... y la de tonterías que haces para sorprenderla... para halagarla... o algo tan simple como compartir experiencias... A los dos siempre se nos ha dado bien dar masajes, más bien deportivos... Pero desde que vivimos juntos, nos pusimos a estudiar (y experimentar...) con los masajes relajantes... Es todo un ritual, desde la seleccion de los aceites, preparar la cama (si no quieres dejarla pringada de aceire de rosa y jazmín), escoger por supuesto un día en que le pueda apetecer (el síndrome pre menstrual no es adecuado para nada)... Y luego, ir jugando, y disfrutando... Es cierto, si hubiéramos tenido una bañera más grande...  Las mejores ocasiones eran los viernes por la tarde, cuando yo no tenía clase... si bien lo bueno era disfrutar...

Llegó y pasó mi cumpleaños, lo pasamos con su familia, pues cayó en martes, y nos compraron un par de cosas que necesitábamos para la casa, como una sandwichera, y una aspiradora... Aquél fue el único día del mes de mayo que estuvimos tranquilos, pues el final del curso avanzaba a toda velocidad, y yo seguía compaginando trabajo y estudios... Muchas noches, nos acostábamos de madrugada, cada uno de nosotros terminando trabajos, o preparando los apuntes... Como Yolanda no fumaba, y yo tampoco había adquirido un hábito fuerte con la pipa, procuraba no fumar nunca en casa... Aquellos paseos, vueltas a la manzana en realidad, contribuían a que fuera conociendo un poco mejor el barrio, los vecinos, comerciantes... Me gustaba, sobre todo, pensar en aquellas cosas que me gustaría hacer, y sobre todo, el tipo de vida que nos esperaba...

Fue durante uno de aquellos paseos humeantes cuando me dí cuenta de una cosa: Yolanda y yo nunca habíamos hablado de casarnos, ninguno de los os había sacado el tema... ni mucho menos, el de los hijos... Es más, incluso nuestros padres guardaban un prudente silencio sobre ambos asuntos, aunque los abuelos, de vez en cuando, lo mencionaban con una nota de tristeza... Era una de tantas cosas que siempre dejas para otro momento... y a veces, el momento nunca llega...

El mes de junio fue infernal, tuvimos que reducir las actividades de la agencia, porque nosotros estábamos demasiado ocupados con los exámenes y otras tonterías parecidas... Hasta la tercera semana no entregamos los últimos trabajos para subir nota, y a partir del lunes 22, los profesores comenzaron a hacer públicas las actas... Yolanda aprobó, y tres de ellas con matrícula, todas las asignaturas del curso, el 5º de Psicología... Yo también aprobé las últimas asignaturas que me quedaban de Turismo...

Llamé a mis padres para darles las noticas, nos felicitaron a los dos "por el esfuerzo realizado", y nos preguntábamos sin queríamos bajar a Madrid aquél verano, o quedar en otro sitio...Tal  como estaba mi abuelo, con una pierna casi paralizada por una rotura de cadera, era una utopía que vinieran ellos... A sus padres les comentamos la noticia enseguida, y se ofrecieron a invitarnos a cenar aquella noche en la pizzeria "La Piccolina", en la calle Luis Barahona... pero tras mirarnos un momento, les preguntamos algo que les sorprendió bastante: "¿Os importa si lo dejamos para el viernes? Tenemos unas cuantas cosas que hacer..." Borja no se pudo contener: "¿Y eso?¡Pero si estamos a Lunes!"

Y nuestra respuesta fue simultánea: "Sí... pero llevamos semanas sin dormir más de tres horas... Nos vemos el viernes, a las ocho y media..." Llegamos a nuestro pisito, apagamos los fijos y los móviles, y después de ir al baño, nos tumbamos, abrazados, sobre la cama... Y allí nos despertamos dos días más tarde... con un "Hola, amor..." prendido en los labios...