jueves, 21 de abril de 2011

22. BUSCANDO MIL CAMINOS...

El resto del año 1996 no fue sencillo, para ninguno de nosotros. Mi decisión de abandonar la capital tal vez pareciese repentina, mas era algo que yo tenía claro desde aquella lejana tarde de verano, cuando nuestros caminos se cruzaron. Durante más de un año, con resultados paupérrimos, había intentado trabajar de periodista, obteniendo solo dos respuestas, y unas cuantas cartas devueltas... Y pensé que en Málaga, con mi formación y experiencia me resultaría más sencillo... y así fue, en cierta manera. Tuve que mandar otra remesa de cartas, acudir a varias entrevistas, y todo esto, viviendo "de la sopa boba", es decir, de la asignación que me daban mis padres...

Al final, conseguí una vacante de cuatro meses en una pequeña agencia de noticias, pero el sueldo, por desgracia, era proporcional. Se suponía que iba a tratar básicamente temas culturales (cine, teatro, exposiciones, libros...), pero como tenía bastantes tablas en Sucesos, también me encargaron ese tipo de noticias... Por supuesto, mi contrato era de los más sencillos, el famoso "por obra o servicio", vivía todo el tiempo pendiente del móvil, y terminé conociéndome hasta los rincones más sórdidos de la ciudad... pero también los más selectos...

Cronista de ambos mundos, al final me quedé prácticamente un año allí, cubriendo las bajas, aprendiendo cosas nuevas, entre ellas, que no hay labor periodística más difícil que la de una agencia: siempre de los primeros en llegar, con premura a la hora de redactar las historias, y con el peso en la conciencia de haberte podido equivocar en un dato... porque luego, en demasiadas ocasiones, los demás periodistas no se molestan en comprobarlos...

El tiempo que no estaba trabajando, procuraba dormir un poco, leer, relajarme... En cuanto a alojamiento, tuve suerte, y conseguí un pequeño estudio, bastante bien de precio, en la calle de San Lorenzo. Un tercero sin ascensor, cerca de la calle Linaje... Aunque no nos engañemos: al margen del precio, también era muy importante la cercanía, relativa, a la casa de Yolanda, en la calle Jacinto Verdaguer... A mediados de septiembre, habiendo firmado el contrato de alquiler, y teniendo ya concertado el trabajo en la agencia, me despedí de mi familia... Por supuesto, no me llevé todas mis cosas, pero sí hice una criba de libros (donados casi todos a una ONG), de ropas, y me pasé casi una semana  reciclando papel (parece mentira la cantidad de documentación superflua que genera una tesis...). También le traspasé a mi hermana mi habitación, y mudé aquellas cosas que no podía llevarme a su antiguo cuarto... Y, con el coche cargado hasta los topes de cajas, libros y ropa, emprendí el camino a Málaga...

Menos mal que los hermanos de Yolanda se prestaron voluntarios (a cambio de unas cuantas cervezas) a subir todas las cajas, porque la cultura, y la música, pesan y ocupan lugar... Después de tres o cuatro viajes (y menos mal que encontré un lugar donde estacionar a "Brujita", aquella mañana de sábado), el estudio estaba abarrotado, y llamamos a "Telepizza" para que fuera oficial. Yolanda se encargó de la intendencia durante toda la mañana, distribuyendo entre las dos habitaciones (una salón y despacho, la otra, dormitorio) y la pequeña cocina americana y el cuarto de baño, que se convertirían en mis dominios terrenales durante un par de años... Por cierto, ¡jamás invites a dos jugadores de baloncesto a comer pizza! ¡Se comieron una familiar cada uno, una tarrina de helado, y se quedaron con hambre! Después de una comida tardía, y de agradecer una vez más su ayuda a Borja y a David, nos quedamos solos... y entonces, aprovechamos para ir corriendo al dormitorio, tumbarnos sobre la cama... y dormir una siesta de tres horas...

Serían las siete de la tarde, cuando sonó el telefonillo: eran sus padres, quienes además de realizar una pequeña visita, querían conocer de primera mano el piso que  Yolanda me había ayudado a conseguir, que las fotos de internet y las visitas relámpago no son la mejor de las referencias. Creo que fue el cuarto o quinto que ella visitó, algunas veces acompañada por sus hermanos "que hay mucho malaje..." Les gustó, a pesar del desorden de plena mudanza, localizamos la cafetera, y lo estrenamos de forma oficial. Su madre, tan previsora como siempre, había preparado una bolsa con las cosas más esenciales: café, azúcar, leche desnatada, mantequilla, pan bimbo, embutido, cepillos de dientes y pasta, gel de baño, champú, y una pequeña maleta, con un camisón, ropa interior y un juego de recambio... "Es sábado... Si queréis, venís a comer mañana con nosotros... prepararé mi lasaña..."

Aquél era nuestro pacto... De lunes a viernes, Yolanda estaría en casa de sus padres, porque había empezado el cuarto año de carrera, y los fines de semana los pasaríamos juntos... Algunos de los puentes iríamos los dos a Madrid, pero el resto del tiempo, no saldríamos de Málaga... Si la situación hubiera sido al revés, es decir, si yo hubiera sido la chica en la pareja, ¿mi madre habría permitido el acuerdo? Mucho me temo que no...

Y fueron pasando los días, con la emoción de estar juntos, de poder llamarnos por teléfono, o quedar en cualquier cafetería para merendar, incluso mirar juntos la misma estrella, desde la misma ciudad... Los primeros meses resultaron un tanto difíciles, mi rodilla se resentía de la lesión por el ejercicio, y sobre todo, la humedad procedente del mar... algunas mañanas, si dormía con la ventana entreabierta, escuchaba las sirenas de los barcos... Pero no había nada mejor que despertarme a su lado, los sábados y domingos de pereza y relax, notar su cuerpo cálido junto al mío, y ser consciente de que estaba junto a la mujer de mi vida...

Terminó el invierno, y también mi contrato por obra y servicio de la agencia... No fue una mala experiencia, porque aprendí a moverme por toda la ciudad y parte del extranjero. Mis notas de agencia, al estar firmadas, servían de carta de presentación, sobre todo porque muchos de los medios que visité las habían usado, y mi reputación en general era buena... Me ofrecieron el mismo trabajo, por algo más de dinero, en otra agencia, y estuve tentado de aceptar... pero durante aquellos cinco meses había comprobado una cosa muy importante: que no me interesaba seguir en esa rama del periodismo, que además me impedía hacer otras cosas, experimentar con otro tipo de colaboraciones, por ejemplo con agencias de viajes, o sacar partido de mis idiomas, escribiendo para algunos periódicos extranjeros... Eso sin contar con mi sueño: volver a una emisora de radio, seguir aprendiendo cosas, perfilando mi estilo...

Tenía que comer, y pagar las facturas, por lo que, al final, terminé aceptando el contrato de la agencia, y buscándome un trabajo, tres tardes en semana, en la recepción de un hotel céntrico... El trabajo era bueno y sencillo, disfrutaba hablando y ayudando en lo posible a los turistas... Con el paso de los meses, me apunté a un curso a distancia sobre la atención al cliente... y aprendiendo más cosas, me di cuenta de que me gustaba de verdad...

¿Abandonar el periodismo, con una tesis doctoral "cum laude", para trabajar más horas en el hotel? La reacción de mi padre fue de total rechazo; mi madre lo comprendió algo más, pues era consciente de hasta qué punto me había hartado de buscar trabajo "en lo mío"; y mi hermana se limitó a un lacónico "haz lo que te parezca mejor para Yolanda y para ti"... "Groucho nº7" no se pronunció, igual le había sentado mal que yo le dejase en Madrid, o bien mi hermana no le entendía...

El final de curso de 1997 resultó especialmente duro para mí, pues ahora trabajaba en el "Hotel Principal" cinco días por semana, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, y luego asistía a clases de "Turismo" en la facultad... Por suerte, me convalidaron muchas de las asignaturas comunes, y en dos años tenía la intención de terminar los estudios, al mismo tiempo que Yolanda... Cuando llegaba el momento de hacer los trabajos de fin de trimestre, solíamos quedar en la Biblioteca, para buscar los datos necesarios... y algunas madrugadas de domingo, tenía que arroparla con la manta, porque se había quedado dormida junto al portátil... sobre la mesa del comedor/despacho... Aunque pasábamos todo el tiempo pendientes del viernes...

Yolanda solía esperarme en casa, me recibía con un enorme beso, preparábamos la cena... no sé, mil pequeñas cosas, que hacen las parejas... y que nos hacían sentir una profunda felicidad... El resto de la semana, buscaba el olor de su pelo en la almohada, en su toalla, acariciaba incluso su cepillo... todo, en el pequeño piso, me recordaba a ella, era como si durante aquellas dos noches, la casa entera se cargase de su olor, de su  esencia, y la fuera liberando, desde el momento en que la puerta se cerraba detrás de ella... 

Trabajar y estudiar, en el fondo, mi rutina no había cambiado demasiado... Salvo que me encontraba solo, en una ciudad ajena, lejos de la familia y de algunos amigos... pero en el fondo, era más feliz que en toda mi vida, porque estaba con Yolanda, mi ¿chica?¿novia?¿amante?¿compañera? Lo llames como lo llames, lo único importante era que mi corazón y mi alma estaban completas...

Aquél verano, solo tuve derecho a una semana de vacaciones en agosto, por tratarse de la temporada alta del hotel, y decidimos pasarla juntos, con parte de la familia, en el piso de Benalmádena... Al menos, aquella era la idea, pero teniendo en cuenta que los otros compañeros serían Borja y David, y que las fiestas y parrandas que organizaban eran tremendas, nos pareció mucho más prudente ir nosotros, una semana antes...

Es cierto, ya me había acostumbrado a compartir el espacio con ella todos los fines de semana; salvo los puentes, que pasábamos en Madrid, y algún día especial, como el de nuestros aniversarios, el de conocernos en mi tercer  viaje a Málaga en 1991; aquella tarde en primavera de 1995... y nuestros cumpleaños... Nunca celebramos "San Valentín", también conocido como "San Corte Inglés", quizás porque el mejor de los regalos era cada momento que estábamos juntos...

A partir del mes de octubre, empecé a colaborar esporádicamente con la "BBC", ya sabes, haciendo fotos de Bodas, Bautizos y Comuniones, puesto que el mercado era bastante prometedor, y siempre me gustó la fotografía... Que no te engañen: cualquier boda, hasta la de más alto copete, se puede reducir a veinte fotos clave, no hacen falta doscientos cincuenta planos de las manos, los rostros, los arreglos florales y demás tonterías... Lo más curioso es que, si alguna de aquellas imágenes especiales no se hacía, todo el mundo lo notaba... Por eso, mi amigo Gonzalo Comyns Blanch y yo decidimos apostar por la calidad del producto: nuestros àlbumes contenían siempre aquellas fotos, y de gran calidad; además, por supuesto, de las mejores de las otras fotos, que se reducían a unas veinte más... Todos los clientes podían estar seguros de nuestro precio, de la calidad de nuestro trabajo. También quiso participar del proyecto nuestra amiga Leyre Segura Paidós, lo que facilitaba mucho algunas fotos de la novia cuando la estaba vistiendo... Cada boda en la que participásemos era como una misión de los "Cazafantasmas": cinco o seis cámaras con sus objetivos, varias antorchas, la cámara de vídeo...

Lo malo fue que el proyecto nos salió muy bien... El "boca a boca" empezó a funcionar, y nos llamaban para cubrir bodas casi todos los fines de semana... Yolanda estaba terminando su carrera de Psicología, y si cumplíamos el compromiso familiar de vernos solamente los fine de semana, lo cierto es que no teníamos casi tiempo de estar juntos... Se imponía un cambio de estrategia...

21. EL FINAL DE UNA ETAPA.

Lo reconozco: he tenido mucha suerte, desde el primer momento (y pese a las gamberradas de Jorge y David, que de todas formas pretendían defender a su hermana de alguien que no dejaba de ser un desconocido), con mi familia adoptiva, pues me han aceptado, con todas mis manías, y mis virtudes... Salvo aquél pequeño enfado por el baloncesto (desde entonces, me he dedicado a estudiar tácticas y estrategias, y me he afiliado al "Unicaja"), no hemos vuelto a discutir por temas de escasa importancia... Y también ha sido fantástico que las dos familias aprobasen nuestra relación, aunque en los albores del siglo XXI, y frisando la treintena los dos...
Por supuesto, el "pequeño detalle" de que los dos fuéramos estudiantes, aquellos primeros meses de 1996, no dejaba de ser una complicación a la hora de pensar en un futuro inmediato juntos, y quizás por ese motivo empecé a quemar etapas, con la redacción y revisión de la tesis... Cuatro años, con el portátil a todo trapo, rebuscando el recuerdo del cuarto centenario del Descubrimiento de América en Madrid, a través de "El Imparcial", de seguir número a número la forma en que se creó el concepto del Centenario del Descubrimiento de América, de la "Fiesta Patria", centrándolo en la prensa de Madrid... Decenas de horas revisando centenares de documentos, de libros en la Biblioteca Nacional, incluso dos o tres desavenencias con mi director; se habían convertido en cinco tomos de mil páginas cada uno, llenos de notas al pié de página, esquemas, explicaciones complementarias...

El problema fue que, durante un par de meses, mientras tenía todo el despacho encharcado con miles de notas sobre la tesis, y escribiendo hasta ocho horas diarias, con reuniones semanales con el director, y algunos cambios de rumbo importantes como el centrarme en las crisis del Centenario (económica, política, social, institucional), hicieron que me fuera imposible escaparme a Málaga hasta finales de abril, una vez pasada la Semana Santa... Fue un viaje relámpago, el viernes Yolanda no fue a clase, y tampoco el lunes... Me llevé una gran sorpresa al comprobar el pequeño cambio en su habitación, del que por cierto, no me habían hablado: su cama ya era de uno treinta y cinco... y sobre la almohada habían dispuesto un pijama nuevo para mí... su camisoncito azul noche... y dos chocolatinas... Sí, el viaje había resultado agotador.... pero al abrazar a la familia, y sobre todo a ella, sentí que estaba en casa... que mi hogar se encontraba entre sus brazos, sobre su pecho, y que mis labios estaban hechos para adorar a los suyos...

Regresé a Madrid, con el tiempo justo de releer el "corpus" de la tesis, que mi director diera el visto bueno, y llevarlo a la imprenta, gracias a un generoso donativo de mi abuelo: era de alguna manera, su regalo de fin de carrera... pero nunca pude imaginar que resultase ser el último que me haría en vida... El día de la defensa de la tesis, a pesar de las prácticas que había realizado frente al espejo, tenía algo de miedo, y la garganta seca... Sabía que mis padres estarían allí (aunque les rogué, encarecidamente, que no intervinieran en los debates, ni en los turnos de preguntas), y eso me hacía sentir bien, orgulloso, puesto que mi padre no consiguió terminar la suya... Pero lo que menos me esperaba, aunque lo desease intensamente, era que cierta mujer vestida de azul turquesa, con la más hermosa de las sonrisas, accediese al Salón de Grados y, con la mayor de las sonrisas, se colase hasta la primera fila, para darme un beso de buena suerte... tan efusivo, que casi me quedo sin respiración... Mi Yolanda....
Tuvo el tiempo justo de borrarme el carmín de los labios, y sentarse de nuevo en su sitio...
Creo que, en el fondo, que ella estuviera tan cerca, notar la corriente de amor que manaba de su corazón, me ayudó a estar más seguro, a responder con más firmeza a las preguntas, a no caer en los trucos sucios que un de los miembros del tribunal se empeñaba en usar contra mí... Una hora y media... imaginándomelos a todos desnudos, tal y como me recomendó un compañero de doctorado, para tener más seguridad... bueno, a todos menos a Yolanda, por razones evidentes... También me fue muy útil recordar las palabras de mi dictador de tesis: "no olvide nunca que, tras cuatro años de investigaciones, es usted ahora mismo el mayor especialista en el mundo sobre el tema que usted ha escogido"... Y tenía toda la razón del mundo...
Conseguí un "Magna cum laude" en la tesis, me despedí de mi director, a falta de otros detalles secundarios, y por supuesto, invité al tribunal a tomar un excelente queso ibérico y unas botellas de excelente vino en el bar de profesores... y, dando por terminada una larga etapa de mi vida, salí por la puerta pequeña, hacia un futuro que podría ser más o menos brillante... pero que me acercaba más a mi objetivo primordial: abandonar Madrid, y establecerme en Málaga...

miércoles, 20 de abril de 2011

20. LA CONJURA DE LAS REINAS

A pesar de que mis padres nunca fueron partidarios de tener animales dentro de casa ("que para eso ya tenemos bastante con tu hermana y contigo"), hace tiempo inmemorial que tenemos un pez rojo, metido dentro de su pequeño acuario... Tener una mascota había sido desde siempre nuestra máxima aspiración, pero lo más cerca que estuvimos fue cuando nos regalaron una caja de gusanos de seda, les dimos de comer las hojas de morera, y para que estuvieran a gusto y calentitos, los metimos, cuando ya habían madurado lo suficiente para anidar, dentro de una cómoda en desuso... la naturaleza siguió su curso, los gusanos anidaron, salieron las espantosas mariposas, y pusieron sus huevos por todas partes... Meses más tarde, cuando ya nos habíamos olvidado de todo el asunto, escuchamos un tremendo grito de Andrea, nuestra asistenta y domadora de fieras: "¡La cómoda está llena de bichos muertos!" Y estuvimos, durante varios días, recogiendo aquella pequeña colección de cadáveres, recuerdo mudo de nuestra irresponsabilidad como padres adoptivos...

Pero es no implicó que abandonásemos nuestras aviesas intenciones... de tener una mascota... Y mucho menos, cuando abrieron una tienda de animales en nuestra misma acera... unos días pedíamos un perrito... otros, un gatito... al siguiente, una chinchilla... después, dos hamster... incluso pretendimos sobornar al dependiente para que nos diera una cría de gorrión... Al comprender que nuestras súplicas se enfrentarían a un muro de silencio, y que ni nuestras súplicas, ruegos, llantos y promesas servirían de nada, nos dedicamos a lo más lógico: ahorrar... Hicieron falta tres meses, y reducir el consumo de chuches a la tercera parte, para adquirir, cuando se suponía que íbamos por el pan, a "Don Groucho 1º", recortar las letras del periódico, y montar la estratagema...

Y como todos los planes conspiratorios que funcionan en casa, mi hermana fue la "incitadora", y yo el que puse los distintos elementos en marcha, es decir, depositar sobre el felpudo de la entrada un bol de cristal, con un pez rojo dentro, su bote de comida, y una nota en la que se explicaba (con letras recortadas del periódico) lo siguiente: "Hola, me llamo Groucho, y mi familia no me puede atender. Como poco, abulto menos, y soy la mascota ideal." Contextualicemos el momento: yo tendría once años, mi hermana nueve, y todo el plan había sido de ella... ¡¡Tiembla, Doctor Maligno, que te ha superado una niña... MMUUUUAAAAHHHAAAHHHAAA...!!

Al abrir la puerta mi hermana, aquella mañana de sábado, solo se le ocurrió decir: "¿Oh, un pobre huerfanito! ¿Nos lo quedamos, verdad? Si tiene una carita de bueno..." Mi madre, que evidentemente no se chupaba el dedo, comentó: "No deja de ser curioso que se llame Groucho, siendo ambos fans de "Los hermanos Marx", verdad?" Mi padre dijo algo parecido a "Total, cuando se muera, lo tiramos por el retrete..." Y mi abuelo, en aquél momento solemne, no dijo nada... Pero un ratito más tarde, se acercó a mí y,cogiéndome por la oreja derecha, me dijo muy bajito: "Ya estás bajando al quiosco, y comprándome "El País"... La próxima vez que quieras dejar un animalito en adopción, utiliza el periódico del día anterior..."

Supongo que más bien por cansancio, o porque les hizo la gracia la estratagema del "pobre huerfanito", nos pudimos quedar con el pez rojo... Dormía en mi habitación, que era la más luminosa, cerca de la ventana, para que no se aburriese... Pero lo cierto es que tardó poco tiempo en cumplirse la profecía de mi padre: menos de cuatro semanas después, aprendimos que el fresco de la noche no le venía bien, sobre todo con una encimera de mármol... "Groucho 2º" y "Groucho 3º" no tuvieron mucha más suerte: el primero comprendió, demasiado tarde, que no hay que saltar fuera de la pecera si estás solo en casa (¿Acaso fue un "pecicidio"?)... y el tercero se quedó un poco empachado por el exceso de comida, creo que se zampó medio bote, antes de explotar... Lo más curioso es que, al final, fue mi madre quien se empeñó en que tuviéramos peces de colores, uno cada vez, para adquirir "sentido de la responsabilidad", y por supuesto, después de habernos estudiado dos obras clásicas: "Cómo hacer que su pez de colores sea feliz" (editorial Rialp) y "Los 100 errores fundamentales con un pez de colores" (Editorial Pez Globo)... ¿Cuenta como error el olvidártelo, con pecera de cristal y todo, sobre el techo del coche, cuando paras a repostar en la nacional III?

Y allí estaba yo, con "Groucho nº 7", el más reciente vástago de una estirpe de peces domésticos cada vez más longevos, cuyos últimos dos exponentes reposaban en una de las jardineras de la terraza, hablándole, en plena noche, de Yolanda... No estaba confuso, ni mucho menos, a falta de pocos meses para la defensa de mi tesis doctoral, había descubierto en los viejos ejemplares de "El Imparcial" informaciones suficientes para añadir dos capítulos nuevos, y estaba trabajando a destajo para tenerlo todo listo... Y "Groucho nº 7" me miraba, con sus ojitos ligeramente estrábicos, como sometiéndome a un tercer grado de cultura oriental... Tantos años compartiendo habitación habían permitido que nos comunicásemos: si estaba de acuerdo con algo que yo decía, soltaba una burbuja; si estaba en contra, soltaba dos; y si no hacía nada... bueno, es que no le interesaba...

Pero yo, aquella noche de típicas fiestas navideñas, necesitaba su opinión y consejo, puesto que había discutido con Yolanda... y me faltaba tal vez la experiencia para arrreglarlo... Como es de ley, nos peleamos por una tontería, que tal vez no lo fuera tanto: si el "Estudiantes" era o no mejor que el "Unicaja"... Tendría que haber supuesto lo que me respondería, teniendo en cuenta las dos torres que tenía por hermanos, y que estaban jugando en la división juvenil... Además... ¿qué coño me importaba a mí el baloncesto, si mis únicos conocimientos al respecto era que dos grupos de chicos (o chicas) en pantalón corto y camisetas corrían por una cancha, para meter una pelota en un aro? Supongo que fue una cuestión de orgullo, de hormonas... o quizás algo tan sencillo, como un reflejo de nuestra tristeza por no poder estar juntos el día de Navidad... A pesar de todos nuestros intentos, incluyendo buzoneo, reparto de octavillas por la calle, y en un par de ocasiones, disfrazarme de pollo frente a un "Kentucky", no habíamos conseguido ahorrar lo suficiente para irnos a cualquier lugar, juntos... ¿Tan extraño era que a mis treinta y un años cumplidos, quisiera estar con Yolanda?

Mis padres, igual que los suyos y nuestros hermanos se daban cuenta de lo mal que lo estábamos pasando los dos, aunque ninguno de los dos era capaz de decirlo abiertamente... Y por eso discutimos sobre aquella estupidez, ella me colgó el teléfono, y cuando la volví a llamar, su madre, Catalina, me dijo en voz muy bajita que Yolanda no se quería poner, pero que ella "se encargaría de todo"... Me sorprendió bastante, máxime cuando ella siempre me había parecido la más dura, la que con mayor fuerza estaba en contra de nuestro romance (o al menos, de que hiciéramos el amor bajo su techo)...

Y allí estaba yo, exhalando volutas de humo de mi pipa de brezo, intentando distinguir lo que debía o no hacer, preguntándole a mi pez de colores su opinión, y de ninguna manera podía dejar que las cosas siguieran como estaban... No se trataba de llamar a su casa de madrugada, por mucho que ella tuviera un teléfono en la habitación... Y también era demasiado tarde para pedirle perdón, o comprarme el equipo completo del "Unicaja" como si fuera nuestra versión del "calumet" de los indios americanos... Entonces, el pez tuvo una gran idea... y a la mañana siguiente la puse en práctica... comentárselo a mis padres... y pedirles consejo... Mi abuelo defendía que me subiera al coche, sin perder más tiempo, y que fuera a Málaga, y antes que cualquier cosa, la besara... Mi padre añadía: "pero no te olvides una caja de bombones... y unas flores..." Y mi madre me pidió que esperase veinticuatro horas, pero que la llamase aquella misma mañana... para pedirle perdón, aunque ninguno de los dos tuviera la culpa, salvo de un exceso de amor...

Mi familia nunca había sido demasiado religiosa, y en diciembre, con todo el lío de tíos, tías, primos y demás parientes repartidos por todas las casas, y la cena de Nochebuena contratada en un hotel de la zona, comprendí que mi lugar no era allí, sino con Yolanda... Ya estaba comenzando a preparar la maleta, incluyendo el mejor de mis escasos trajes y mis dos corbatas, cuando mi madre entró en la habitación... "Tu vuelo sale dentro de tres horas... He movido un par de contactos, me he cobrado un par de favores... y he hablado con Catalina... Espero que lo paséis muy bien..." Y entonces, con gran misterio, me dijo "no olvides llevarte dos o tres bañadores, y algunas camisetas... y el traje...", al mismo tiempo que me daba dos sobres: el primero, el más importante, contenía un billete de avión; y el segundo, un "anticipo de tu regalo de cumpleaños... y del suyo..."

Cuando llegué al aeropuerto, abrí ambos sobres: en el primero, encontré el billete de avión para Lanzarote, y la información sobre la reserva del hotel donde se solían alojar los pilotos de "Iberia": algo pequeño, pero con piscina y en primera línea de playa... y en el segundo, bueno, el resultado de una colecta exprés organizada por mi madre y por la suya... para que disfrutásemos algunos días juntos... Verla atravesar el control de la Guardia Civil, por segunda vez en tan poco tiempo, pero sobre todo la perspectiva de estar otra vez juntos, durante cinco días con sus noches, desde el veintinueve de diciembre, fue el mejor regalo de toda mi vida... bueno, hasta que tuvimos a Luis, nuestro primer hijo...

El sueño terminó el tres de enero de 1997, con nuestro regreso a la realidad, de nuestras vidas, en ciudades tan lejanas, tejiendo un puente de almas cada noche, y con el nexo de nuestras voces, y de nuestras cartas... Aunque los dos sabíamos que sería por poco tiempo: en septiembre, me trasladaría a Málaga.. Pero todavía faltaban algunos meses para aquél momento...


19. PERSIGUIENDO LA LUNA...

Aquellos días posteriores al Puente del Pilar (o el acueducto de las maripilis) los recuerdo como los más amargos del otoño, porque nunca es fácil regresar a la fría y amarga realidad, cuando has rozado el cielo... No pude evitarlo, y me quedé con la parte superior de su pijama... que oficialmente fue devorado por la lavadora... y no le devolví hasta un par de meses después, como una especie de regalo de navidad...

Siempre vemos perfumes por todas partes, anuncios que nos bombardean desde la televisión, en el cine, incluso en Internet, periódicos y revistas de toda laya... Me habría gustado que ella utilizase cualquiera difícil de encontrar, exótico y carísimo... a base de mirra, sándalo, eleboro, algo único e inconfundible... Pero la fragancia de Yolanda era... "Nenuco"... y me perseguía de la mañana a la noche... Tal vez fuera porque de repente se puso de moda, pero a primera hora de la mañana, cuando bajaba a la calle en el ascensor, esa colonia invadía mis sentidos... Entre los viajeros del metro, también lo reconocía... Incluso en dos o tres de las compañeras del Ateneo estaba presente... Y yo, que no paraba de olfatear, buscando el rastro de mi amada... abandoné el "Agua de Lavanda", y cambié de colonia, para sentirla sobre la piel...

Claudia, mi segundo gran amor, no tardó mucho tiempo en notar el cambio que se había producido en mí desde el verano, y días después del acueducto, estuvimos hablando un rato en nuestro refugio preferido: la cafetería de los "Cines Lumière" en Plaza de España... El plan era conversar primero, y luego ver cualquiera de las películas anunciadas... Pero al final, nos quedamos casi tres horas allí, mientras ingeríamos múltiples tazas de té con limón...

Quizás mi intención, al contarle cómo me sentía, de qué manera me daba esperanza el hablar con ella todas las tardes, y estar cerca pero lejos, juntos en el corazón y en el alma... O tal vez, lo que pretendía era hacerle sentir celos, porque Yolanda se había apoderado de mis sentimientos en poco más de quince días repartidos entre cuatro años; mientras que Claudia había sido la reina de mis pensamientos y de mi vida desde que nos conocimos, aquella mañana de septiembre... Necesitaba demostrarle que otra persona había sido capaz de apreciarme, de amarme, que yo no valía tan poquita cosa como tal vez ella pensaba...

Aquella tarde de octubre, me cogió las manos, en silencio... y luego, inclinándose suavemente, por fin me besó, largamente, en los labios... Aquella tarde, alcancé el cielo... tras diecisiete años esperándolo... Y nuestra amistad resultó fortalecida... Nunca más volvimos a besarnos...

Por la noche, se lo comenté a Yolanda, y me sorprendió su respuesta: "Me alegro por vosotros, Ismael: aquél beso estaba demasiado cargado de tristeza, de frustración, de simbolismo... Era algo que tenía que pasar antes o después..." En aquél momento, se quedó en silencio... y después me dijo:"Pero como vuelvas a besarla... se lo digo a mis hermanos, para que te den tu merecido..." ¡Menos mal que después soltó una carcajada!

Lo único bueno de no tener más trabajo que hacer la tesis doctoral era que no tenía que ceñirme a fechas ni horarios, sino al calendario universitario de Yolanda, por lo que me puse en ruta la madrugada del cuatro de diciembre, bien descansado después de una larga siesta, con el "zapatófono" bien cargado, y el depósito lleno...  Quinientos treinta y tres kilómetros por delante, la antena de la radio firmemente atornillada, y una selección de cintas para amenizar el viaje, además de varias botellas de agua y un termo de té bien caliente... Es decir, tiempo y espacio más que suficiente para pensar en ella, y en nosotros...

Fue aquella noche, escuchando "The Wall", cuando tomé una decisión importante, que en última instancia cambiaría mi vida: en cuanto terminase la tesis (la defensa en el tribunal estaba prevista para la segunda quincena de mayo de 1996), empezaría a buscar trabajo en Málaga, de cualquier cosa, con tal de estar con ella... O tal vez me pondría a buscarlo un poco antes, para estar con ella, y con nuestras familias, el mes de agosto, pues ya se empezaba a hablar de irnos todos (mamá, papá, el abuelo, mi hermana y yo) a unos apartamentos en Benalmádena... aunque, admitamoslo, no me hacía demasiada ilusión el brillante plan, urdido por mi madre...

Habiendo salido de Madrid al filo de la medianoche, a las cuatro de la mañana me paré en un bar/gasolinera de carretera, para repostar y estirar las piernas... Estábamos, literalmente, cuatro gatos, dos cucarachas, el bárman y tres camioneros, pero el combustible era barato, y el café, negro y fuerte como la noche... También aproveché para lavarme la cara, hacer "mis cositas" en el arenero y darme una pequeña vuelta por los alrededores, aprovechando la luz de la luna... No muy lejos del círculo exterior de las luces, se alzaba el enorme cadáver de un algarrobo, con casi todas las ramas tronchadas por la última tormenta (a primeros de septiembre) y, cobijada en las sombras, se encontraba una vieja caseta de señales, fabricada con recias piedras y pizarra de la zona... Por un momento, me pareció ver una luz en el interior, y la silueta de alguien que se movía entre las más profundas sombras, con un candil, hacia la puerta... En ese momento, unas densas nubes cubrieron la luna, y yo volví con "Brujita", emprendiendo una vez más el camino, hacia ella...

Seis de la mañana del dos de diciembre de 1996... He conseguido aparcar cerca de su casa y, como de todas formas no voy a presentarme tan pronto allí (sobre todo porque no les avisé del viaje, para que no se preocupasen), busco una cafetería abierta y me zampo un desayuno regio... además de fumarme un par de cigarrillos... y luego, con la amanecida, me vuelvo a subirme al coche, para ir a la playa... No estoy cansado, a pesar de toda la noche en vela y conduciendo... Con "Umaguma" sonando en el "walkman" (el tatarabuelo de los "mp4" y "mp6", que funcionaba con cintas de cassette), me descalzo, y camino hasta la orilla... El agua está congelada, sube por mis gemelos... y me hace pensar en cómo me sentiría, si Yolanda no estuviera conmigo... Son las ocho y media de la mañana cuando aparco de nuevo junto a su casa, y llamo al telefonillo... Me responde al primer toque, diciéndome: "Sabía que estabas de camino, amor..."

Es posible que su madre se molestase un pelín conmigo, porque en cuanto dejé la maleta en el suelo, junto a la puerta, Yolanda se lanzó a mis brazos, con su camisón de vacas locas y las arruguitas del sueño en las mejillas... Aquella fue la primera vez, en más de un mes, que me sentía realmente vivo, completo, y feliz... Borja y David también salieron a saludarme (pero repitiendo en voz baja la amenaza tradicional, "como hagas sufrir a nuestra hermana, despídete de tu hombría")... El fin de semana fue de relax, el sábado casi no salimos de casa, y me retiré muy pronto a la habitación de Borja, quien se había mudado temporalmente a la cama nido de su hermano David... El domingo nos acercamos a Benalmádena, para comprobar qué tal estaba el piso...

El lunes cuatro y el martes cinco, en la facultad de Psicología no hacían puente... por lo que aproveché las dos mañanas para actualizar el currículum y comenzar a buscar un trabajo para mí: no soportaba la idea de vivir lejos de ella... y de todas formas, Madrid seguía pareciéndome la ciudad de las frustraciones y de las tristezas... además de no tener costa... La primera impresión fue bastante favorable: al menos, tomaron nota de mis datos, me pidieron que enviase el currículum en varios periódicos tradicionales y en dos emisoras de radio (en Málaga, sí eran importantes los conocimientos adquiridos con el "Máster de RNE"..., no como en Madrid), por lo que mis posibilidades eran bastante buenas... Ambas tardes las pasé con Yolanda y sus hermanos, volando cometas junto al puerto, y con los típicos "desafíos de machotes", de los que conseguí salir bien parado, gracias a los conocimientos residuales de judo... y un par de tácticas muy sucias que aprendí de Gaspar Macarro, compañero en la mili...

Miércoles y jueves... Casi un sueño... No solo nos volvieron a dejar el piso de Benalmádena... sino que nos habían reservado un circuito termal y relajante que había comenzado sus actividades hace poco, y al tener a "Brujita" ya no dependíamos tanto del puñetero autobús... Es cierto, en la casa hacía bastante frío... pero nada que no se arreglase con un par de mantas, y estando piel contra piel... Y en cuanto al "Spa"... nunca he estado más relajado, que durante aquellas dos horas, en las distintas piscinas, para terminar con un masaje con esencia de chocolate... Yolanda estaba radiante, con un biquini negro, y el colgante de turmalina que le compré en una feria de esoterismo... Yolanda... mi amor...

Le comenté las gestiones que había estado realizando los dos días anteriores, y aunque le hizo mucha ilusión, tal vez le dio un poco de miedo... No es lo mismo una relación a distancia, ver a la persona amada una vez al mes, y el resto del tiempo suplirlo con los móviles y las cabinas, que estar en la misma ciudad... Por eso, tomé una decisión: si conseguía el trabajo con un mínimo de seguridad económica, me buscaría un pequeño estudio, o un apartamento, y cada uno de nosotros tendría nuestro propio ambiente... "No quiero repetir errores, amor... Déjame mi tiempo, pues de todas formas, estaremos juntos... amor..."

Comprendí que no estaba lista para vivir con nadie, al menos, de momento, que deseaba centrarse en sus estudios, en demostrarse a sí-misma, pero sobre todo, a su familia, que era capaz de hacerlo, de tomar el rumbo de su propia vida... De todas formas, teníamos por delante casi siete meses... aunque toda sospecha que pudiera albergar sobre sus sentimientos hacia mí, se esfumó por arte de magia aquella noche... El sexo es muy importante en una pareja, para que funcione bien, y en ese aspecto, los dos poseíamos lo más importante: el deseo de dar y recibir placer del otro... Mi madre se habría sonrojado, igual que la suya, aquella noche...

El lunes once de diciembre, después de acompañarla a la facultad (con una parada estratégica en la lavandería, porque el chocolate tibio tiene la mala costumbre de manchar sábanas, albornoces y toallas), volví a Madrid... con la duda sobre si aquellos días que pasé junto a Yolanda podían haber sido un sueño...

martes, 19 de abril de 2011

18. NOCHES DE OTOÑO Y ESTRELLAS

Quizás fuera el recuerdo del cuerpo de Yolanda contra el mío, aquellas maravillosas jornadas en el piso de sus padres en Benalmádena, que por cierto, jamás pensé que podrían llegar a ser tan "liberales"... la forma en que mis manos se amoldaban a sus pechos... incluso la gota de sudor que, perfectamente guiada por mis pensamientos, resbalaba hacia mi boca sedienta... La certeza de amar y ser amado, por primera vez, y sin límites, en toda mi vida... De repente, Madrid entero se me quedaba pequeño, y me ahogaba entre las cuatro paredes de mi habitación... Intenté dedicarme a la tesis doctoral con un poco más de seriedad, a investigar en el pasado... tal vez esperando de esa manera solucionar mi presente...

Y la única preocupación de mi presente era el estar lejos de ella... y más que eso, el darme cuenta de que no había otra solución... Dentro de un par de semanas, Yolanda reanudaría sus estudios de Psicología en la Universidad de Málaga, y sus padres consideraban más adecuado que los terminase allí, cogiendo a ser posible algún tipo de práctica en clínicas o como voluntaria... Mientras que yo me centraba en la tesis, que me estaba costando mucho... Pasaba la mayor parte del día fuera de casa, en la Biblioteca Nacional, y sobre todo en el Ateneo Científico y Literario de Madrid (del que era socio desde los dieciocho años, por tradición familiar), muchas veces me llevaba un emparedado y una botella de agua, y con eso, e incontables litros de café y de té, aguantaba el tirón... Las familias se habían puesto de acuerdo, en que lo mejor para nuestro rendimiento académico era seguir estando separados... aunque meses más tarde, nos confesaron que no dejaba de ser una prueba de amor...

Pero no tiene sentido engañarse a uno mismo, ¿verdad? Lo único que le daba sentido a mi vida, eran aquellos ratos, cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte, en los que bajaba a la misma cabina telefónica frente a mi casa, a las nueve y media, para escuchar su voz... Al principio, era tanta la impresión que me ocasionaba escucharla allí, tan cerca, como si me estuviese hablando muy bajito al oído... y saber, sin embargo, que nos separaban casi seiscientos kilómetros (bueno, quinientos cuarenta y tres de puerta a puerta), que cerraba los ojos al mundo entero, imaginando que de alguna manera, algo de ella alcanzaba mi maltrecho corazón... y a Yolanda le pasaba lo mismo...

"Hola, amor..." Con esas dos palabras, me saludaba, cada noche...
"Hola, amor...", le respondía yo, intentando hacerme el fuerte... pero no lo conseguía mucho tiempo...
"Hoy te he añorado mucho, Ismael... porque el sol me ha despertado al amanecer... y he recordado aquellos amaneceres entre tus brazos, cuando me despertabas a besos, para ver el sol naciendo del mar..."
"Hoy, como cada mañana, para ti ha sido mi primer pensamiento, ¿sabes?..."
"¿Y cuál ha sido, amor?"
"Que si todo esto era un sueño, el que me amases, los días que habíamos pasado juntos, tus sentimientos hacia mí, que si todo era una fantasía de un romántico convicto y confeso... prefería no despertar..."
"Pero lo hiciste... y luchaste por mí... como cada día... igual que yo por ti..."
"Como todos los días, amor..."
"Piensa que ya falta menos para que nos veamos otra vez... para que estemos juntos... y que yo viaje a tu ciudad, o tú regreses a Málaga..."
"Esa es, Yolanda, la razón de seguir luchando, un día más... por nosotros..."
"Espero que duermas bien, Ismael... y que Hathor, la diosa de la noche, te proteja y te acompañe a mi lado..."
"Hasta mañana, amor..."
"Hasta mañana, amor..."

"Hola amor..." ¿Cuánto sentimiento puede contenerse en aquellas dos palabras, cuando los amantes han sido separados por el espacio?¿Cuán grande es su carga de dolor... y al mismo tiempo, es lo que te da la fuerza para seguir adelante? Yo tenía veinticinco años, era géminis, y había nacido en Mayo... Ella fue el regalo de reyes que los dioses pusieron sobre la tierra, para mí... Y estábamos viviendo la magia, quizás no del primer amor o de la primera relación sexual... pero sí de la entrega absoluta...

Según se acercaba el puente del Pilar, que aquél año cayó en jueves y fue todo un acueducto, los dos nos poníamos nerviosos, que no en vano llevábamos un mes entero sin vernos... Yolanda pasaría las fiestas con nosotros, para descubrir Madrid... conmigo...

Llegó al aeropuerto de Barajas a media tarde, y la vi desde lejos.... Es cierto que yo tengo debilidad por las chicas morenas, de piel bronceada, pelo largo y negro, y con cierto aire de muñeca... pero también es cierto que jamás la había visto tan hermosa: llevaba un traje de chaqueta diplomática, sobre una blusa blanca, y con una gabardina Burberry... ¡Parecía, de repente, tan mayor! Por todo equipaje, una maleta tipo "trolley", y una bolsa de deporte... Y yo estaba allí, sintiéndome quizás un poco ridículo, por estar esperándola con mis pintillas habituales (chupa de cuero negra, camiseta heavy, vaqueros ajustados y botas)... y con un enorme elefante azul entre los brazos...

De haberse tratado de una película, cuando Yolanda me vio, se habría saltado el control de la Guardia Civil, arrastrando la maleta a toda velocidad, para lanzarse entre mis brazos (con peluche y todo), y comerme a besos... Pues bien, quizás por esas coincidencias entre realidad y ficción, aquello fue precisamente lo que hizo... bueno, menos lo de saltarse el control... y el pobre peluche terminó algo espachurrado...

Cosa rara en mí, localicé enseguida a "Brujita", el forito azul oscuro que tantas veces había viajado conmigo, persiguiendo a la luna, y que ahora, por primera vez, llevaba en su interior a la persona que era dueña y compañera de mis días y mis noches.... Mi familia era por aquél entonces bastante pequeña (ahora lo es mucho más), pero en cuanto les avisé por teléfono de la llegada de Yolanda, mi madre salió al balcón, como hace siempre que estamos esperando a alguien, tal vez con la ilusión de ver el coche desde lejos... Las calles estaban casi desiertas con la víspera del puente, por lo que el trayecto fue muy rápido, quizás demasiado para mi gusto, puesto que yo sabía perfectamente que durante los siguientes días, cada uno de nuestros gestos, actitudes y deseos sería sometido a un examen tan intenso como si lo realizara el mejor de los forenses...

Es necesario entender una cosa sobre mi familia: a pesar de ser "de izquierdas", en ciertos aspectos eran mucho más conservadores que mis futuros suegros... Yo no les había comentado, y Yolanda mucho menos, sobre nuestra escapada a la costa... pero supongo que el sistema de comunicación implantado por todas las madres del mundo, para intuir las cosas, o directamente preguntárselas a la progenitora del otro llevaba unos cuantos días echando humo: por eso, antes de salir para el aeropuerto, me dijo, con un tono vagamente amenazador: "... y ya puedes ir olvidántote de hacer cosas con tu novia mientras estés bajo mi techo..." Como medida disuasoria, instalaron una cama que les prestó un vecino en mi habitación... y a mí me mandaron al exilio, a dormir solo en el cuarto de mi hermana, que estaba junto a la cocina...

Fue una suerte que Yolanda les cayera bien... tal vez porque encarnaba todo lo que para ellos era bueno, adecuado, convencional: le interesaba la cultura, la lectura, las exposiciones, las obras de teatro... Le gustaba hablar, pero lo necesario, sin atronar a la gente con una exhibición de cultura, o de estupidez... Sin necesidad de asesoramiento, y solo por lo que habíamos hablado aquellas semanas por teléfono, fue capaz de traerle a cada uno de nosotros el detalle perfecto: a mi abuelo Luis, le trajo una lupa muy cómoda, para leer el periódico (que estuvo usando casi hasta el final de sus días); para mi madre, Carmen, un libro de repostería monacal ("¿Tú te has empeñado en frustrar mi dieta, verdad?", le dijo, amenazándola con el dedo índice, mientras buscaba la fórmula secreta de los tocinos de cielo); mi hermana, María, recibió un pequeño libro sobre los dioses egipcios; y para mi padre, Fernando, un libro de Manuel Fernández Álvarez, "Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas", que él esperaba comprar, dedicado, en la Feria del Libro... Pero lo más curioso es que Yolanda, precisamente, había conseguido aquella dedicatoria...

¡Cuatro días juntos, después de un mes entero sin vernos... y de toda nuestra vida separados! Mis padres procuraron ser comprensivos, y no hacernos madrugar, sobre todo porque nos pasábamos buena parte de la noche hablando muy bajito en la terraza, mirando las estrellas... y cuando se suponía que todos los demás estaban dormidos, Yolanda se venía a mi cuarto... ¡Universitarios, ya sabes! Sentirla sobre mí, en mi cama, deslizando la mirada por su cuerpo, reluciente de luna llena... ver sus pechos, rozarlos... No, por supuesto que esta no es una novela pornográfica, no lo ha sido desde el principio... pero sí me parecía necesario añadir algún matiz a la historia... pues no hay nada más hermoso en esta vida que amar y ser amado...

Al margen de las noches, también aprovechamos las horas de luz para hacer un poco de turismo con la familia, recorriendo su amado Madrid de los Austrias; y vimos un par de exposiciones en el Museo del Prado, y ya en plan más tranquilo, bajamos un par de noches, pero solo un ratito, al "Whisky Jazz Club", que estaba ubicado bajo mi casa... y ardió hasta los cimientos un par de años después...  Ni siquiera en aquellos momentos, Yolanda y yo éramos proclives al exhibicionismo, al "magreo" y al "morreo", que el amor y la pasión se demuestran de otro modo, con algo tan sencillo como el cariño, los besos, el simple placer de sentir al otro a tu lado... y de mirar juntos en la misma dirección...

Hablamos, nos amamos, soñamos, dormimos, nos reímos hasta las lágrimas con "Algo de que hablar"... y pasamos un rato muy agradable en el Planetario, que los dos hemos sido siempre muy lunáticos... El viernes, paseamos por el Retiro, con las hojas del otoño entonando su sinfonía de amor y muerte... Me llevé la cámara de fotos, y aunque a ninguno de los dos nos gustaba posar, conseguimos algunas muy hermosas, gracias a la ayuda de mi amigo Bautista, el típico fotógrafo de la BBC, pero que a cambio de un par de "Heineken" estuvo encantado de pasar un par de horas con nosotros...

Llegó el sábado, nos quedaban menos de veinticuatro horas para estar juntos, y mi abuelo nos dio una grata sorpresa, invitándonos a cenar fuera de casa, en un restaurante italiano que nos encantaba... No era nada fácil, seguir estudiando a los veinticinco años, sin importar que estuvieras luchando con la tesis doctoral: seguía dependiendo económicamente de mis padres, y de mi abuelo... Pero aquella era una situación que estaba decidido a cambiar...

Y esa noche, prescindiendo de todos los convencionalismos, Yolanda y yo dormimos abrazados... Así nos encontró mi madre el domingo por la mañana, algo extrañada por ver que una de las camas de mi habitación estaba vacía... Yo me desperté con el leve chirrido de la puerta, mi madre se llevó un dedo a los labios, y me indicó que no la despertara, que de todas formas, no eran ni las nueve... Aquellas últimas horas juntos dimos un paseo por el barrio, acercándonos con el coche a mi antiguo colegio/instituto, pasando por la puerta del famoso "Nait", y sentándonos en un banco cerca de mi casa, en la calle Serrano, disfrutando del sol...

A las cinco de la tarde nos despedimos de la familia, y la llevé al aeropuerto... Fue un momento muy amargo, separarnos de esa manera... nuestras manos se negaban a soltarse, y nos mirábamos con tanta intensidad como si fuera la última vez... Pero en diciembre, había otro puente, y luego, la Navidad... Con un último beso, y una caricia en la mejilla, nos despedimos... Al final, tuvo que facturar al elefante, porque no lo admitieron como equipaje de mano...

Yolanda, mi dulce y tierna Yolanda, se alejaba de mí... una vez más...


17. UN VIAJE EN AUTOBÚS...

Nunca antes de aquél viaje he agradecido tanto el uso de las gafas de sol, y la relativa intimidad de los asientos de ventanilla... Sentado en el lateral derecho del autobús, junto a una abuelita que no paraba de hacer punto, dejé que las lágrimas fluyeran, hasta vaciar por completo mi alma... Porque, en el fondo, seguía temiendo que aquella semana en Málaga (y Benalmádena), durante la cual viví tantas cosas con Yolanda, pudiera ser un sueño... Debe ser la capacidad de repetir esquemas, pero yo solo pensaba que era demasiado bueno todo, para no tratarse de un sueño... Pues había estado solo toda mi vida, quitando por supuesto a mi pequeña familia y mis escasos amigos... y por supuesto, a Claudia...

"¿Mal de amores?", escuché decir a la abuelita...

"¿Perdone?", le respondí, quizás un poco brusco, por lo que representaba de intromisión en mi esfera personal...

"Te pregunto si lloras por el mal de amores... porque no se me ocurre otra cosa para que un zagal como tú lleve más de una hora llorando en silencio...", me respondió, al mismo tiempo que me daba un kleenex con olor a lavanda...

Quizás fuera porque necesitaba hablar, o por su gesto de amabilidad, o porque me recordaba a mi abuela que murió hace mil años... El caso es que, lentamente, fui desgranando mi historia... hasta que alcanzamos el punto más comprometido...

"¿Estás seguro de amarla, o siquiera de conocer el sentido de aquella palabra?" me preguntó la abuelita, de nombre Leocadia... "Porque el amor no es confundir la noche con el día, ni cualquier estupidez por el estilo... El amor es no poder vivir sin la otra persona... sentir que algo de ti se muere cuando te alejas... y que el día más soleado del año se convierte en la más oscura y fría niebla, si estás lejos de ella... El amor verdadero... duele..."

Me quedé un rato pensando en sus palabras, analizando al mismo tiempo lo que sentía por Yolanda, y es cierto, aquellos años durante los cuales había estado relegado a la posición de "mejor amigo" no habían conseguido otra cosa que incentivar mi soledad, mi tristeza, y mi insatisfacción por no poder tenerla...

"¿Cuando preparabas el equipaje en tu ciudad... tuviste mucho cuidado en escoger las prendas más nuevas, las que mejor te sentaban, con tal de agradarla a ella?"

Y respondí que era cierto...

"¿En los últimos meses, incluso en el gimnasio de la mili, has procurado hacer algo de deporte, para sentirte más seguro, más a gusto contigo mismo, en el momento en que te tumbases a su lado en la playa?"

Una vez más, era cierto...

"¿Has venido a Málaga con la intención de hacer el amor con ella?"

Y, aunque me puse rojo como la grana (o más bien, amarronado), tuve que admitir que aquella era, precisamente, mi intención: aclarar por fin las cosas entre nosotros... y sobre todo, conociendo su forma de ser... "Sí, le respondí... En principio, vine para aclararme las ideas en lo sentimental, encontrar mi lugar en su vida... pero estaba soñando con recorrer todo su cuerpo con mis caricias..."

"Supongo que te darías cuenta de algo muy importante: que detrás de la imagen que te habías formado de ella, se encontraba una mujer real, con sus sueños, necesidades, expectativas... Y que si la amas, tendrás que estar a su lado..."

Sus palabras me hicieron reflexionar, porque las notaba llenas de verdad... de vida... y al mismo tiempo, no estaban exentas de tristeza... "¿Y usted, por qué viaja, un lunes como este, con todo el calor?"

"Nunca hago todo el viaje... ni siquiera hasta Jaén... a no ser que alguien me necesite... Mi Florencio era conductor en esta línea de autobuses... Hace un par de años, ya jubilado, se desplomó en la puerta de casa... Solo dijo una palabra: "autobús"... Y por eso, una vez a la semana, cojo este autobús... Para recordarle... Nunca pierdas la ocasión, Ismael, de luchar por tu Yolanda... y de demostrarle cuanto la amas..." Haciéndole una señal al conductor a la entrada de Jaén, Leocadia se levantó trabajosamente del asiento, y se bajó del autobús... No sin antes dejar en mi regazo una bufanda azul marino, que había estado tejiendo en los últimos viajes, pero terminado para mí, "como recuerdo"...

Llegué a Madrid sin pena ni gloria, nadie me esperaba en la estación... pero la primera cosa que hice, al llegar a casa, fue guardar la bufanda en el cajón... y después, aprovechando que la casa estaba vacía, llamé a Yolanda... y estuvimos una hora entera, hablando, cómo no, de amor...

16. RETAZOS DE FELICIDAD

Mientras caminábamos por las calles abarrotadas de gente, cogidos de la mano, aunque la mayor parte de las veces íbamos abrazados, Yolanda empezó a encontrarse con algunos conocidos, al pertenecer sus hermanos a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo... Y cada vez que le preguntaban por mí, respondía lo mismo: "Es Ismael, mi novio...", y me daba un piquito... Para mí, un solitario empedernido, aquellas palabras sonaban a gloria bendita... Está claro que, si hubiéramos querido mantenerlo en secreto, incluso si no me hubiera besado de aquella manera antes de llegar a su casa antes de la presentación en sociedad, a la mañana siguiente, medio Málaga se lo habría contado a su madre...

Picoteamos en varias tabernas, pero ninguno de los dos tenía demasiada hambre, y le propuse dar un pequeño paseo hasta la playa... tal vez porque, como buen "urbanita", estaba (y sigo estando) enamorado del mar... Así llegamos a La Malagueta... Había bastante gente en la zona, las ocasionales parejas disfrutando de la luna llena, un par de locos bañándose, un niño jugando con su perro... Yo me remangué los vaqueros, ella se quitó las sandalias, y reanudamos aquella alianza, eterna, con el mar... Una vez más, la acompañé de nuevo a su casa... y luego, volví a mi habitación... Sigo llamándola "La Bombonera", porque la dueña era un tanto peculiar, y la cama de uno veinte tenía una colcha en todo aguamarina, con volantes, tres o cuatro grandes cojines además de la almohada, una mesita de noche con faldones a juego, las dos sillas con recubrimiento de plástico...

Aquella noche la pasé entera soñando despierto... con ella... Puesto que estaba seguro de haber alcanzado el punto de inflexión en mi vida, y que en breve tendría que tomar decisiones importantes... Con la carrera y el doctorado finalizados, solo me quedaba un gran reto: terminar la tesis doctoral, y empezar a buscar trabajo... Mas, en el fondo, seguía buscando su olor, el leve rastro de colonia, que había dejado entre las sábanas... y sobre mi cuerpo... Con esa vieja costumbre de ser sinceros cuando nadie nos ve, no tenía más remedio que admitirlo: llevaba muchísimo tiempo deseando hacer el amor con ella... pero nunca supuse que sería tan salvaje, y los arañazos en mi espalda así lo demostraban...

"Hacer el amor..." Por fin comprendía el sentido de aquellas palabras... También es posible que aquella larga noche de insomnio no quisiera dormirme, por miedo a despertar después en casa de mis padres, en mi vieja y robusta cama de madera de pino... y solo... Una vez más, me dormí al alba... y Yolanda me despertó con un beso: había convencido a Doña Matilde para que la dejase subir a despertarme, pues aquella mañana íbamos a coger el autobús, para regresar a Benalmádena, a la casa de sus padres donde nos habíamos visto por primera vez...

Todos cambiamos, con el paso de los años... Yolanda había perdido algunas redondeces de su adolescencia, y su cuerpo se había ido perfilando, puliendo por el deporte (le encantaba hacer footing... algo que yo no concibo sin un pedazo de león que corra detrás tuyo), y el resultado, salvo por aquellas ojeras un pelín marcadas, fruto de muchas horas de estudio para recuperar el tiempo perdido con la otra carrera... nunca la había visto tan hermosa... Una vez más, estábamos juntos y solos en la piscina, y nos entregamos a las caricias del sol...

Después de ducharnos y cambiarnos de ropa, comimos con sus hermanos, que habían estado remando con los kayaks para fortalecer brazos y hombros, y a media tarde, después de una reparadora siesta (en habitaciones separadas...), regresamos a Málaga, para ver nuestra primera película juntos, que precisamente por ello se ha convertido, para mí, en la película más romántica de todos los tiempos... "Estallido", con Robin Williams, que habla de una epidemia provocada por un mono que llega de contrabando a Estados Unidos, y de los esfuerzos del CDC por controlarlo... Vale, hay películas más "pasteleras" y dignas de ese nombre, como "Ghost", "City of Angels", "Más allá de los sueños", "Carta de una desconocida" o bien "El fantasma y la señora Muir"... y todas ellas las he visto con Yolanda durante estos años...

Los demás días siguieron más o menos el mismo rumbo: pereza por la mañana; un poco de turismo, playa, volver a casa o a la pensión para dormir la siesta (vale, algunas veces, hacíamos algo más interesante)... un paseo por la tarde por el casco histórico, para merendar o tomar una copa de helado... Y, sobre todo, hablar, poner en común nuestros sueños, aspiraciones, deseos... Inexorablemente, se acercaba el día de mi regreso a Madrid... quizás por eso nos extrañó tanto a los dos la decisión de su madre: dejarnos las llaves del apartamento de Benalmádena, aprovechando que "las fieras" (sus hijos) estaban por Zaragoza, participando en un torneo de baloncesto en l´Hospitalet... Aunque lo que nos dejó mas sorprendidos fue el comentario de su padre: "No hagas nada de lo que te puedas arrepentir..." Abandoné la pensión aquella misma mañana del doce de agosto, no sin antes darle un pequeño regalo a Doña Matilde (una de esas figuritas de perrito de porcelana que tanto le gustan) y, con la pequeña maleta a cuestas, nos subimos al autobús...

Supongo que debe de ser muy duro para un padre, y mucho más para una madre, que su hija se vaya a pasar unas mini-vacaciones con un perfecto desconocido, al menos en la faceta de novio, puesto que ya había sido "presentado en sociedad"... pero igual pensaron que era mejor darnos un voto de confianza, al mismot iempo que superábamos la prueba de la convivencia... No es lo mismo estar enamoradísimo de alguien...que pasarte media vida recogiendo su ropa interior sucia... o aguantando sus "manías de joven"... En nuestro caso, fueron muchas más las coincidencias que las discrepancias: nos unía el amor por la literatura (en su caso desarrollado durante los últimos cuatro años), por el estudio, el sentido de lo que es justo, la pasión por los viajes (¿y a quién no?), los animales... Y nos separaban su interés por el baloncesto y el fútbol, las procesiones de se Semana Santa, y la orientación política (yo siempre he sido más de izquierdas)...

Pero nuestra mayor pasión, era la capacidad de pensar en un futuro juntos, de mirar al unísono en la misma dirección... A Yolanda le faltaban tres años para terminar la carrera, yo necesitaba renegociar con mi director de tesis la orientación de la misma... y de todas formas, tampoco podía permitirme seguir estudiando, si pretendía estar con Yolanda... Aunque no se lo dije en aquél momento, me agobiaba bastante la diferencia de nivel económico, puesto que su padre era un hombre que se había hecho a sí mismo, y su madre también estaba en buena posición; mientras que mi familia, sin ser pobre ni mucho menos, no podía compararse en ese sentido...

Estuvimos juntos dos noches y tres días, hablando, riendo, soñando... y amándonos... Jamás olvidaré aquella estancia... La mañana del 14 de agosto, cambiamos las sábanas de la cama de sus padres, pues su cuarto era más incómodo y ya que teníamos toda la casa para nosotros... También borramos todas las huellas de nuestra estancia, y regresamos a la ciudad... Sus padres estaban en casa, esperándonos, y se despidieron de mí con dos besos y un "Cuidate, hijo mío..." que me hizo sentir parte de algo nuevo, mucho más grande que mi pequeña familia...

A las dos de la tarde, Yolanda, con su vestido azul noche y sus finas sandalias de cuero, me daba un último beso en la escalera del autobús, y se quedaba esperándome, callada, en el andén... y solo cuando la perdí de vista me permití el lujo de llorar...